No es
fácil innovar en el género de terror y Black Phone es una película que se mueve
entre géneros y trata de innovar. Su director, Scott Derrickson, tiene ya una
serie de éxitos en el terreno del género de terror y de la fantasía.
Partiendo
de un relato breve de Joe Hill, el guion ha sido escrito por el propio
Derrickson y por C. Robert Cagill, un compañero en películas anteriores como Dr. Strange (2016) o la serie Sinister (2012 y 2015), entre otras. La
historia de la que se parte es interesante y lo es también el desarrollo que se
le ha dado en la película por parte de director y guionistas.
Teléfono negro es una obra sobre la violencia y su
correlato, el miedo que provoca en las personas. Es más que una historia de
terror y nos lleva a reconsiderar a qué debemos tener miedo en la sociedad, por
lo que una lectura sencilla de la obra nos puede llevar a consideraciones
equívocas, algo que puede ocurrir en casos como este.
Podríamos
decir que se construye sobre tres círculos concéntricos: el paranormal, que es
el que desarrolla el terror en lo sobrenatural; el criminal, con un psicópata
secuestrador y torturador de niños; y, por último, el de la violencia social,
una constante en toda la película.
La
historia de dos hermanos, Finney (el actor Mason Thames) yGwen (la actriz Madeleine McGraw), que han
heredado de su madre fallecida años atrás unas capacidades paranormales sirve
como elemento que se contrasta con los crímenes cometidos por la zona y que
nadie ha logrado resolver, produciéndose la desaparición periódica de niños.
La
inteligencia de la película es mostrarnos principalmente la brutalidad social
en su forma más directa en la vida cotidiana de los niños, especialmente contra
Finney, víctima constante de acoso en el colegio y en las calles del pueblo. Se
vuelve a incidir en la base de la violencia habitual en los Estados Unidos, la
violencia escolar. Esa es la base del terror que vemos, el que ha sido
socialmente asumido y el que parece no importar demasiado. Su hermana Gwen, se
nos muestra desde el principio, tiene esas dotes de vidente onírica que le
hacen soñar con los desaparecidos y padecer la violencia en sus noches. La
videncia es rechazada por su propio padre (Jeremy Davies), que no quiere ver
cómo se reproduce en su hija lo que era un sufrimiento en su madre.
El
segundo nivel, el del psicópata asesino, está estilizado gracias a la
interpretación tras la máscara de Ethan Hawke (The Grabber), lo que le otorga
un doble papel simbólico, probablemente un personaje sometido a su vez a
abusos.
El
centro de la película son los dos hermanos y su conexión con ese mundo más allá
de la realidad que acaba interviniendo a través de ese teléfono negro que da
título a la obra. De muy meritoria hay que considerar el trabajo de los jóvenes
Mason Thames y, de forma muy especial, el de Madeleine McGraw, que sabe dar los
matices que un papel de este tipo necesita para sobrevivir al estereotipo.
Como película
de género que es, Teléfono negro, apenas juega con la sorpresa, lo que en este
caso no es un demérito dado el carácter altamente simbólico que la obra
presenta, con un importante fondo de ironía, como se nos revela con claridad en
los planos del regreso de Finney al centro escolar.
El
género de terror sirve aquí para hacer esa radiografía de la violencia y de la
admiración social que provoca, de cómo se encuentra entre nosotros marcando sus
normas. Hay que temer más a los vivos que a los muertos.
Un buen
trabajo en la dirección nos muestra que esta es una apuesta muy personal por
parte del director, que ha querido, moviéndose dentro del género, decir algo
más sobre la gran epidemia de la violencia que nos asola y que no tienen forma
de parar en los Estados Unidos en sus centros escolares.
Joaquín
Mª Aguirre
Teléfono
negro (Black Phone 2021)
Director: Scott
Derrickson
Guionistas:
Joe Hill (relato), C. Robert Cagill y Scott
Derrickson
Intérpretes:
Mason Thames, Madeleine McGraw, Ethan Hawke, Jeremy Davies...
En
estos tiempos en los que todo tiende a convertirse en musical para alimentar
una escena facilona, nos llega esta "Querido Evan Hansen", dirigida
por un director con cuatro filmes, incluyendo este, un musical extraño y
oscuro, con una muestra de personajes que alimentan sus propios miedos y
tendencias que les arrastran.
Los
espectadores se enfrentan a un musical, como decimos, atípico en el que es
arrastrado más allá del límite de la comodidad. No esperen fantasía
alternativas al mundo real. En Querido
Evan Hansen no hay concesiones, no hay escapismo. Muy al contrario.
Quizá
hay una frase en la que se podría centrar el mundo que se nos muestra. Cuando
el personaje de Alana (Amanda Stenberg), la chica modelo del instituto, le
pregunta al protagonista, Evan, (Ben Platt) "¿qué tomas?". En otras
circunstancias podríamos pensar que es una invitación a beber algo. Aquí se refiere a la
ristra de medicamentos que tanto él (el fracasado) como ella (la triunfadora)
toman para sobrevivir en una sociedad inmisericorde en la que la apariencia lo
es casi todo y el dolor y el fracaso se deben esconder. El encuentro en los columpios es una de las mejores secuencias de la película, un momento simbólico por el escenario, la infancia segura, y emotivo por sus confesiones.
El
filme de Chbosky es un retrato descarnado de la juventud. Quizá lo sea más allá
de los Estados Unidos y nos muestre un sufrimiento que se ha ido extendiendo
por las sociedades modernas como una peste. La presión insoportable que unos y
otros siente, la ansiedad y frustración de unos y otros en un mundo perfecto
que esconde dolor y más dolor.
No es
muy difícil suponer de dónde procede la idea cuando los medios de comunicación
nos ofrecen información diaria sobre matanzas en institutos o suicidios de
jóvenes, sobre epidemias de presión y consumo de todo tipo de medicamentos y
sustancias para intentar calmar lo que les supones la oscuridad en la que
viven.
El detonante
de la trama es sencillo: un joven incapaz de relacionarse con los demás recibe
la instrucción de su terapeuta de escribirse una carta a sí mismo exponiendo
sus problemas. Es lo que nos da el título de la película. Un malvado del
instituto se hace con la carta. Se suicida y le encuentran esa carta que, por
la presentación —Querido Evan— piensan que ha dirigido al único amigo que
tenía.
Sobre
este equívoco se construye una película que le permite al director y a los
guionistas indagar en los fantasmas familiares, en los remordimientos, en las
hipocresías sociales.
La obra
en su totalidad rezuma una ironía trágica, un doble movimiento entre la piedad
que nos suscita el personaje por su sufrimiento y el sufrimiento que nos
produce ver cómo alivia el suyo construyendo una gran mentira que le permita
sobrevivir siendo aceptado por la comunidad que antes le rechazaba.
Con
estos elementos, la obra permite entrar en el interior de cada personaje,
reservando el de Jared (Nik Dodani) como una visión exterior, conocedora de
todo el tinglado que se ha montado. Es interesante el juego que se hace con
este personaje, un amigo obligado por la amistad de las madres, gay y con
rasgos hindúes. La verdad está en posesión de este personaje, que se sitúa en
el mismo nivel que el espectador.
De las
virtudes cantantes de los intérpretes no podemos decir nada y habrá que esperar
a que lo podamos escuchar en su versión original, ya que las canciones han sido
dobladas, lo que creo que, dado que el musical no tiene nada de infantil, es un
error a estas alturas. Hubiera sido mejor poder escuchar las voces de los
actores y también unas letras menos forzadas. No es nada fácil poder encajar
las frases en el canto y que tenga un sentido más allá de las rimas fáciles.
Junto a
los señalados, hay que resaltar la confrontación entre actores consagrados,
como es el caso de las dos madres, Julian Moore (Heidi Hansen) y una magnífica
Amy Adams (Cynthia Murphy, la madre del suicida). Ambas actrices logran una
rica gama interpretativa manifestando el amplio abanico de sentimientos ante lo
que sus hijos han hecho a lo largo de su vida. Danny Pino pone rostro al padre
del suicida. Este está interpretado por Colton Ryan, como Connor Murphy, que es
el centro real de la obra, el hijo desconocido que cada uno quiere construir a su manera,
Los
intérpretes jóvenes ofrecen unas buenas interpretaciones de papeles que no son
fáciles, ya que es la contención, la dificultad de expresar lo que se siente
realmente lo que caracteriza el mundo que se nos describe, más preocupado de
las apariencias que de atender los conflictos que provoca. Es destacable la
actuación de Kaitlyn Dever, en el papel de Zoe Murphy, la hermana del suicida
Connan. A Ben Platt le toca el dramatismo de las canciones, en las que se refleja su auténtico sentir, el dolor y el miedo, también la vergüenza.
Como
musical, Querido Evan Hansen no es un
entretenimiento. Nos sumerge en el problema real de una juventud en una
sociedad de enorme dureza en la que la gente se encierra en sí misma por temor
a parecer débil y convertirse en el centro de las miradas. Solo los narcisistas
son capaces de disfrutar de ese riesgo. Los demás tienen que forzarse a base de
medicamentos a salir a la calle e ir al instituto.
Todos
son víctimas y verdugos, armados con sus teléfonos móviles, capaces de destruir
a otros con unas imágenes lanzadas a las redes sociales. El momento más
impactante de la película es cuando vemos, ante los tropiezos del protagonista,
cómo van sacando los envenados teléfonos móviles con los que se empieza a
grabar. Solo por esa escena vale la pena ver la película y entender cuál es el
fondo deshumanizado en el que nos movemos.
No es
fácil hacer un musical tan al margen de lo habitual. Es un género que tiene sus
dramas, pero este pone el dedo en la herida. La pregunta que nos lanza es
¿puede construirse algo sólido sobre las mentiras? Quizá debiera verse o
representarse en escuelas e institutos para que el arte nos ayude a sobrevivir
lanzado luz sobre nuestra oscuridad.
Joaquín Mª Aguirre
Querido
Evan Hansen (2021)
Director: Stephen Chblosky
Guionista y compositores: Steven Levenson, Benj Paseky
Justin Paul
Intérpretes: Ben Platt, Julianne Moore, Kaitlyn Dever, Amy
Adams, Danny Pino, Amanda Stenberg, Colton Ryan, Nik Dodani...
Ridley
Scott es uno de esos importantes directores que casi nunca nos viene a la
mente. Sin embargo, una persona que ha dirigido "Los duelistas"
(1977), "Alien" (1979), "Blade Runner" (1982), "Thelma
y Louise" (1991) y "Gladiator" (2000) y entre otras, que no solo
son "buenas" sino algo diferente, "influyentes". Ser
"influyente" significa que tus huellas se pueden rastrear en otros
filmes, que has abierto nuevos caminos para que otros hagan las suyas. Hay
muchas otras películas de Scott que han sido éxitos, pero creo que las
señaladas son suficientes como para entender que forma parte de ese grupo de
directores que a mediados de los 70 irrumpieron cambiando el cine y sacándolo
de cierta confusión, por no decir directamente crisis, que se había producido a
mediados de los sesenta con el cambio de forma de producción, promoción,
temático, etc. Ridley está entre ellos por méritos propios.
Scott ha
estrenado, con unas pocas de semanas de diferencia, "El último duelo"
(2021) y ahora "La Casa Gucci". Vimos la primera, un intento de
escritura diferente, pero en la que no le acompañaba la mitad del reparto,
sobresaliendo Jodie Comer frente al reparto masculino, con la excepción de Adam
Driver, que cumplía. Este último repetirá en La Casa
Gucci.
Quizá
resulte indicado decir que en El último
duelo nos muestra conflictos medievales mediante una narración poliédrica,
la misma historia percibida desde personajes diferentes, mientras que en La Casa Gucci nos cuenta una historia de
hoy con moldes de siempre.
En La Casa Gucci se ha hecho con un elenco
de artistas consagrado y una casi recién llegada, Lady Gaga. Desde el punto de
vista de la narración, esta se centra en los personajes, interpretados por
actores muy significativos que se enfrentan a Lady Gaga, que a su vez se
enfrenta a una manera de interpretar a una italiana, fuerza y espontaneidad,
que surge del tópico pero se desarrolla de forma comedida dando lugar a un
espléndido personaje, el de Patrizia Reggiani, la joven ambiciosa que tiene que
tirar de su marido, un estupendo Adam Driver, para que ascienda en la escala de
la Casa, habida cuenta de que esta se encuentra en clara decadencia.
La
película tiene algo de tragedia y mucho de comedia, de mezcla de géneros, algo
que se logra por el tratamiento que los propios actores le dan, estableciendo
formas interpretativas muy distintas. De la exageración bufonesca de Jared Leto
a la sobriedad histriónica de Jeremy Irons, pasando por un Al Pacino también
exagerado, arrastrado por Leto o por Driver, que es el personaje evolutivo
frente al estatismo caricaturesco del resto.
Son
Adam Driver y Lady Gaga los que cargan con el peso de la historia desarrollada
y de la que el resto de la familia Gucci es el fondo de paisaje humano. Patrizia
Reggiani y Maurizio Gucci son el centro y el drama consiste en cómo los de
arriba usan a los de abajo hasta que los de abajo, Patrizia, acaban haciendo
justicia por su propia mano. La ironía es que el esfuerzo de ella y su éxito es
lo que determinará su propio fracaso. Creo que esa es la rabia de Patrizia, ver
cómo son otros parásitos sociales los que se benefician de su esfuerzo
trabajador.
El
retrato de la familia es inmisericorde. Ya no son de este mundo, sino
un mero espectáculo mediático en un escenario en el que el poder familiar ha sido
absorbido por el de las empresas e inversores. Son frustraciones decadentes andantes, cada uno en su línea alejada de la realidad. Patrizia viene de fuera, es vital y ambiciosa.
De toda
la película destaca, sin duda, el trabajo perfeccionista, en su espontaneidad
italiana, de Lady Gaga, controlando cada gesto y movimiento, puestos al servicio
del personaje. Su vulgaridad contrasta con la decadencia de los miembros de la
familia enzarzados en sus juegos y obsesiones. Es un trabajo que ya está siendo premiado y que lo seguirá siendo en entregas futuras de los premios. Son merecidos.
Joaquín Mª Aguirre
La Casa Gucci (2021)
Director: Ridley Scott
Guionistas: Becky Johnston y Roberto Bentivegnabasado en el libro de Sara Gay Forden
Intérpretes: Lady Gaga, Adam Driver, Al Pacino, Jeremy Irons, Jared Leto, Jack Huston, Salma Hayeck, Alexia Murray...
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Simpatía por la diablesa (Pisando charcos 2/12/2021)
Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Quizá era inevitable que ocurriera. La película de Ridley
Scott "La Casa Gucci" estaba destinada a la controversia desde su
mismo origen. Me imagino que es lo que ocurre cuando se trata una situación
demasiado próxima, hechos muy cercanos. Si a esto le añadimos el carácter público,
muy público, de una gran empresa que vive de su propio nombre o, si se
prefiere, que su nombre es su principal activo, la controversia está servida,
máxime si hay un asesinato por medio.
La CNN da cuenta de lo mal que le ha sentado a la empresa la
película:
The family took particular issue with the
depiction of Reggiani, played by Lady Gaga, as "a woman definitively
convicted of ordering the murder of Maurizio Gucci... as a victim" in the
movie itself and in statements by cast members, Italian media agency ANSA reported.
The heirs criticize "the indulgent tones
towards a woman who, definitively convicted of having been the instigator of
the murder of Maurizio Gucci, is painted not only in the film, but also in the
statements of the cast members, as a victim trying to survive in a male and
male chauvinist corporate culture," ANSA continued.
The letter went on to say that Gucci "was
an inclusive company," adding that in the 1980s, when the film is set,
there were several women who occupied top positions in the company.
"The Gucci family reserve the right to
take every initiative (necessary) to protect their name and image and those of
their loved ones," a letter signed by Aldo Gucci's heirs said.
The statement also alleged that in the movie
members of the Gucci family were falsely portrayed as "hooligans" who
were "ignorant and insensitive to the world that surrounded them,"
ANSA added.
CNN has contacted Scott's representatives for
comment.*
En síntesis, es una descripción de los problemas que plantea
hacer una película actual, con personajes reales y hechos que, por muy reales
que sean, son vistos e interpretados desde puntos de vista distintos.
Precisamente la anterior y casi simultánea película de
Ridley Scott, estrenada unas pocas semanas antes, "El último duelo"
(2021) es una película también histórica, solo que unos cientos de años atrás,
en el mundo medieval, pero con el peculiar tratamiento narrativo de ofrecernos
la misma historia percibida desde cuatro ángulos distintos. Mientras que la
historia medieval tiene una perspectiva relativista de la historia, lo que se
nos cuenta en La Casa Gucci levanta ampollas acusada de unilateral y
partidista.
Quizá sea que lo histórico, ya sea puntual o temático,
requiere distancia. Es la diferencia entre la Historia y el Periodismo. La
distancia elimina ciertos obstáculos (como las quejas de los afectados, aunque
este concepto también pueda ser relativo, ya que toda obra acaba hablando del
presente), pero mantiene otros. La película sobre la actualidad tiene, en cambio,
muchos obstáculos aunque algunas ventajas. La proximidad implica controversia
porque, como es el caso, la Casa Gucci reacciona ante su imagen, que considera
malinterpretada y dañada. Pero esa misma controversia acabará beneficiando a
Gucci, llevándola al primer plano mediático, y por supuesto a la propia
película, que se ve promocionada por los escándalos que se generen.
¿Es cine sensacionalista como hay prensa sensacionalista?
Quizá todo se trate de un ejercicio de estilo de Ridley Scott tratando de
indagar (como hizo François Truffaut en los 70) entre los géneros y las
realidades. ¿Son reales los seres que aparecen en la prensa del corazón, que
copan las portadas sensacionalistas? ¿Cómo contar su historia en el futuro?
La película es película y es consumida como tal. Pero su
efecto es ser tomada por la historia "verdadera", que ¡vaya usted a
saber cómo fue! ¿Eran las personas tan retorcidas comosus personajes? ¡Quién sabe! Lo que sí es
cierto es que, entre tanto tonto, elitista y ambicioso, el personaje de
Patrizia Reggiani, interpretado magistralmente por Lady Gaga se lleva las
simpatías por muy antipática o asesina que sea. Cumple, además, el estereotipo
de la italiana pasional frente a los decadentes Gucci. Ella es energía
ascendente que tiene que tirar de un marido tirando a flojo para que este
llegue a la cima y prescinda allí de ella.
¿Historia frente a ficción? Hace mucho tiempo que se
entendió que la "Historia" es un tipo de discurso que escriben los
vencedores, que necesita revisiones periódicas cada vez que hay un fuerte
cambio político, social o generacional. Si la película llegara a ser un "clásico",
los personajes quedarían fijados y superarían a las personas que los motivaron.
Toda obra de ficción es una interpretación; pero también la
Historia lo es, por más que trate de centrarse en datos, números o cualquier
otro autoengaño de objetividad. "La Casa Gucci" es una película. Para
los Gucci —en la película se nos dice que ya no quedan Gucci en Gucci— puede
ser un cruel retrato de una familia en clara decadencia, a la vista del filme.
En el fondo, es una descripción de una "decadencia y
caída" por más que la marca siga su exitosa trayectoria, quizá por
librarse de ellos. Forma parte de un género y tiene sus propios tópicos. El
modisto Tom Ford (que aparece como personaje) dice con tono despectivo que es
un "culebrón" tipo Dinastía. ¿Y qué? Dice que estuvo muy triste tras
ver la película. No debió ir porque entró en la sala con la película de su vida
y esto era otra cosa. Enjuiciar las películas con las experiencias pasadas y
los sentimientos fijados no es bueno. "Era mejor la novela", en este caso
su vida. La película te lleva a crear nuevos sentimientos que a lo mejor crean
conflictos.
¿Fue Patrizia Reggiani una víctima? En una historia de
ambiciosos y presuntuosos, el personaje de Patrizia se nos presenta como
"la gran mujer detrás de un hombre débil". Finalmente es un
tradicional caso de despecho entre mármoles y visones, un conflicto entre mujer
emprendedora y varones ociosos y débiles. ¿Ve el público con simpatía a la
asesina, Simpatía por la diablesa,
que dirían los Rolling Stone?
En una galería de este tipo, la simpatía se decide por el
menos malo. El corazón de los espectadores no es justo, solo resuelve los
dilemas que se le plantean. Ella quería ser buena, pero no la dejaron; ellos se
extinguieron simplemente por sus propias decisiones y tonterías personales,
familiares y empresariales. ¿Es todo cierto? Por el precio de una entrada no
tienes más derecho a más verdad.
* Nicola
Rutuolo y Amy Woodyatt "Gucci family hits out at portrayal in 'House of
Gucci' movie" CNN 30/11/2021
https://edition.cnn.com/style/article/house-of-gucci-family-intl-scli/index.html
Muchas
son las virtudes de este filme dirigido por Edgar Wright, autor también de la
historia y del guión junto Krysty Wilson-Cairns. Es justo juntar a director y
guionista en la primera línea de esta crítica porque es hace bueno aquello de
que sin una buena historia no es posible una buena película. Guión e imágenes
se complementan en esta historia bien llevada, a la que auguramos que se
convertirá en una película de culto, pues dispone de todos los elementos para
ello.
Última noche en el Soho (Las Night in Soho) es un filme con el que sueña
todo director, una conjunción de elementos bien seleccionados, de la fotografía
a los actores, del guion a la música o la puesta en escena. Es una pequeña obra
maestra con apariencia de serie B, una pequeña lección de puesta en escena en
la que se utilizan todo tipo de retales de la historia del cine para construir
una película nueva y sorprendente que te mantiene atado a la butaca hasta su
última escena.
La
película es un filme de género, con la salvedad, de que el género narrativo va
oscilando y produce una de esas películas híbridas en las que cuando el
espectador está convencido de que caminará por una senda se le lleva al carril
paralelo por el que es guiado durante una parte de la película.
Si hay
algún marco de referencia para este filme, debemos situarlo en un maestro en
esto, Brian de Palma, al que creo que filmes como "Vestida para
matar" o "Carrie", como dos referencias claras, nos llevan. Todo
ello se ciñe a una estética muy lograda de los años 60, una referencia para el
mundo que la protagonista desea desarrollar.
Recordemos
que ya entonces Brian de Palma seguía sin disimulo alguno a su maestro, Alfred
Hitchcock, al que homenajeaba sin límites en cada uno de sus filmes, cada vez
más truculentos. El filme del británico Edgar Wright tiene mucho de homenaje al
género o mezcla de ellos, mostrando que la genialidad no es crear lo nuevo sino
construir con lo viejo renovándolo.
Como es
propio del género híbrido al que se nos lleva, la película está llena de
espléndidas trampas, bien construidas, que hacen que el espectador quede
seducido por el arte del ilusionismo, que lo que muestre tu mano derecha oculte
lo que hace tu mano izquierda. Esto queda perfectamente delimitado con la
atracción de las imágenes y la seducción de los personajes. El juego de espejos
que se nos muestra en el filme con ese viaje de marco en marco a través del
mundo de los sueños.
Para
que esta película adquiera la fuerza que tiene dispone de dos extraordinarias
actrices jóvenes, una es Anya Taylor-Joy (Sandy), que acumula papeles brillantes
apoyándose en su inteligencia interpretativa y un rostro bello e inquietante
con el que transmitir la amplia gama de emociones que el guion exige de ella.
En el otro lado está la neozelandesa Thomasin McKenzie (Eloise), otra actriz
joven, poco más de 20 años, que se constituye en el otro lado del personaje
encarnado por Taylor-Joy. Ambas constituyen una unidad perfecta en lo
interpretativo, siendo cada rasgo de una contestado desde el otro lado por las
virtudes equilibradas. Felicitaciones a los que decidieron el casting porque la
película con otras actrices sería una película muy distinta.
El
salto de Eloise, de vivir protegida y cuidada por su abuela en una casa de
campo, hasta el Londres agresivo al que llega será determinante de su estado de
ánimo. El refugio ideal parece ser ese Londres sesentero que se nos muestra,
pero este esconde demasiados secretos y violencia. Sobre ello se construye el
filme.
Como el
ambiente, ese atractivo mundo de los sesenta, es un punto esencial de la
película está presente recogido en colores y luz, en calles y casas,
perfectamente sincronizado con el mundo interior del personaje. La música forma
parte de la historia tanto la que es ajena a universo ficticio como la que los
personajes escuchan de sus viejos discos, un punto de unión entre los
personajes en cada lugar en el que se encuentran, ya sean en sus casas o en los
clubes, donde podemos ver actuar, por ejemplo, a Cilla Black.
El
reparto funciona bien, con actores como Michael Ajao, en el papel de John, el
amigo de Eloise cuando llega a Londres; un magnífico Matt Smith, en el papel
del inquietante Jack, el chulo; un recuperado Terence Stamp, en sus recorridos
por el Soho; y una irreconocible Diana Rigg. Un grupo bien llevado de actores jóvenes
configuran los compañeros de Eloise en ese Londres abusador que se representa en la Escuela de Diseño.
El peso
de la película cae en las dos interpretaciones de Thomasin McKenzie y Anya
Taylor-Joy unidas por los lazos del sueño dando lugar a un brillante juego de
presencias y transformaciones.
A falta
de cuatro minutos para las dos horas, la película fluye con el interés del
guion, la interpretación de los actores, la fotografía y la música, levándonos
de sorpresa en sorpresa, con un crescendo en la presión sobre el espectador, al
que se le ha llevado de la luz del Londres nocturno a la oscuridad tenebrosa de
los protagonistas.
La película, como señalamos al inicio, tiene todos los factores para convertirse en película de culto, como las de Palma o Carpenter; de ellas ha aprendido su solidez narrativa y el poder de las imágenes.
Joaquín Mª Aguirre
Última
noche en el Soho (2021)
Director: Edgar
Wright
Guionistas:
Edgar Wright (historia) y Krysty Wilson-Cairns (guión)
Intérpretes:
Thomasin McKenzie, Anya Taylor-Joy, Matt Smith, Michael Ajao, Terence Stamp,
Diana Rigg, Synnove Karlsen...
Cuando terminó la película, el chico que hace la limpieza de
la sala preguntó a una pareja que ya salía: ¿qué tal? La mujer le dijo:
"Una historia muy bonita, pero da pena verlo tan mayor". La visión opuesta es la alegría que da ver que
una persona con 91 años a sus espaldas sigue haciendo buen cine. Es el vaso
medio vacío o medio lleno. Pero eso es algo que viene de fuera del filme, en
donde debemos aceptar sus supuestos iniciales.
Clint Eastwood ha sabido esperar las películas en cada
momento de su vida. Dicen que pasó años para poder interpretar el personaje de
"Sin perdón", la película que le consagró definitivamente como un
clásico vivo, expresión que se le suele aplicar. Esta película es una historia
para la que no sé si ha esperado, pero sí que merece la penar ver por muchos
motivos.
Cry Macho es una
película aparentemente sencilla en el
mejor sentido del término, el del arte que no esconde nada y que muestra, sin
trampa ni cartón, sus objetivos. Y es además una película, en otro orden, también relativamente
optimista. Eastwood construye un mundo inicialmente negativo y llega a un final
en el que el futuro es corto pero intenso para uno, el personaje de Eastwood, Mike
Milo, y largo e incierto para otro, el joven al que debe llevar de regreso a
los Estados Unidos desde México, para Rafael. Pero lo importante —y esto es una
filosofía de vida— no es lo que puede ocurrirnos, siempre algo abierto a todo
tipo de incidencias e incertidumbres, sino lo que vamos dejando atrás, día a
día, lo que es nuestro equipaje existencial. En cada momento, su decisión.
Cry Macho es una
"road movie" de personajes extremos, en este caso en forma de ver el mundo, culturalmente y por la edad. El género mete en un mismo
vehículo o sube a unos caballos a dos personajes dispares y los somete a todo tipo
de pruebas durante el viaje, símbolo de la vida y de la transformación. "A
story of been lost... and found", dice el cartel norteamericano de la
película, lo que lleva a varias preguntas sobre el derecho a la redención a
costa ajena o, si se prefiere, si "final feliz" significa lo mismo para
todos. Pero quizá sea así la vida, lo que nos llevaría por otros derroteros.
Por un sentido del compromiso ("¡me lo debes!")
Mike Milo se mete en un viaje para devolver al hijo de su antiguo jefe a los
Estados Unidos. Tendrá que pasar la frontera y buscar al hijo que se encuentra
con una "madre", que lo tuvo, pero no ha querido saber mucho de él.
Más bien se le ha generado una personalidad conflictiva y rebelde con la Milo,
una vez encontrado, deberá lidiar en su accidentado regreso.
El filme sigue la novela de N. Richard Nash, de donde habrá
sacado las vicisitudes y resultados. En este sentido, la película es una road movie, un filme de género. Es una
película sobre lo que la vida te quita, a veces te lo devuelve. Por el camino,
ambos, Mike Milo y Rafael, se van encontrando con sus pruebas y con sus
conversaciones descubriendo que su sentido negativo de la vida tiene otras
alternativas. La interpretación sobre hasta qué punto es cierto a través de lo
que vemos queda en manos de los espectadores, pues la historia nos ha sembrado
de suficientes elementos negativos como para ir más allá de que la felicidad dura
poco, es un estado transitorio, y hay que saber aprovecharla.
Desde el punto de vista cinematográfico, la película cuenta
con una excepcional fotografía de Ben Davis, que sabe crear a través de la luz
y los encuadres unos ambientes específicos para la épica o para la intimidad de
los personajes.
Los personajes, más allá de los sicarios o encuentros del
camino, son una estupenda Natalia Traven en el papel de Marta, regente de una
isla femenina en el camino; los padres de Rafael, interpretados por el cantante
country Dwight Yoakam y la actriz chilena, Fernanda Urrejola. El personaje de
Rafael está interpretado por Eduardo Minett que es capaz de dar cuenta de la evolución.
Después de dejar madurar la película un par de días, creo
que es más "oscura" de lo que a primera vista percibimos, que esa
"bonita historia" tiene más aristas de las que pensamos y que
Eastwood, una vez más, nos ha metido en un universo ambiguo, con una ineludible
dimensión moral a la que ha de enfrentarse en espectador.
Cry Macho es una historia de padres sin hijos y de hijos sin padres; también de padres que no valoran a los hijos y de hijos que valoran en exceso a los padres. De todo ello surge es mundo que Eastwood nos muestra en este filme, aparentemente sencillo, pero no tanto.
Probablemente
haya varias formas de enfrentarse a la crítica de esta película. La primera es
la que algunos han tomado confrontando la vida americana con la europea. No
creo que se trate de eso. Otros han hablado del desmontaje del héroe medio
norteamericano, sea este el que sea. Tampoco es esta una línea que me parezca
demasiado productiva.
Voy a
aventurarme por una línea, que la propia película marca con una palabra que
solo es dicha una vez en las 2 horas y 20 minutos de metraje:
"maktub".
La
palabra, árabe, se la dice la hija a su padre y le da una pequeña explicación:
es lo que está escrito, lo que viene dado y contra lo que no se puede ir por su
propia naturaleza. Desde esta perspectiva, el filme adquiere un fondo
existencialista, que podríamos calificar como "camusiano", en
especial, en El extranjero, donde ese "maktub" es el elemento que
hace que seamos un juguete en manos de la vida, algo que se escapa de nuestras
manos. Desde esa perspectiva existencialista o, si se prefiere, existencial,
"todo" encaja, incluso el escenario francés que se ha elegido para la
historia, con un mundo árabe emigrado esparcido por la Marsella francesa. Los lectores camusianos podrán interpretar a su manera esos planos en la libertad del agua que definían a Mersault, ese flotar sin tensiones, que en la película veremos dos veces, una por personaje.
La
historia de un padre (Matt Damon) que abandona Oklahoma periódicamente para ir
a visitar a su hija (Abigail Breslin), que lleva cuatro años encarcelada en
Marsella, condenada por el asesinato de su novia, una chica árabe, que fue apuñalada.
Ella manifiesta que es inocente, pero los abogados no encuentran forma de
aportar nuevas pruebas con las que reabrir el caso. El padre se niega a aceptar
el rechazo y decide, por su cuenta y engañando a la hija, tratar de encontrar
las pruebas que permitan sacarla de la cárcel.
En el
camino, el azar pone a una mujer francesa, Virginie (Camille Cottin), con una hija
pequeña, Maya (Lilou Siauvaud), con las que pasa a vivir. Sera Virginie quien
le ayude, dados sus nulos conocimientos del idioma francés, en la búsqueda de
un personaje al que su hija menciona, Ahmed, pero que nadie ha conseguido
encontrar.
La obra
nos muestra a un personaje encerrado en una vida que se cumple a sí misma,
mientras va dejando atrás las nuevas oportunidades que se le van ofreciendo. La
vida ofrece mucho, pero para quien está cegado solo hay la línea de lo que ya
está escrito y se ha de cumplir.
Matt Damon
da cuerpo a un personaje osco, Bill, procedente de Oklahoma, un personaje de
"sí, señora-no, señora" continuos explosivo y obsesivo; bien
intencionado, pero ciego. Su fondo es el sentimiento de culpabilidad por su
hija, con la que no se entiende —y que confesará ser como él— y la dificultad
de expresarse emocionalmente en su precariedad de recursos. En Virginie y Maya,
Bill encuentra una posibilidad, la familia que no consiguió tener por la muerte
de su esposa y el enfrentamiento con su hija, que la hizo irse a Francia.
La
película es densa, dura por lo que tiene de "realidad" y de ir contra
todos los tópicos de este argumento que se ha dado múltiples veces en el cine.
Pero el cine es algo que se proyecta en una pantalla y la idea del director y
guionista Tom McCarthy es otro cine y una pantalla espejo de la vida.
Los
escenarios pasan de la Norteamérica rural a una Marsella arabizada, espacio de
enfrentamientos y violencia, de racismo que surge en cuanto se escarba un poco,
de territorialidad tribal entre los grupos.
Tenemos
un personaje que reza "¡Tú no me abandonas, yo no te abandono!" en un
mundo donde los dados están echados, ¡maktub!
La claridad ante la vida solo se da cuando ya es demasiado tarde; cegados por el
momento, solo queda contemplar los errores cometidos.
La
película se cimenta en un buen guion y en un buen trabajo de los actores,
incluida la falta de expresividad del personaje de Bill, que es parte de su forma
de ser. Estupenda Camille Cottin y la pequeña Lilou Siauvaud. Mención aparte
merece Abigail Breslin, actriz a la que hemos visto crecer película a película,
en el personaje de la hija, de una enorme complejidad en su trazado. No hay
plano que desaproveche para mostrarnos sus cualidades y su comprensión del
personaje.
La
contraposición en la forma de actuar es deliberada. A la espontaneidad de los
actores y personajes franceses se le opone el muro de los sentimientos elevado
por el padre y la hija, encerrados en su tosquedad.
La
película es intensa por sus giros fatales, esas llamadas del destino de las que
no se puede huir. Quizá un recorte en el largo metraje habría hecho ganar al
filme, pero creo que McCarthy ha querido darle su propio desarrollo interno,
ese tono de normalidad rota por la obsesión.
La traducción del título al español pone el énfasis en la cuestión familiar, "Cuestión de sangre", desviando la lectura hacia esos lazos de sangre, que creo que es solo un aspecto de la fatalidad. "Stillwater", en cambio, pone el acento sobre otro aspecto sobre el que girará la trama, que siempre está en los detalles.
Algunas
crónicas se refieren al caso de Amanda Knox, estudiante norteamericana encarcelada
Italia por el asesinato de su compañera de piso, como inspiración. La propia Knox ha acusado a Damon de "explotar su caso" en su beneficio. Las relaciones entre el arte y la vida son complejas y, a veces, complicadas.
Por mi
parte, apunto a lo señalado anteriormente y a una conexión cinéfila con la
magnífica película surcoreana, Mother
(Bong Joon Ho 2009)
Joaquín
Mª Aguirre
Cuestión
de sangre (Stillwater 2021)
Director:
Tom McCarthy
Guionistas:
Tom McCarthy, Marcus Hinchey, Thomas Bidegain y Noé Debré
Nacionalidad: USA
Intérpretes:
Matt Damon, Camille Cottin, Lilou Siauvaud, Abigail Breslin
Los dos
principales méritos de El cover, el filme escrito y dirigido por Secun de la
Rosa, son —a mi entender— no haberse dejado arrastrar por una historia a la americana, los jóvenes que van a Los
Angeles para ser artistas y que acaban de camareros, sirviendo mesas. El truco
de Secun de la Rosa es coger la historia tradicional y darle la vuelta,
convertirla en la del joven que no quiere ser estrella cuando tiene condiciones
para serlo.
Pero
esta historia se nos disuelve rápidamente en algo mucho más interesante, esas
dos características que señalábamos al principio. La primera de ella es el
tratamiento del espacio. Sabedor que sería ridículo comparar Los Angeles con
Benidorm, de la Rosa toma una decisión inteligente: convierte a Benidorm en una
abstracción, en una especie de entelequia de luces y figuras geométricas, un
espacio simbólico, arquetípico. De hecho, lo sorprendente es la estilización
que logra de una ciudad monstruosa, una excrecencia ladrillar. El Benidorm de
Secun de la Rosa es una brillante construcción mítica, lejos de cualquier
reconstrucción turística, como estamos viendo en tantas películas españolas (y
algunas extranjeras) en las que se buscan subvenciones a base de reproducir
monumentos, lugares pintorescos y edificios representativos. Benidorm es el
borde exterior de la trama, un tercer anillo envolvente, el límite espacial. Obviar
una ciudad que te rodea convirtiéndola en un escenario simbólico es un
ejercicio que de la Rosa ha sabido resolver.
Como es
el director y el guionista, el acierto hay que atribuírselo directamente a él,
con la inestimable ayuda de los encargados de cámara y fotografía Amando
Crespo, Santiago Racaj y Johnny Yebra, un aspecto importante de la película. La
fotografía sirve para aislar a los personajes en determinados momentos,
a través de las lentes adecuadas, convirtiendo el entorno en ese espacio evanescente,
que es Benidorm, fragmentado en tres o cuatro microespacios diferentes, del bar
en el que trabaja Dani (Álex Monner) al bar donde actúan El Spanglish, la
playa, la residencia del abuelo y esas calles por las que se circula como si
fueran recorridos imaginarios, solo marcados por las luces de fondo.
El trasfondo
de la película es una pregunta: qué significa ser "auténtico" en un
mundo en el que nadie lo es, que —traducido por los propios personajes en la
película— se expresa en un "¿por qué querer ser un desgraciado cuando se
puede ser feliz?". La felicidad la alcanza cada uno como puede o, para ser
más preciso, se la hace cada uno con su propio personaje. La reflexión sobre
qué es ser uno mismo da ciertos toques existenciales a la película, pero el
consejo es muy "mediterráneo": se feliz con lo que tienes y no te
preocupes tanto por los demás y lo que puedan opinar de ti.
Esto
nos lleva al segundo gran acierto de la película de Secun de la Rosa: los
personajes. Alrededor del personaje central, Dani, comienzan a aparecer tres
generaciones muy distintas: su abuelo (bien interpretado por Juan Diego), la
gente de la generación de sus padres, los que han sobrevivido (representados
por Carmen Machi y Susi Sánchez, también estupendas) y después todo un
repertorio de personajes que viven una extraña vida, entre la realidad y la
fantasía, imitando a cantantes, como es el caso "Adele/Sandra"
(Marina salas) o "Amy" (Carolina Yuste), dos actrices que saben dar
cuerpo y alma a sus personajes. No es fácil, pues la película nos va
descubriendo las debilidades de los que prefieren vivir escondidos tras los
personajes que imitan antes que mostrarse ante los demás. Esto se nos muestra
especialmente a través del personaje de Carolina Yuste, una gran
interpretación, como una Amy Winehouse, un personaje real torturado que le
sirve para realizar su propio sueño vital.
Hay una
lectura de la película y es precisamente el grado de agresividad que se vive en
las distintas generaciones. El retrato que se hace de la generación actual, la
de los protagonistas, creo que está dotado de mucha más profundidad de lo que
es habitual. En este sentido, la historia de fondo, la que lleva a vivir dentro
de los personajes que eligen para vivir a través de ellos acaba componiendo un mosaico
que es el verdadero retrato de la película, su fondo sobre esa diluida ciudad
que les rodea.
Uno de
los elementos más flojos en muchas películas españolas es el guión. No es así
en este caso; hay historia. Y si los actores acompañan, como es el caso, la
película se desliza ante nosotros con una naturalidad que no siempre está
presente en nuestro cine.
Lander
Otaeola sabe dar el tono a su personaje del amigo de Dani. El resto —y la
película tiene muchos alrededor del personaje central, interpretado por Alex
Monner cumple con creces tanto individualmente como en su coralidad. Hay que señalar que en la película la música (como acción y metáfora) es el fondo que sirve para
empastar todos los elementos, de la historia a los personajes. Es el aliño que
hace que todo cuadre, dando consistencia a los espacios y a los personajes. Magnífica
la larga secuencia en El Spanglish, el local donde se dan las interpretaciones,
en las que cada grupo se nos muestra a través de una canción, mostrando una
amalgama que, sin embargo, funciona. Es una magnífica secuencia que permite
unir todos los elementos, una secuencia de gran complejidad técnica e
interpretativa que se resuelve a la perfección por parte de todos.
Los
personajes más pequeños tienen su drama, su sentido dentro de la película, adquiriendo consistencia en ese mundo
fantástico en el que viven, un lugar falso en el que crearse un personaje para
subirse a un escenario y cantar cada noche a turistas que nada les importa.
Pero lo importante, como se señaló, es cómo vives tú tu propia vida.
El cover es sobre todo es un retrato generacional, una película que viene bien en estos momentos de confusión, que es lo que se refleja en la película, de miedo a ser uno mismo. Elegir un rostro, una voz, un estilo, para avanzar por una vida dura, sin concesiones. Pero vivir. ¡Cómo no se pueden enamorar dos personas a las que les gusta Bambino! El destino es el destino.
Le
deseamos a El Cover un buen recorrido este verano. En el cine, en la
primera sesión, estábamos dos personas. Espero que estas líneas animen a algunos a pasar
una tarde de verano en una fresca sala de cine escuchando su música y viendo ese paisaje de luces. Merece la pena dedicarle un rato a algo que se hace con esfuerzo e ilusión.
Joaquín
Mª Aguirre
El
cover (2021)
Director
y guionista: Secun de la Rosa
País: España
Intérpretes:
Álex Monner, Marina Calas, Carolina Yuste, María Hervás, Susi Sánchez, Carmen Machi,
Juan Diego, María Hervás, Lander Otaola, Lidia Mínguez...