Estados Unidos parece empeñado en realizar una profunda radiografía de una parte olvidada, la América rural realizando brutales descripciones. Las hemos visto en películas como Minari (Lee Isaac Gung 2020) o Hillbilly Elegy (Ron Howard 2020) o, incluso, con otro tono la celebrada Nomadland (Chloé Zhao 2020). Nos llega ahora otro film que nos describe con crudeza un universo rural, esta vez en Dakota del Norte. Uno de nosotros es un trabajo del director y escritor Thomas Bezucha, que nos deja un sólido drama que no auguraban algunas de sus películas anteriores.
La
historia de una pareja de abuelos intentando recuperar a su nieto le sirve para
hacer una radiografía de dos modelos familiares muy diferentes, el que representan
el matrimonio Blackledge, Margaret y George, interpretados de forma espléndida
por Diane Lane y Kevin Costner, por un lado, y los Weboy, una familia de
hombres construida alrededor de la matriarca, Blanche, con una gran interpretación
de la actriz Lesley Manville. La obra enfrenta esos dos modelos imperfectos de
familia en donde las dos mujeres arrastran a los que están a su alrededor un
enfrentamiento para hacerse con el pequeño.
Cada
familia representa una cierta forma de poder. Margaret arrastra a George a
tratar de sacar al pequeño de entre los Weboy; Blanche cierra filas para
impedirlo. El desenlace, no vamos a descubrirlo, nos muestra las consecuencias
de hechos pasados que no han sido asumidos. En el fondo, es una primitiva lucha por la continuidad en la vida.
La
película se centra en dos poderosos elementos tras la historia: en primer lugar
la buenas interpretaciones de los actores y actrices que representan papeles
con muchos matices. Hay que entrar en ellos, en sus frustraciones, para poder
ver las dimensiones últimas de unos personajes que van más allá de los
estereotipos.
El dúo
Lane-Kostner está impecable en su trabajo mostrando el "soft-power"
de Margaret. Parece que no pasa el tiempo por una actriz como Diane Lane,
manteniendo esa fuerza única como actriz que comenzó a llenar la pantalla desde aquel lejano Calles de fuego, de Walter Hill, que fue la película que le elevó directamente a esa extraña
dimensión de las personas que enamoran a las cámaras. Su naturalidad es la que
necesita el personaje para que comprendamos su fondo. Como contrapartida, un
contenido Kevin Costner, que hace reflejar a su personaje la dependencia que de
ella tiene. Frente a la naturalidad tranquila de ambos, el universo infantil de
la matriarca de los Weboy, un grupo de crecidos y brutales hijos alrededor de
una madre dominante.
La película
nos habla de un mundo perdido, primitivo, de fuerzas primarias alrededor de la
familia. Kayli Carter, con el personaje de Lorna, la viuda y madre el niño en
disputa, es la pieza clave en este mundo brutal, pues en ella se han fijado
primero el joven Blackledge y después un Weboy. Ella es la bisagra sobra la que
todo el juego se articula. La actriz le da un aire vulgar al personaje que
oculta el atractivo que uno y otro le encontraron.
Lejos
de un maniqueísmo simplista, Thomas Bezucha le sabe dar a la historia matices,
muchos de ellos ofrecidos desde el plano visual, de la composición estética. El
segundo factor importante es la fotografía. La geografía explica a los individuos,
en cierto sentido. La dureza del mundo en el que viven les forja y da sentido a
sus historias personales. La fotografía sabe captar esa conexión entre los
personajes y sus territorios, que defienden con violencia, pues es el centro de
sus vidas. Lo que se nos muestra es primitivo y brutal, seco.
La historia es un drama que afecta a las relaciones posesivas sobre los hijos, sus reacciones y los efectos de su pérdidas. Son los motores que están bajo la acción, explicando el drama que gira sobre esos hijos perdidos a los que se desea retener con efectos desastrosos.
La
película es otra aportación a esa radiografía de la América interior, esta vez
ambientada a comienzo de los 60 (parece ser que la historia original lo estaba
en los 50). Se está convirtiendo en el escenario en el que se pueden
desarrollar estas tragedias familiares, desnudas de artificio, que muestran las
pasiones primarias y la presión sobre los miembros de las familia. La tragedia en estado rural.
Joaquín Mª Aguirre
Uno de
nosotros (2020)
Director:
Thomas Bezucha
Guionista:
Thomas Bezucha
País:
USA
Intérpretes:
Diana Lane, Kevin Costner, Kayli Carter, Lesley Manville, Jeffrey Donovan,
Booboo Stewart
Otra sorpresa
francesa en esta época de pandemia, distribuida ante la falta de productos
norteamericanos, que no se arriesgan en las taquillas (solo Tenet y Wonder
Woman 84 y alguna más lo han hecho). La pandemia ha permitido un cine más
cotidiano, con historias más centradas en nuestro mundo sufriente renunciando a
mundos imaginarios o distantes. El arte se adapta a nuestras circunstancias,
como debe ser.
Bajo
las estrellas de París (Sur les Étoiles
de Paris 2020) es una película dirigida por Claux Drexel y coescrita junto
a Olivier Brunhes. El título poético, en realidad, es literal: nos describe la
vida en las calles de una mendiga parisina, Christine, una mujer sobre la que
se insinúa un pasado trágico, que vive recogiéndose en lugares escondidos por
las noches y comiendo en dispensarios. Una noche escucha un ruido junto a la
verja del lugar abierto junto al río, un almacén que dejan abierto para que
pueda dormir allí en el crudo invierto parisino. Lo que ve es a Suli, un niño africano
de ocho años que deambula solo por la ciudad, empapado. Christine le deja pasar
la noche allí a regañadientes y, poco a poco, se va formando una amistad sin
palabras, ya que el niño no habla francés. Pronto descubre que hay una foto de
la madre y una orden de deportación, que el niño conserva. Tras diversas
vicisitudes, comienzan el rastreo de la madre.
La
película es un filme sobre la humanidad y sobre su otra cara, la
deshumanización moderna de nuestras ciudades. El recorrido del filme es así doble,
la profundización de una amistad entre ambos personajes, por un lado; por el
otro, se nos muestra la dureza, el desprecio de los otros, reducidos a molestia
para la vista, a espectáculo indeseado en la ciudad.
Bajo
las estrellas de París es una película que nos muestra nuestro mundo
inmisericorde. Cómo la mendiga va acercándose al niño, contrasta con la forma
en que son tratados por aquellos que están asentados y los ven problemáticos.
El hombre que le dio un jersey a Christine montará en cólera cuando se dé
cuenta que lo lleva puesto un negro. El racismo lo percibimos en muchos
momentos de la película con poca sutileza. Pero es solo una parte, la falta de
caridad la podemos ver en el trata que le dan a ella cuando va al Centro de Retención.
La sencillez
de la acción que se nos cuenta contrasta con estas duras pinceladas que nos
muestran una crueldad innecesaria en muchos momentos. La búsqueda de la madre
de Suli se convierte así en un descenso al infierno de alguien que ya creía
estar en él al vivir en la calle. Christine se dará cuenta que si ella vivía
una vida de mendiga hay todavía categorías que sufren más humillaciones y
ataques.
Con
todo esto se podían haber hecho películas buenas y malas. Esta es un recorrido
que se lleva bien con su metraje (86 minutos) y que no se recrea demasiado en
las emociones que despierta, llevándonos a la siguiente sin demasiadas
concesiones.
Más
allá de su crítica social y su canto a la humanidad, la película es un
inesperado duelo interpretativo con una gran actriz, Catherine Frot, y un
asombroso intérprete, el niño Mahamadou Yaffa, que nos arrastra con su
naturalidad en todo momento. En cualquier momento, ese equilibrio se podría
haber roto cayendo en lo sensiblero. No es así y ello se debe a la labor de los
actores, a la química existente entre ellos.
La
película emociona y conmociona. El París tantas veces retratado y llevado con
alegría se transforma en una ciudad fantasmal (magníficas las imágenes, casi
surrealistas, del cantante callejero o de las mujeres fantasmales que lo
recorren en la noche), al igual que el plano que cierra la película, con la ciudad
al fondo.
Es una
película que hace falta, que necesitamos que nos recuerden que por muy mal que
alguien lo pase, siempre hay gente que lo pasa peor. Una llamada a la
solidaridad; a veces los que menos tienen son los que más dan.
La
directora china Chloé Zhao sorprendió en la entrega virtual de los últimos premios
Grammy, en los que ganó el de mejor dirección. Ganó el de mejor película
(drama) y el de mejor dirección, quedándose como nominada al mejor guión. La
sorpresa venía de la sencillez de su presencia frente al glamur reinante en
estas galas. Verdaderamente, Chloé Zhao era de otro mundo, más que de otro
continente o cultura. Cuando ves Nomadland entiendes su presencia y sus
palabras.
La
película es arrebatadora por su fascinante sencillez, por su economía de
recursos. Nomadland no es una película "norteamericana"; es una
película sobre "América" y, más allá, sobre la vida y su significado.
En las antípodas de Hollywood, Zhao ha hecho una de las película más llena del
espíritu norteamericano que se recuerda, un privilegio al alcance de los pocos
que han sido capaces de ver la América natural y no la América fabricada a
través de unos procesos de enmascaramiento de todo orden, ideológicos y
visuales.
Desde
el punto de vista de las ideas, Zhao separa ya desde el guión y luego con las
imágenes la filosofía del éxito que se ha identificado como
"norteamericana" creando un mundo competitivo y la mayoría de las
veces despiadado. Lo hemos visto a través de miles de películas: tanto tienes,
tanto vales; el mundo se divide en ganadores y perdedores.
La
película de Zhao, por el contrario, nos muestra seres humanos solidarios que se
relacionan por con esquemas vitales distintos, dando prioridad al momento de
cada vida. Ni siquiera se les puede llamar "rebeldes" otro estereotipo
que el cine norteamericano ha convertido en señas de identidad. Simplemente viven y lo importante es la sucesión de
momentos. Vivir es vivir; no vivir para conseguir metas. En este sentido, la
idea subyacente de Chloé Zhao tiene mucho de sabiduría del no desear para no
sufrir con lo que se pierde. Tener es sufrir, es perder continuamente;
desprenderse de todo es no desear, tener apego al movimiento.
Aquí se
recoge algo profundamente americano, la "carretera" como estructura
vital y punto de encuentro. "Nos vemos en el camino". No quedan en
lugares especiales, simplemente se encuentran en ciclos naturales, en lugares
en que coinciden. Si alguien falta algún día porque ha fallecido, les
recuerdan. Llevan ahora su propio camino.
De Jack
Keoruac a Easy Rider, la carretera,
el camino, es la vida. Es actitud contraria al ser sedentario, al que busca
acumular en el lugar en el que se asienta. "¿No tienes hogar?", les
preguntas. "Sí, lo que no tengo es casa", responden. La carretera es
su hogar, su furgoneta, que ejerce ese doble papel, de refugio y de movilidad.
¿El límite? El mar, allí donde se acaba la tierra, las posibilidades de seguir
rodando.
Una
película con esos principios solo podía tener una forma, la que Zhao le ha
dado. No es una historia avanzando hacia un punto; no son acontecimientos de
una trama. La película nos acostumbra a otro tipo de estructura, mucho más
real, cercana a la propia experiencia. Las cosas pasan, en el doble sentido del
término: suceden y quedan atrás. Hay lo previsto medianamente, como el trabajo,
y aquello que es encuentro, experiencia que se acoge y se almacena en la
memoria como experiencia.
Cuando
todo se deja de lado, solo quedan dos cosas: los amigos y la tierra. Los amigos
son aquellos que te encuentran y a los que encuentran, con los que compartes
fuego y cosas que ya no necesitas, a los que les das lo que tienes. La escena en
la que Fern (Frances McDormand) le entrega su mechero al joven al que no conoce
es reveladora de ese compartir como filosofía, como actitud ante la vida.
La
película te va adentrando en esa corriente gracias a la forma de entender la
interpretación, convertida en naturalidad, llena de conversaciones sencillas
pero reveladoras del sentido profundo. Cuando Fern va de visita a la casa de un
compañero de viajes, descubre que aquellos con los que hablan se dedican
precisamente a la venta de tierras para la construcción de casas, que viven de
alimentar las ataduras a deudas e hipotecas con las que no podrán moverse
durante toda su vida. Ellos son los que alientan los sueños de éxito, de
futuro, frente al presente del que nada debe y puede moverse por el país.
Ambientada
en 2011, la película revela precisamente la crisis que llevó al desastre a
medio mundo, crisis financiera y de hipotecas, crisis de vivir por encima de lo
que se podía, de haberse gastado lo que no se tenía.
Magistral
esa gran actriz que es Frances McDormand. Ya sea sola o con otros, McDormand se
mueve con el paisaje convirtiéndolo en espacio real, vivo, frente a la fácil tentación
estética. Esto es importante para la película y su idea. Es precisamente la
belleza de lo desnudo lo que se prioriza. Es un sentido de lo natural que choca
con el ojo educado en valorar otro tipo de belleza. Aquí se conjugan la
sencillez con la grandiosidad porque es a la vez paisaje exterior, pero también
interior.
Hay una
idea que se manifiesta en la película: los nómadas son una tribu, la verdadera
tribu americana, los que recorren el país de un lugar a otro. Los que solo se
llevan los recuerdos de lo vivido frente a la economía de la acumulación de lo
poseído.
En este
sentido, es una directora que viene de fuera quien ha dado una visión tan
primitivista de la vida norteamericana logrando esa mirada que funde imagen e
idea, lo visto y el sentimiento, como nos revela la propia actriz a través de
la mirada.
Nomadland
compite por el Oscar a la mejor película con otra película que hemos visto
aquí, Minari, la visión de un surcoreano emigrado a la América profunda. Es
interesante desde el punto de vista cultural el fenómeno de una directora china y de un hijo de inmigrantes
surcoreanos dándonos la visión perdida de unos Estados Unidos cerrados sobre sí
mismos, olvidadas sus ideas fundacionales y compitiendo entre ellos. Es una contestación al mundo de los Trump y compañía.
Nomadland
es una gran película en muy diversos aspectos, de su contenido humanista a su visión estética, de la música a la interpretación, pasado por la fotografía. No tiene mucho que ver con las historias convencionales que consumimos;
nos muestra lo contrario, la falsedad de las historias que se alejan de la
vida.
Joaquín
Mª Aguirre
Nomadland
(2020)
Directora:
Chloé Zhao
Guionista:
Chloé Zhao, basado en el libro de Jessica Bruder
País:
USA
Intérpretes:
Frances McDormand, David Strathairn, Linda May
Nuevo Orden(2021),
dirigida por Michel Franco (Ciudad de México 1979), es desasosegante desde su primera
imagen hasta la última. Lo que hay entremedias es un ejercicio de disección
social realizado sin anestesia, golpeando cada plano en la cara del espectador.
Nuevo Orden es una película que no puede dejar
indiferente, tanto por su violencia explícita como, algo peor, la implícita en
cada situación, la que aflora en las circunstancias aparentemente más inocuas.
La
película de Michel Franco es una máquina de pulverizar los tópicos que nos
sirven como defensa, quizá como esperanza del buenismo que nos
rodea. Nuevo Orden es una película
injusta porque el mundo es injusto, desagradable porque el mundo puede ser muy,
muy desagradable.
No dudo que existan momentos de felicidad, pero lo que la película nos muestra es otra dimensión, la del poder, un poder que se mantiene y se ejerce con violencia, que sostiene la estructura social bajo una aparente oposición al caos. Pero ambos, poder y caos, no se oponen, sino que se unen en la violencia, ya sea la de arbitrariedad y el sin sentido, o la del exceso de sentido. El caos, se nos dice, trae ese "nuevo orden" que no implica justicia, paz o cualquier otra dimensión positiva, sino pura represión.
No sé
si se podría haber hecho en otro lugar que no fuera México, pero sí que es
escenario ideal para plantearla, un espacio en el que las hermosas palabras no
sirven de nada ni llegando desde los sucesivos presidentes México es un espacio
arrinconado por la violencia donde están acostumbrados a morir sin que haga
falta una explicación, simplemente estabas allí, y donde no queda la esperanza
de que alguien venga a salvar a nadie, porque el destino de los buenos es perecer
por confiados. Aquí no hay golpes de fortuna, ni Sexto de Caballería, ni héroes con o sin capa. Hay lo
que hay, un orden social con alfileres, basado en el abuso, en el miedo. Hasta que estalla.
El
filme es violento y sin concesiones, quizá porque no es fácil contar una
historia sobre la violencia de forma pacífica. La historia es inapelable en su
lógica —la lógica del poder— por más que el espectador luche con su deseo de
que le muestren el mundo de otra manera, poder salir de la sala con una
esperanza. Pero esto no es así y si va a verla debe aceptar que esto se parece
más a lo que no se ve todos los días que a los nos cuentan cada día.
No es
violencia gratuita. Es violencia, la que ejerce la injusticia, que tiende al
caos, a la revuelta, a una revolución sin reglas, solo con explosiones; y es
violencia represiva, organizada, en donde no es posible pedir justicia porque
esa es una palabra que viene de un mundo diferente, de otro mundo, lejano,
distante, quizá inexistente.
Puede
que nos cuente, como comprendemos, que el bien triunfa, que el orden es
restaurado, pero en el camino hemos perdido la inocencia, algo con lo que
salimos del cine, borrada la inocencia de nuestras alma. Alguien nos engaño: no
nacemos en pecado, por el contrario es la pérdida de la inocencia la que nos
hace ver el universo perverso.
Quizá
tranquilice al espectador pensar "son cosas de México", de ese México
del que nos llegan inquietantes noticias, pero tan lejano como para creer que
es muy distinto del resto del mundo... donde reina el orden y la justicia.
La
película cuenta la historia prescindiendo de nuestros deseos u opiniones. Es
como un tren de alta velocidad derribando los obstáculos de nuestros
prejuicios, de nuestros deseos de que se nos muestre algo distinto, una salida.
Los personajes
—magníficamente interpretados, bien colocados en sus papeles— son piezas arrastradas por esa corriente
provocada por la explosión inicial y las demás que van ocurriendo en cadena.
Pronto compremos que el fuego que se ha iniciado ha prendido rápidamente por
las propias condiciones que les rodean. Nada ocurre espontáneamente. Eso es lo
que nos permite ver inteligentemente la escena de la boda, un retrato de una
clase social que ha ido acumulando riquezas e injusticias, que cree tener en
sus manos el control, que no es más que una pieza prescindible, una excusa para
que llegue ese orden nuevo del miedo.
Película
sin concesiones, un auténtico golpe a la parte baja de la conciencia. Un aviso,
quizá, de que mirar para otro lado tiene sus consecuencias, que la sorpresa
solo está en función de nuestra ignorancia.
Muchas películas terminan con una boda. Esta, como El padrino, comienza con una... Un principio feliz frente al final feliz que se nos ofrece en demasía. A veces el cine deja de ser la fábrica de sueños.
¿Cómo
clasificamos una película así: "fantasía política", "thriller
político"...? Podemos encontrar muchas de sus hechos repartidos por el
planeta. No, no hay fantasía, quizá porque la violencia del poder es duramente
real, duramente indiferente a los detalles de las vidas de los insectos que
aplasta con su bota, como imaginaba Orwell. Habría que encontrar paralelismo con el cine político francés, italiano o alemán de los 70, con algunas de sus películas más duras. Esta carece de héroes, de revolución alternativa. Solo hay maldad anónima, enmascarada; el único puesto honorable es el de víctima, que no entiende su condición, solo la padece.
Michel
Franco ha construido una historia con un ritmo endiablado y una lógica interna
aplastante, evitando las tentaciones. Bien contada, bien dirigida.
Inmisericorde.
Joaquín
Mª Aguirre
Nuevo Orden
(2020)
Director
y guionista: Michel Franco
País:
México
Intérpretes:
Naian González Norvind, Samantha Yazareth Anaya, Dario Yazbek Bernal, Patricia
Bernal, Diego Boneta, Analy Castro, Fernando Cuautle, Mónica Del Carmen, Zamira
Franco, Ximena García,Claudia Lobo,
Roberto Medina, Eligio Meléndez, Eli Nassau, Lisa Owen...
Cuando
uno está viendo una película como Hillbilly
Elegy se da cuenta de la diferencia que hay entre las historias que se nos
cuentan habitualmente y lo que sería una forma de realismo. En principio, todo discurso
se escribe desde una serie de convenciones. El realismo es, pues, cuestión de
grado y de convenciones. En este sentido, el grado de realismo de Hillbilly Elegy es elevado y, habría que
añadir, convincente. Los recursos que
se utilizan en esta película nos muestran una voluntad realista y, por ello un distanciamiento respecto a otras
forma de narración. No hace falta afinar demasiado; lo notas en tu estómago.
Son como patadas en cada situación, en cada frase en cada mirada. Hay un deseo
de que mires y sientas, que entiendas de una manera distinta a como lo haces en
otros momentos. Le puedo asegurar que en esta película se sentirá incómodo. Es
la incomodidad de verte confrontado con otra forma de contarte o, si se
prefiere así, de que te cuenten lo que habitualmente no te cuentan.
Para que
esto se haga realidad, hay tres requisitos básicos: un buen guión, unos buenos actores y
una buena dirección. El orden de la secuencia no es casual. La película cuenta
con un sólido guión de Vanessa Taylor, basado en un libro autobiográfico de J.D
Vance, el joven abogado que logra salir de la Norteamérica rural, la abandonada
y que se pudre en sus propios jugos,de
un Kentucky cerrado sobre sí mismo devorando a los que viven allí.
La
historia está contada entre dos tiempos, un presente de oportunidades y un
pasado de fracasos y dolores, de luchas y autodestrucción, de incomprensiones y
debilidades. El pueblo es una jaula.
En estos días de elecciones norteamericanas se habla mucho de lo que habitualmente no se habla, de esos Estados Unidos centrales, de ese mundo rural de poblaciones pequeñas y pequeñísimas, de su mentalidad conservadora. La película ayuda a comprender esa "ruralidad" norteamericana y sus diferencias, como nos muestra la propia historia.
Hay
toda una tradición en la literatura norteamericana, extensiva a sus historias
cinematográficas, relativa a la necesidad de la huida de unos pueblos cerrados,
claustrofóbicos, en los que no es posible ni vivir, ni crear ni prosperar. Son
agujeros oscuros en los que solo cabe la maledicencia y una maldad aburrida. El
mejor ejemplo quizá sea el clásico de Sherwood Anderson, Winesburg, Ohio, una
descripción de esos pueblos en los que enormes fuerzas intentan que te quedes
allí pero tu conciencia te dice que si lo haces nunca llegarás a nada. La
palabra norteamericana más terrible es "perdedor", la que se contrapone
al sueño del éxito, algo que solo es posible alejándose.
Absténganse
lo que van al cine a soñar. La película es un jarro de agua fría que nos
despierta a golpe de realismo en cada situación, en cada palabra. Las
convenciones saltan ante otras nuevas, una suerte de realismo sucio, de Dirty
Realism, término ya casi olvidado. Pero las palabras e imágenes finales nos
remiten al mundo real, a los que vivieron aquellas situaciones, recogidas por J.D.
Vance en su escrito autobiográfico, el mismo al que hemos visto moverse y
luchar contra todos, contra sí mismo a lo largo de esta película.
Para
que la historia pueda funcionar son necesarios actores que sean capaces de
entender que no están en una película convencional, es decir, que no vale el
repertorio convencional de signos con los que transmite habitualmente sus
expresiones. Y es aquí donde los valores de la película se multiplican.
¡Qué
extraordinarias interpretaciones de dos grandes actrices, Amy Adams y Glenn
Close! Todo ese edificio levantado por la historia necesita ser creíble y lo es
hasta límites insospechados. No sé cómo están las quinielas de los Oscar de
este año tan raro, pero las interpretaciones de ambas actrices se merecen los
máximos galardones por unos trabajos de una meticulosidad extrema y de una complejidad
pocas veces vistas.
La
complejidad del personaje sobre el que pivota la historia es Bev (Amy Adams),hija
y madre, doble dimensión esencial, ya que recibe y da o, si se prefiere, no ha
recibido y no da más que circunstancialmente. Es la chica que tenía un futuro
pero que un embarazo adolescente ató para toda la vida a aquel pueblo y a su
propia destrucción. Y es la hija de una madre, Mamaw (Glenn Close) que se
siente responsable por no haber sido capaz de apoyarla en su momento y haber
dejado que se autodestruyera. Unos caen y otros se salvan; unos son ayudados y otros se pierden en la negrura de la vida. La caída de unos actúa como culpa sobre otros, genera una fuerza destructiva.
Pero la
idea central es que todos nos necesitamos, que las fuerzas para sobrevivir en
la vida nos llegan de quienes nos quieren cuando nos fallamos a nosotros
mismos. Una de esas patadas al estómago que recibimos es la de una dura lección,
amarse no es una tarea fácil. La vida nos lo dice todos los días, pero el cine
no siempre. El hecho de basarse en la vida de J. D. (un gran trabajo del actor
Gabriel Basso, adulto, y de Owen Asztalos de adolescente) tiene la propia
experiencia y la ausencia de disfraz. Vivir juntos no significa conocerse y conocerse
no significa amarse. Por el mismo motivo, pelearse no significa odiarse, aunque
a veces lo parezca. Es difícil olvidar algunas miradas tanto de Glenn Close
como de Amy Adams. Pocas veces hemos sentido ese poder tan real en la vida
cotidiana, esas miradas fulminantes, por las que se escapa esa ira que estalla,
explosiva. El personaje de Bev va más allá de sus miradas, como en la escena en
que el joven J.D. tiene que refugiarse en una casa.
El
pueblo es un escenario destructivo. Es una trampa de la que se puede o no
escapar. Quedarse allí es un riesgo, un enorme peligro. Toda la vida de Bev
gira sobre el dolor de haber tenido unas buenas notas en el instituto pero no
haber podido escapar. Es el drama del presente de J.D. que el pasado nos ayuda
a comprender en todo su dramatismo. Esa cita a las 10 de la mañana que le
espera para decidir su futuro es algo más que unas prácticas veraniegas. Es una
decisión vital.
Hay
otras buenas interpretaciones, como una muy convincente Haley Bennett, la
hermana de J.D., también arrastrada por lo que ocurre en la familia, luchando
por su propia felicidad, casi supervivencia. También ella aporta ese
contrapunto a J.D. con el destino de las mujeres, que no es irse del pueblo, ya
sea por fracaso personal o por amor.
La
película está construida con pequeñas piezas, piezas violentas, de ese
conflicto permanente, de la locura de unos y el remordimiento de otros. En el
fondo, la conciencia culpable de haber fallado a unos o a otros dentro de una
familia.
La
tercera pata de la película es la dirección de Ron Howard. Es un director
curtido en todo tipo de proyectos, pero quizá sea esta una de sus películas más
personales, un proyecto alejado de lo que estamos acostumbrados a ver. La
dirección se ajusta a las interpretaciones, que son el foco de la historia y
aquello que nos transmite la fuerte carga emocional. Le queda la enorme tarea
de coser las pequeñas piezas, como esas colchas de retazos, para que
comprendamos el conjunto. La historia nos va arrastrando por el ambiente de ese
pueblo que sirve de escenario para un drama vulgar, como es característico de
las tragedias contemporáneas. Puede que el arte no los ennoblezca en sí, pero
si nos muestra que existen hechos y momentos de dignidad humana en cualquier apartado
rincón. La tragedia está en la condición humana, es decir, no tiene que ver con
la nobleza, sino con el sentido de que no tenemos más que una vida, que el
tiempo no vuelve atrás y que las oportunidades perdidas han quedado en el
camino. "Responsabilidad", nos dirán en la película, afrontar las
responsabilidades de lo que hacemos, sus consecuencias, es lo que realmente
dignifica la figura trágica.
La
película es dura por ese realismo descarnado y humano, por ese dolor constante,
ese odio a uno mismo, que vemos en los personajes. Pero se equilibra con la
fuerza que encontramos, si sabemos buscarla, en los demás.
La
historia es tan cotidiana que se hunde en la vulgaridad, en los seres que
existen porque los miramos y nos compadecemos de ellos. También la tragedia clásica
buscaba nuestra compasión, quizá porque es lo que nos hace realmente humanos.
Olvidar, perdonar, vivir, continuar, apoyar... son verbos sobre los que se
construye esta película, como la vida misma.
Un gran
reconocimiento a esas actrices que han sido capaces de transformarse ellas
mismas, salir de sus papeles, para volverse humanas. Cuesta identificar a Glenn
Close como la elegante Marquesa de Merteuil, de Las amistades peligrosas, o a Amy Adams como la Louise Lane de Superman. Pero esa es la magia del
actor, salir de sí mismo para que podamos entrar en ellos.
Vi la
película solo, en un cine vacío, en primera sesión. Merece la pena verse. Quizá
todos queramos ir al cine a distraernos, al olvidar el duro mundo exterior. Hillbilly Elegy es lo
contrario. No se sale con pesimismo, sino como de una verdadera tragedia,
purgado, con la lucidez de ver con claridad aquella tragedia que se repite una y otra
vez en todos rincones del mundo. La vida es lucha y caída, levantarse y seguir. Lo
demás... es espectáculo.
J. Mª Aguirre
Hillbilly,
una elegía rural (Hillbilly Elegy 2020)
Director:
Ron Howard
Guionista: Vannessa Taylor, sobre la obra de J.D. Vance
Intérpretes: Amy Adams, Glenn Close, Bo Hopkins, Gabriel
Basso, Freida Pinto, Owen
Asztalos, Haley Bennett
El amor
del director Robert Zemeckis por la tecnología está frecuentemente probado. Lo
ha hecho presente en las historias contadas, como en la serie Regreso al futuro,
como en el uso de la tecnología para hacer avanzar cualquier nuevo desarrollo
que le permitiera usar todo tipo de efectos especiales en sus obras, como en
Forrest Gump, una de sus obras más celebradas, o en El Expreso Polar. Ya sea delante o detrás de las
cámaras, la técnica le permite a Zemeckis contar sus historias sin límites.
En Las brujas, de Roal Dahl, Zemeckis unen la
magia de la historia y la tecnología digital. Es aquí donde Zemeckis recrea el
universo de Dahl en una versión particular, trasladándonos hasta el Sur profundo
de los Estados Unidos y a la comunidad afroamericana, lo que permite añadir una serie de detalles sobre la cuestión racial, que se revela en un simple detalle como una propina. o la forma de relacionarse
La
historia de Dahl es una historia ya peculiar de por sí, estableciendo la guerra
universal entre las brujas y los niños, una enemistad mítica. El bien y el mal
adquieren tintes generacionales y simbólicos en un universo donde se dan esas
luchas de las que solo son conscientes unos pocos.
La
película tiene dos tonos diferentes. La primera parte, realista, con una
recreación de ese ambiente sureño, con una luz propia. Y la segunda en la que
se entra de lleno en la fantasía tras la transformación de su protagonista.
Desde ese momento, la película cambia y adquiere un ritmo y una planificación
totalmente distinta, siguiendo a esos nuevos personajes, teóricamente los
mismos pero que con su cambio de aspecto pasan a ver el universo desde otra
perspectiva. El mundo de los humanos, el de los ratones y el de las brujas se
entremezclan con perspectivas diferentes: los planos extremos, ya sean
cenitales o a ras de suelo, generales o del detalle del bolso de la abuela dan
cuenta de esas miradas diferentes de cada uno de ellos.
El
universo del niño que ha perdido a su familia, con ese magnífico plano rotante del
accidente, se va haciendo cada día más oscuro, encajando con el de su abuela,
una magnífica Octavia Spencer, que arrastra la culpabilidad desde su propia
infancia por aquella amiga que perdió y que pasará ahora al contraataque, junto
a su nieto y los compañeros de batalla contra las brujas.
Anne
Hathaway en el papel de bruja-jefa, la bruja de todas las brujas, padece los
efectos especiales en su rostro con dignidad interpretativa, tocada con un acento
entre centroeuropeo y perverso a secas. Habrá que pasar una temporada hasta que
se nos pase la impresión y las pesadillas. Una Hathaway que nos recuerda al
malvado protagonista del Venom, de
Marvel, algo que los fans de la actriz difícilmente perdonarán, pero el papel
es el papel.
Octavia
Spencer cumple como contrapartida de la bruja en su papel de curandera que se
enfrenta al mal y de abuela que intenta sacar a su nieto de su propia oscuridad
trágica. Es una magnífica actriz y sabe darle al personaje el carácter trágico
que arrastra y la humanidad de quien tiene que sacar a su nieto del agujero en
el que se encuentra.
Stanley
Tucci no ofrece una más de sus múltiples caras como director del hotel, un
papel plano, pero que el actor sabe hacer siempre dándole el registro
necesario.
El niño
Jahzir Bruno transmite bien su carácter introvertido, el dolor por la muerte de
sus padres.
La
película se va deslizando desde el plano realista de la Alabama de los 60 al fantástico
del hotel. Cuando adquiere el segundo tono, el ritmo se transforma al seguir
las peripecias por cocinas, pasillos y respiraderos. Algunos planos nos remiten
a la magnífica Ratatouille (2005), de
Brad Bird, me imagino que algo inevitable en una película interpretada por
ratones. La IMDB ha realizado un montaje comparando los planos de la película
de Nicholas Roeg, de 1990, con Angelica Huston en el papel de la bruja, y esta
de Zemeckis, de treinta años después. De una a otra, la tecnología de animación
por medio.
Como en
toda cinta de Zemeckis, este pone a prueba la tecnología al servicio de la
propia historia. La pregunta entonces debe ser: ¿son creíbles los ratones? La
respuesta es sí. Lo más divertido de la película es precisamente esa
transformación, es donde la comedia, con su ritmo, se apoya en la diversidad de
los tipos y en su capacidad de expresarlos. En este sentido, los ratones son
más convincentes que las malvadas brujas, cuyas desapariciones pirotécnicas parecen
un poco chupinazo de sanfermines. Son un poco más convincentes como malvadas
ratas.
La
película no es de lo mejor de Zemeckis, un director que se ha ganado un hueco
en la historia del cine por muchos otros filmes, pero cumple la función externa
de entretener con una historia ya conocida y de poner a prueba las técnicas que
acabarán incorporándose a otras muchas películas. Impresionante el listado de
personal técnico en todos los apartados, animación, efectos visuales, etc.
En el
guión se encuentra Guillermo del Toro junto a Zemeckis y Kenya Barris. El director Alfonso Quarón
también está en la producción junto al propio Zemeckis y a del Toro. Todos ellos son amigos de
lo fantástico y de la técnica, como han dado muestras en sus películas. En grupo de amigos de la fantasía y cinéfilos dando vida a esta historia.
Joaquín
Mª Aguirre
Las
brujas de Roal Dahl (2020)
Director: Robert Zemeckis
Guionistas: Robert Zemeckis, Kenya Barris y Guillermo del Toro. Basado en la
obra de Roal Dahl
Intérpretes:
Octavia Spencer, Anne Hathaway, Stanley Tucci, Jazhir Bruno, Chris Rock (voz)
Hay
algo en Jane Austen que sigue inspirando a cada generación. Sacada de las
lecturas "femeninas", "adolescentes", donde la crítica
(masculina) la había colocado, Austen hace décadas que se ha convertido en una
referencia cultural a través de todas y cada una de sus novelas. Los recios
naturalistas no tenían demasiado interés en centrarse en los problemas de las
ilusiones de jóvenes casaderas, en sus errores de elección y en cómo,
finalmente, las aguas volvían a su cauce natural, en la que el amor se
sobreponía a las circunstancias sociales y al malentendido que separa las vidas
junto a las diferencias de fortuna. Preguntarse por este merecido estatus de
gran autora es preguntarse por qué vemos en ella, por qué nos fascina un mundo
del que estamos total y absolutamente distanciados. Es una pregunta que se
suele resolver apelando a su maestría, a sus frases y a su percepción del alma
femenina. No es suficiente. ¿Por qué Jane Austen y no, por ejemplo, las Brontë,
otras ilustres autoras con gran destino crítico pero con menos tirón popular?
Emma,
vaya por delante, es una enorme película, una película que reúne un sinfín de
virtudes y, sobre todo, una película que no puede ser llamada de época, aunque
lo es; que no se puede definir como un musical, aunque lo sea; que tiene bailes,
pero que es toda ella un ballet. Emma es un ejercicio de concentración
artística que devuelve al cine un valor que pocas veces se encuentra: la
armonía de las artes.
La
película puede disfrutarse como un recital artístico, una obra dearte total, por
usar el término wagneriano que se uso para definir la ópera. Emma es algo más
que una ópera, ya que el cine aporta algunos elementos más a la arquitectura
que la ópera, que en esta obra tienen una importante identidad, como es una
extraordinaria fotografía y un inteligente montaje, que convierte cada
secuencia en una pieza de precisión.
Cuando
ves las primeras imágenes de Emma empiezas a sentir que existe una voluntad de
estilo, un deseo de "forma" más allá de la historia que se nos cuento
o, quizá más claramente, que se nos va a contar la historia de una determinada
forma. Muchas obras cinematográficas dan prioridad a lo que existe en el plato
y tratan de mostrarlo. La dirección de Autumn de Wilde, la directora de la
película, parte de una concepción constructivista del film. No es un ojo que
mira, por decirlo así, sino un ojo que construye, de una mente que da forma a
lo que exteriormente se ha elaborado.
La
primera sensación que tienes tras las primeras imágenes es que estás ante una especie de ballet,
ante unos movimientos sincronizados entre personajes, unos se mueven otros
están estáticos, es una pieza que revela un sentido musical del movimiento,
algo que está presente de forma hermosa en esta película que apela a los sentidos
de la vista, del oído, a nuestra capacidad de percibir armonías visuales y
sonoras e interconectarlas en un solo flujo que es el percibe nuestra atención.
La
composición de los planos, los movimientos en ellos y entre ellos, crean una
sensación de universo en el que giran planetas y estrellas en un perfecto orden
cósmico. Los movimientos automáticos de los criados, esa mancha roja de las
alumnas en fila recorriendo el plano de los campos, las danzas, las miradas,
etc. todo es movimiento en un universo en el que apenas se mueve nada, en donde
la más pequeña nimiedad da para comentar durante semanas. Sin embargo, bajo el
dinamismo de la cámara y del sonido, tiene un movimiento armónico que nos es
revelado secuencia a secuencia, plano a plano. La maestría de Austen es
recogida, en un universo estático, los pequeños movimientos son percibidos como
terremotos. Y esos movimientos son producidos por las pasiones, por lo que
apenas podemos percibir y que se encuentra tras las maneras, tras las palabras,
tras los rituales.
La
recreación del espacio es extraordinaria. Decorados, vestuario, etc. todo tiene
un increíble nivel de detalle con el que se nos muestra ese universo, de una
pequeña tarta a una impresionante mansión. Pero no es simplemente una
reconstrucción de "época". Todo está vivo, la mirada que lo percibe
es actual. Todo nos habla, todo significa y nos dice del mundo y de los
personajes. Los rostros mismos se convierte en espacio de lectura con una
extraordinaria selección de actores, cada uno caracterizado de una forma
diferente, algo que nos revela su forma interior en unos, mientras que nos
convierte en descubridores de lo que hay tras otros, como la propia Austen
trataba de hacer a través de la palabra. Unos son libros abiertos, aunque no
sepamos leerlos; otros son misterios porque no sabemos interpretarlos en
nuestra cerrazón, es decir, el prejuicio, una idea central en su universo. No
vemos el mundo como es, sino como queremos verlo. Quizá resida ahí la
fascinación por Austen, en su percepción de cuán equivocados estamos en la vida
y lo que cuesta salir de nuestros errores. Un mundo caótico como es el nuestro,
de depresiones e indefinición, de crisis de identidad, de "fake news"
y rumores, de selfies engañosos y autopromoción, etc. encuentra refugio en esos
universos austenianos en los que es necesario liberarse uno mismo de nuestras
cadenas.
La
selección de las dos actrices, Anya Taylor-Joy como Emma Woodhouse, y de Mia
Goth como Harriet Smith. Ellas dos son el verdadero baile entre los bailes. Dos
extraordinarias actrices jóvenes que dan un recital interpretativo pasando por
todos los registros, los que se interiorizan hasta aflorar. A Anya Taylor-Joy
la vimos no hace mucho en una película que reseñamos aquí, Los nuevos mutantes (2020), un papel diametralmente opuesta en la
geometría interpretativa. Es una actriz versátil e inteligente. Mia Goth hace
una creación extraordinaria de su personaje de Harriet Smith, de sus ilusiones
y sus frustraciones, de su fragilidad y de su entereza. Trabaja el personaje
desde el exterior, desde sus movimientos torpes y desgarbados. Es el contraste
perfecto con una Emma que quiere controlar el mundo y que ve a los demás como
piezas en un tablero en el que jugar. La combinación de ambas actrices da un sensacional
juego dentro del tablero superior que es la propia película.
La
labor de los actores forma parte de una movimiento más amplio, coral, en donde
se desplazan por unos espacios —la iglesia, los salones, el campo, los
comedores...— que marcan los registros y la naturaleza de las relaciones entre
ellos. La iglesia nos da varias escenas memorables, al igual que la escena de
la cena. Es un continuo orden exterior que contrasta con las rupturas de ese
orden por parte de algo que lo altera, como puede ser una desconocida en el
banco de la iglesia o el anuncio de una nevada durante una cena. Todo ello se
desarrolla con una natural afectación, que es donde reside la mirada
constructiva de la directora. Todo está al servició de una mirada, que es la
que da sentido a ese mundo.La película
equilibra la reconstrucción milimétrica del ese universo y lo contempla desde
una irónica mirada moderna que contempla sus vaivenes, su forma de ver el
mundo, desde una distancia, que es la base de la ironía.
Entre
el conjunto de actores y actrices que la película nos ofrece, merece la pena
destacar dos creaciones, el del vicario Mr. Elton, una composición grotesca, en
la que el personaje se nos muestra físicamente en su doblez y petulancia.
Magnífica la escena de carruaje y su rabia.
El otro personaje mimado al detalle
es el de la "simple" señora Bates. Su creación, humorística y trágica, por parte de la actriz Miranda Hart es
extraordinaria. Como en otros personajes, el exterior, entendido como
apariencia y movimiento, como forma de expresarse, nos define su interior, pero tiene sus recovecos que deben ser descubiertos tras la superficialidad de su
comportamiento, vista a través de los ojos de Emma. Una muy inteligente creación del personaje.
Sobre todos ellos planea la mano unificadora de la directora, marcando los tonos y creando un conjunto equilibrado, como ocurre con los dos galanes, cada uno con su exterior y su propio secreto en lo sentimental.
La
historia es, en realidad, la educación de Emma, el aprendizaje profundo y
doloroso de que la inteligencia puede causar tanto o más daño que la estupidez.
Lo fascinante del universo de Austen es la variedad de matices humanos en una
sociedad regulada al milímetro, donde toda convención es garantía del orden.
Pero los sentimientos no se controlan con las reglas, ni las reglas se pliegan
ante los sentimientos. Lo que vemos no es siempre lo que parece. Como reclamaría Henry James más tarde, la acción está en el interior. La aburrida vida del día a día, necesitada de inventar nuevas distracciones, construida sobre rutinas, necesita de la autenticidad del sentimiento para poder llamar a la vida realmente vida. Y eso es lo que reclaman sus personajes, una felicidad sencilla en un mundo lleno de pequeñas trampas, engaños e ilusiones.
Todo el
reparto está compuesto por magníficos actores, pero hay que insistir de nuevo
en el orden coreográfico de la película, su ritmo conjunto, su plástica del
grupo, su sentido operístico donde los solistas no pierden de vista al coro,
donde se suceden dúos o arias según los casos en esta especie de Bodas de
Fígaro mozartiana en clave británica, un juego de enredos y de pequeños e
intensos dramas en los que se nos pide comprometernos como espectadores. La
ironía no nos deshumaniza; el sufrimiento es el sufrimiento y así los
percibimos en la mirada comprensiva que necesita de la redención de los
personajes arreglando los entuertos en lo que se meten o meten a otros. El
error existe y puede ser reparado, pero la maldad es otra cosa. Las leyes de la
atracción juntan a los malvados, al igual que reúnen a aquellos que han
merecido el amor por la lucha contra sus propios defectos.
La
película nos divierte y nos emociona en su equilibrio humanizado. Solo la hipocresía
ambiciosa merece el castigo de la infelicidad y solo el amor permite alcanzar la felicidad en un
universo donde la posición social lo marca todo.
Mi
anterior reseña, compruebo, es del 21 de septiembre. He ido unas cuantas veces
al cine, pero he visto películas que no me han convencido por diversos motivos,
algunas de ellas películas importantes, gran presupuesto y promoción. No creo
que debamos empeñar mucho tiempo en lo que no nos gusta, ni en escribirlo ni en
leerlo. Emma me ha resultado un espectáculo gratificante en todos los órdenes,
de un guión inteligente a una armonía general que reside en esa figura que
unifica mirada y acción, tiempos y espacio, en este caso, la directora Autumn
de Wilde, de la que debo confesar no tenía idea alguna hasta que al final de la
película apareció su nombre en los créditos. La mirada era claramente femenina por muchos
detalles, como lo es la mirada de Austen en la creación al pasar el universo
real a la novela con sus sentido de la observación, su comprensión del juego social y de los sentimientos.
Antes
de sentarme a escribir esto, encontré información sobre la directora: la ilusión
de su infancia era ser bailarina, pero su altura lo frustró; pasó por el
teatro, pero acabó dedicándose a la fotografía, pasión que heredó de su padre,
Jerry de Wilde. Es la primera película larga de Autumn de Wilde, pero no su
primera experiencia ya que ha destacado en dos campos, como fotógrafa de arte y
como directora de videoclips musicales importantes. Esas pasiones se detectan
la obra: del ballet y la música a la mirada que encuadra el mundo, a ese
detalle sobre los objetos resultado del trabajo en la publicidad. Hay una
historia sólida, bien escrita por Eleanor Catton; hay una mirada sólida,
selectiva; hay un universo rítmico, dinámico que pasa ante nuestros ojos.
Emma no
es una típica adaptación de los clásicos; es un proyecto moderno y creativo,
respetuoso e innovador, cuidado al milímetro en todos sus destalles, donde la precisión se conjuga con la frescura de los actores y actrices que protagonizan este complejo juego de relaciones.
La mejor forma de respetar a los clásicos es
conectarlos con los espectadores y esta Emma tiene las cualidades que definen
la obra de Jane Austen en clave del siglo XXI.
J.Mª Aguirre
Emma
(2020)
Directora:
Autumn de Wilde
Guionista:
Eleanor Catton, sobre la novela de Jane Austen
Producción: Reino Unido
Intérpretes:
Anya Taylor-Joy, Mia Goth, Gemma Whelan, Bill Nighy, Miranda Hart, Josh
O'Connor, Johnny Flynn, Rupert Graves, Connor Swindells, Callum Turner, Amber
Anderson.