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sábado, 11 de diciembre de 2021

Querido Evan Hansen (Stephen Chbosky 2021)

 


En estos tiempos en los que todo tiende a convertirse en musical para alimentar una escena facilona, nos llega esta "Querido Evan Hansen", dirigida por un director con cuatro filmes, incluyendo este, un musical extraño y oscuro, con una muestra de personajes que alimentan sus propios miedos y tendencias que les arrastran.

Los espectadores se enfrentan a un musical, como decimos, atípico en el que es arrastrado más allá del límite de la comodidad. No esperen fantasía alternativas al mundo real. En Querido Evan Hansen no hay concesiones, no hay escapismo. Muy al contrario.

Quizá hay una frase en la que se podría centrar el mundo que se nos muestra. Cuando el personaje de Alana (Amanda Stenberg), la chica modelo del instituto, le pregunta al protagonista, Evan, (Ben Platt) "¿qué tomas?".  En otras circunstancias podríamos pensar que es una invitación a beber algo. Aquí se refiere a la ristra de medicamentos que tanto él (el fracasado) como ella (la triunfadora) toman para sobrevivir en una sociedad inmisericorde en la que la apariencia lo es casi todo y el dolor y el fracaso se deben esconder. El encuentro en los columpios es una de las mejores secuencias de la película, un momento simbólico por el escenario, la infancia segura, y emotivo por sus confesiones.


El filme de Chbosky es un retrato descarnado de la juventud. Quizá lo sea más allá de los Estados Unidos y nos muestre un sufrimiento que se ha ido extendiendo por las sociedades modernas como una peste. La presión insoportable que unos y otros siente, la ansiedad y frustración de unos y otros en un mundo perfecto que esconde dolor y más dolor.

No es muy difícil suponer de dónde procede la idea cuando los medios de comunicación nos ofrecen información diaria sobre matanzas en institutos o suicidios de jóvenes, sobre epidemias de presión y consumo de todo tipo de medicamentos y sustancias para intentar calmar lo que les supones la oscuridad en la que viven.

El detonante de la trama es sencillo: un joven incapaz de relacionarse con los demás recibe la instrucción de su terapeuta de escribirse una carta a sí mismo exponiendo sus problemas. Es lo que nos da el título de la película. Un malvado del instituto se hace con la carta. Se suicida y le encuentran esa carta que, por la presentación —Querido Evan— piensan que ha dirigido al único amigo que tenía.


Sobre este equívoco se construye una película que le permite al director y a los guionistas indagar en los fantasmas familiares, en los remordimientos, en las hipocresías sociales.

La obra en su totalidad rezuma una ironía trágica, un doble movimiento entre la piedad que nos suscita el personaje por su sufrimiento y el sufrimiento que nos produce ver cómo alivia el suyo construyendo una gran mentira que le permita sobrevivir siendo aceptado por la comunidad que antes le rechazaba.

Con estos elementos, la obra permite entrar en el interior de cada personaje, reservando el de Jared (Nik Dodani) como una visión exterior, conocedora de todo el tinglado que se ha montado. Es interesante el juego que se hace con este personaje, un amigo obligado por la amistad de las madres, gay y con rasgos hindúes. La verdad está en posesión de este personaje, que se sitúa en el mismo nivel que el espectador.


De las virtudes cantantes de los intérpretes no podemos decir nada y habrá que esperar a que lo podamos escuchar en su versión original, ya que las canciones han sido dobladas, lo que creo que, dado que el musical no tiene nada de infantil, es un error a estas alturas. Hubiera sido mejor poder escuchar las voces de los actores y también unas letras menos forzadas. No es nada fácil poder encajar las frases en el canto y que tenga un sentido más allá de las rimas fáciles.

Junto a los señalados, hay que resaltar la confrontación entre actores consagrados, como es el caso de las dos madres, Julian Moore (Heidi Hansen) y una magnífica Amy Adams (Cynthia Murphy, la madre del suicida). Ambas actrices logran una rica gama interpretativa manifestando el amplio abanico de sentimientos ante lo que sus hijos han hecho a lo largo de su vida. Danny Pino pone rostro al padre del suicida. Este está interpretado por Colton Ryan, como Connor Murphy, que es el centro real de la obra, el hijo desconocido que cada uno quiere construir a su manera,

Los intérpretes jóvenes ofrecen unas buenas interpretaciones de papeles que no son fáciles, ya que es la contención, la dificultad de expresar lo que se siente realmente lo que caracteriza el mundo que se nos describe, más preocupado de las apariencias que de atender los conflictos que provoca. Es destacable la actuación de Kaitlyn Dever, en el papel de Zoe Murphy, la hermana del suicida Connan. A Ben Platt le toca el dramatismo de las canciones, en las que se refleja su auténtico sentir, el dolor y el miedo, también la vergüenza.


Como musical, Querido Evan Hansen no es un entretenimiento. Nos sumerge en el problema real de una juventud en una sociedad de enorme dureza en la que la gente se encierra en sí misma por temor a parecer débil y convertirse en el centro de las miradas. Solo los narcisistas son capaces de disfrutar de ese riesgo. Los demás tienen que forzarse a base de medicamentos a salir a la calle e ir al instituto.

Todos son víctimas y verdugos, armados con sus teléfonos móviles, capaces de destruir a otros con unas imágenes lanzadas a las redes sociales. El momento más impactante de la película es cuando vemos, ante los tropiezos del protagonista, cómo van sacando los envenados teléfonos móviles con los que se empieza a grabar. Solo por esa escena vale la pena ver la película y entender cuál es el fondo deshumanizado en el que nos movemos.

No es fácil hacer un musical tan al margen de lo habitual. Es un género que tiene sus dramas, pero este pone el dedo en la herida. La pregunta que nos lanza es ¿puede construirse algo sólido sobre las mentiras? Quizá debiera verse o representarse en escuelas e institutos para que el arte nos ayude a sobrevivir lanzado luz sobre nuestra oscuridad.

Joaquín Mª Aguirre

 



Querido Evan Hansen (2021)    

Director: Stephen Chblosky

Guionista y compositores: Steven Levenson, Benj Paseky Justin Paul

Intérpretes: Ben Platt, Julianne Moore, Kaitlyn Dever, Amy Adams, Danny Pino, Amanda Stenberg, Colton Ryan, Nik Dodani...

Género: drama, musical

sábado, 4 de julio de 2020

Personal Assistant (The High Note 2020)


No iba con mucho convencimiento a ver Personal Assistant, el filme dirigido para el cine por la canadiense Nisha Ganatra y al que le ha tocado la mala suerte de la pandemia, con asistencia muy limitada todavía a los cines. El filme se ha estrenado en las salas en España, pero lo hizo bajo demanda en los Estados Unidos a finales de mayo. Si la sala en que la ves tiene buen sonido (ha sido mi caso), merece la pena disfrutarla en sala.
Si en la semana anterior estaba yo solo viendo la película, en esta ocasión estábamos tres, lo que visto lo visto es un gran avance. La estrategia de reponer películas y estrenar algunas que se quedaron en el tintero desde marzo puede animar algo a la gente, pero no es fácil cuando el calor anima a salir al campo. La verdad es que con estos números iniciales, la sala es un lugar tranquilo y la posible ansiedad se disipa pronto. En realidad, te sientes menos presionando que cuando haces la compra.
La verdad es que la hora y 53 minutos de duración de esta comedia sobre los artistas, la la edad, presión competitiva del género e incluso aspectos étnicos tenía con visión preclara todos los temas que están en este momento sobre la mesa de las discusiones sociales en todo el mapa terráqueo.


La directora Nisha Ganatra proviene de la televisión y ha conseguido un producto visual muy competente, manejándose bien en los terrenos intimistas de la comedia y los musicales del espectáculo.
Envuelta en magníficos números musicales (ya hablaremos de esto), se nos ofrece una comedia dramática sobre la ambición sobre lo malo que es la falta de sinceridad (léase engaño). Como sucede en la comedia clásica, los enredos se producen cuando nadie es lo que dice y nadie está a gusto con lo que es.
Ganatra se maneja bien en los dos tonos de la comedia, con una buena fotografía que le da empaque al filme, bien montado como espectáculo que muestra el espectáculo. Está bien llevado el ritmo para que no se produzcan parones, un riesgo en ocasiones con los musicales. Aquí no estamos ante el género, sino ante la trama de los cantantes, los productores, los ingenieros de sonido, etc. La música forma parte de sus vidas y de sus trabajos. En este sentido, a la música original se le suma una magnífica selección temas sobre los que hablan y se cuela en nosotros, es la que ha influido en sus vidas, sus referencias sonoras vitales.


Son varias las tramas que se entrecruzan. La superior es la que trata sobre el arte (cualquiera de ellos) y sobre si se puede vivir de las rentas. También sobre la distancia entre el artista verdadero y aquellos que quieren ir a lo seguro frenando la evolución personal y la del mismo arte. Es, en este sentido, un deseo de renacimiento por parte de la artista Grace Davis, la estrella, interpretada extraordinariamente por la gran actriz (y directora, guionista, productora y más cosas) Tracee Ellis Ross. Verla y escucharla en la pantalla es una delicia para la vista y para el oído. Los números musicales, especialmente los últimos, son canciones que disputarán el Oscar a cualquier otra que aparezca en el año. Una gran interpretación la suya en todas las dimensiones. 
Es una demostración de la maldad del propio sistema que esta mujer no haya trabajado más en el cine. Espero que lo haga. Los premios logrados en la Televisión merecen ampliarse al cine. Aquí luce espléndida en todos los órdenes, incluido el vestuario de estrella muestra.
En el otro lado está su "asistente personal", Maggie, interpretado por Dakota Johnson, en un personaje deseoso de salir de la oscuridad y saltarse a tareas para las que evidentemente está más cualificada, la producción entre otras.
El conflicto dramático real, en el siguiente nivel, se esconde en el conflicto entre estados dos mujeres y el intento de Maggie de que Grace Davis, la estrella, vuelva a brillar más allá de las rentas y lo fácil, representado por un retiro en Las Vegas, con años asegurados de beneficios por repetir lo mismo.


El tercer elemento será David Cliff, un cantante interpretado por Kelvin Harrison Jr, aquejado de pánico al éxito, un joven inseguro. Su interpretación está a la altura, tanto en lo musical como en lo dramático. Son buenas sus interacciones con Dakota Johnson y nos permite conocer la cara de la ambición de su personaje, el deseo de descubrir y lanzar a una estrella, el sueño de todo productor hasta que se reduce a solo sacra dinero.
La trama de la película está dividida entre esos dos mundos, el de Gina y el de los jóvenes con sus dudas y miedos. Los giros finales nos ayudan a comprender mejor a los personajes y a escuchar unos números fantásticos.
No se puede ignorar el papel de la música, de las viejas grabaciones añoradas de una época en la que era posible hacer música diferente, personal y no quedar en manos de una industria repetitiva y facilona, que explota el sentir de los aficionados cristalizando al artista como una pieza del mercado. En este sentido, si hay un villano, es la industria, maquinaria insensible y en busca del beneficio. En este sentido hay varios personajes que se nos muestran como auténticas caricaturas.


Para los amantes de la vieja música, de los 60, 70, 80 y 90, el oído es adulado con canciones y portadas de discos que, yo al menos, tengo en mi trastero. Sam Cook, Fleetwood Mac, los primeros discos del Boss o canciones de Cat Stevens. Se habla de ellos y de otros músicos, a veces con juegos y bromas, como un mundo pasado, pero más vivo que la moribunda industria que busca eternizarse en un casino de Las Vegas convertido en cementerio de estrellas.
No sé si los que no conozcan esta música —o no les importe— verán la misma película que yo he visto, pero creo que puede apreciarse como un añadido a un filme sólido, bien interpretado y con unos números musicales de gran calidad. Es una historia (o una mezcla de historias) ya contada, pero ¿qué historia no lo es? Cumple sobradamente sus objetivos.
J.A.


Personal Assistant (The High Note 2020)   
Directora: Nisha Ganatra
Guionista: Flora Greeson
Intérpretes: Dakota Johnson, Tracee Ellis Ross, Kelvin Harrison Jr., Bill Pullman, Zoe Chao, Ice Cube

lunes, 30 de diciembre de 2019

Cats (2019)


Fui a ver Cats  (Tom Hopper 2019) como el que lanza a la piscina con la advertencia previa de ya de que no hay agua. Fui por la curiosidad de saber porqué ha desatado la mayor reacción en contra de los últimos tiempos, de críticos a usuarios. Por una cosa o por otra, a nadie le ha gustado Cats. Tiene la puntuación más baja que recuerdo haber visto en la IMDB y en el mundo hay películas muy, muy malas.
Los lectores de este blog saben ya que no me gusta despellejar películas. Si no me gustan, sin más no pierdo tiempo en añadir más tiempo perdido escribiendo sobre ella. Lo que para algunos constituye un placer, para mí constituye una tarea insufrible y va en contra de mi propia naturaleza. Si no me gusta, como tantas otras cosas en la vida, prefiero asumirlas como propios. Por eso me ha llamado la atención esta tremenda unanimidad sobre una película que tenía todo a su favor, de un director premiado a una lista de artistas talentosos, y una historia exitosa sobre los escenarios. ¿Por qué es tan malo, pues, Cats? O, si se prefiere, ¿por qué no nos gusta?
En críticas escritas en este espacio he mostrado los aspectos más positivos de películas que no habían recibido mucha atención crítica y pocos espectadores. Recuerdo el caso de Midsommar (Ari Aster 2019), con la sala vacía y nula publicidad. Hoy está entre las listas internacionales de "lo mejor del año". Es frecuente que esto ocurra, que muchas películas de interés pasen desapercibidas. Por ello es menos frecuente que hasta la misma productora (hay titulares diciendo que la retiran de la "carrera de los Oscar") haga gestos de lo mismo. Me imagino incluso, que las presentaciones que se están escribiendo ya para los premios de este año, incluirán todas comentarios jocosos sobre los gatos, gatos negros, mala suerte, etc. Es el precio de la atención excesiva, la que ha logrado la unanimidad que habla de forma natural del "desastre" de Cats o titulares como "Un engendro en el tejado" (El País), "La PEOR película del Año" (La Zona Cero), " Is it a cat-astrophe?" (BBC), "The First Reviews of Cats Are, Well, A Catastrophe" (FuzzFeed).


¿Qué pasa, entonces, con una película que era una apuesta fuerte de éxito y que incluso fue sometida a una reconstrucción antes de su estreno para evitar lo peor? Pero ¿qué era peor que este resultado de público y crítica? Comentando con la gente del cine antes de entrar, me dijeron que había gente que abandonaba la película. No se produjo en mi pase, pero éramos tan pocos...
Creo que interesante saber por qué —al menos preguntarse— cuál ha sido el fracaso de Cats, la "cat-astrofe" de esta película porque sirve de algo aprender de los errores de este tipo. ¿Por qué si "Todos los perros van al cielo" (All The Dogs Go to Heaven, Don Bluth 1989), los gatos no pueden hacerlo?
En primer lugar, creo que hay que salvar a los actores. No es en ellos donde está el problema. Han hecho lo que les han dicho. Lo mejor de la película son ellos y, por encima de todos, esas dos glorias vivientes que son Dame Judi Dench (cuando aparece le sobra la piel, con la mirada es suficiente) y  Sir Ian McKellen (precioso su número). El trabajo de ambos actores, creo, es un indicador de por qué Cats no funciona. Podemos echarle, como algunos hacen, la culpa a la extraña caracterización de los actores como gatos, pero el cine ha sobrevivido a cosas peores. Quizá deberían haber salido con disfraces más tipo el "león" en El Mago de Oz, en opinión de algunos, pero no creo que esto sea el problema.


El problema de Cats es Cats. ¿Por qué no funciona el musical que ha batido todos los récords de premios y permanencia en los escenarios por todo el mundo? Creo que en la pregunta está la respuesta. Creo que Cats es la culminación de un movimiento que empezó hace algunas décadas de teatralización del musical cinematográfico.
Por más que el teatro musical haya ofrecido magníficas ocasiones para crear grandes musicales, el mayor problema se lo plantearon aquellos que se dieron cuenta que no es lo mismo un escenario teatral que una pantalla. Y hubo un tiempo en que esto estaba claro, muy claro. Si pensamos en un filme como West Side Story, uno de los grandes musicales de la historia del cine, tuvo que hacerse sobre una historia representada en los escenarios que representaba un barrio de Nueva York. Cuando se rodó la película, hubo que ir a las calles de Nueva York para restituirle lo que la estilización teatral había recreado. Es decir, tuvo que volverse a la naturalidad que el cine reclama por muy artificial que la propuesta sea. Puede que no esté muy claro qué es el lenguaje cinematográfico en forma abstracta, pero sí está clarísimo que no es el teatral. Y Cats es plenamente teatral. Es algo que a quien está sentado en una butaca de un teatro no le extraña, pero sí a quien lo ve en una sala de cine. Hay momentos en que intenta luchar contra su propia teatralidad, pero no consigue vencer ni convencer.
Su estructura narrativa (o la ausencia de la misma) es teatral. ¿Por qué? Hace tiempo que las artes del espectáculo se han empezado a pensar en términos de un marketing que crea franquicias. Una película es el envoltorio para llevar a la gente a las salas de teatro que es donde se va a hacer el negocio, además (en su caso) del correspondiente merchandising. Para eso se necesita que se establezca una interacción entre el espectáculo teatral y la película que se va a encontrar después y viceversa, el espectador que va al teatro debe reconocer la obra sobre el escenario y reconocerla en la pantalla. Se trata de crear una estructura válida para las dos obras. Pero no siempre funciona. 
Si pensamos en musicales como "Chicago" o "Nine", hacía explícito en la pantalla su montaje teatral. En unos casos ha funcionado mejor que en otros (en Chicago había una buena historia). La propia estructura de los musicales, cerrada por letra y música y la coreografía, ha contribuido a que se hiciera más complicada su libertad creativa fílmica. Se trataba de "fotografiar" un mundo teatral (como en el caso de la también fallida "Into the Woods"). El musical que mejor resolvió el problema del respeto coreográfico y su integración al lenguaje visual fue West Side Story, que la sacó a la calle naturalizándola.


Esta reducción del cine a filmar el teatro hace que en un caso como Cats se derrumbe porque Cats es una película sin apenas argumento.  Sobre un escenario esto no impide el disfrute de los números. Pero la pantalla es otra cosa, otro lenguaje, se necesita una historia. 
El cine es un medio narrativo y aquí apenas hay nada que contar más que una jerga mal explicada (los "jélicos", palabra repetida unos cuantos cientos de veces sin que lleguemos a saber de qué se trata realmente). Se nos queda finalmente en un compendio de... ¡teología para gatos!
El terrible final con las estatuas londinenses es representativo de lo ocurrido en el proceso. Nos damos cuenta que hemos asistido a un despropósito en el que el problema no ha sido hacer una película, algo sobre una historia. Comprobamos que lo espectacular de un escenario, un vestuario, una música, unos bailes... no son nada si no se acepta la naturaleza del medio, su lenguaje, sus propias leyes. Un número tras otro no crean una historia
Las peripecias que aquí se nos muestran son mínimas y más bien tontas. Bajo esto no hay nada que sostenga la película y como tal fracasa. Recordemos que Eliot solo escribió una rimas divertidas para niños, sin pretensión de historia alguna. 
Los que quisieron crear un espectáculo con ello lo hicieron levemente, a sabiendas de que el espectáculo teatral (como enseñan las "variedades" musicales) no necesitan estructura, si se piensa en "números" sucesivos. Pero eso es demasiado débil para una película que requiere una narración que la vertebre.
En tu recuerdo queda apenas nada, unas cuentas frases sobre la felicidad y consejos simbólicos, de dudoso cumplimiento, sobre cómo tratar a los gatos. Demasiadas metáforas y poca limonada.


Cuando hicimos la reseña de Mascotas 2 (no es una ironía) dijimos que la historia está por encima de los personajes, que se deben subir a ella. Dijimos entonces que la primera parte era ingeniosa, pero que la película avanzaba como tal cuando estos personajes ingeniosos se integraban en una historia común, en algo nos hacía interesarnos por ellos. En Cats se ve el ejemplo claro de las consecuencias de no seguir este principio básico. Un personaje tras otro caminando sin sentido, contando su propia experiencia, pero incapaces de ir más allá. Con cada número nos preguntamos, ¿qué sentido tiene si no hay conjunto? Eso se nos ofrece, un conjunto de piezas sin sensación de totalidad y menos de forma. Eso se paga.
Sobreviví a Cats por la curiosidad. No la que mató al gato, sino la que lo trajo al mundo de las pantallas de forma tan desajustada. La pregunta ahora es importante: ¿habrá servido para algo? No es trivial ni casual lo que ha sucedido. Vivimos en un momento en el que todo se convierte en musical (lo último, creo, la película Ghost). 


La crisis de inventiva y de taquilla del teatro ha hecho que el musical se convierta en el medio más conservador frente al teatro de "vanguardia". Todo se nos ha llenado de musicales desde hace más de una década, hasta las canciones de Mecano o Abba se convierten en musicales de éxito. Pero se están apretando demasiado las tuercas desde el teatro mismo. Ya no se piensa en el teatro, sino en ampliar el público extendiendo el espectáculo a través del cine por todo el mundo para volver a llenar las salas. Pero, como vemos, no es tan sencillo ni todo funciona. 
La publicidad negativa alcanzada mundialmente por la película hará pensar un poco. Mientras tanto se siguen buscando culpables para responsabilizar del fracaso de lo que se presumía era un éxito cantado. ¿Qué podía fallar? Paradojas gatunas.
J.A.


Cats (2019)  
Director: Tom Hooper
Guión/composición: T.S. Eliot (basado en "Old Possum's Books of Practical Cats"), Lee Hall y Tom Hooper (guión) y Andrew Lloyd Webber (compositor)
Intérpretes: Francesca Hayward, Taylor Swift, Laurie Davidson, Robbie Fairchild, Idris Elba, James Corden, Rebel Wilson, Judi Dench, Jennifer Hudson, Mette Towley, Ian McKellen, Naoimh Morgan, Jason Derulo, Ray Winstone, Laurent Bourgeois, Steven McRae, Danny Collins, Larry Bourgeois, Daniela Norman...

viernes, 5 de julio de 2019

Yesterday o el biopic del espectador


Uno de los ladrillos con los que están construidas nuestras vidas son las canciones. Se adhieren a los momentos clave y dan voces a nuestros sentimientos cuando nos faltan las palabras. Para los románticos, la canción era la unión de dos artes que consideraban las más admirables, la poesía y la música. Las canciones sobreviven al tiempo en nuestra memoria y nos hacen revivir momentos que se creían perdidos. Las canciones, además, nos unen y empaquetan como generación. Son las que hemos compartido, las que hemos cantado, bailado, juntos; nos han hecho llorar o reír, han sonado en la intimidad o en el jolgorio. Son nuestra vida.
La nueva película de Danny Boyle nos habla de un mundo en el que han desaparecido las canciones de The Beatles. Lo dicen desde los carteles promocionales. No se trata de plantearnos un misterio o un milagro. Se nos da como supuesto de partida y se deja desarrollar. Boyle sabe utilizar muy bien este tono sencillo, casi de cuento, partiendo de un supuesto, un mundo sin Beatles.
Boyle y yo nos llevamos unos meses. Sé de lo que habla. Uno de mis recuerdos más vívidos es tener 9 o 10 años y escuchar en casa de un amigo de la misma calle un disco con cuatro canciones de The Beatles. Eran los discos de su hermano mayor. Creo que era la primera vez que los escuchaba y debió ser a mitad de los sesenta. Como vivía frente a la Plaza de Toros recuerdo el tumulto de su concierto en la Plaza de la Ventas. ¿Que era aquello?


La película de Danny Boyle funciona estupendamente gracias al buen guión, a una dirección sólida —muy en estilo Boyle— y la labor meritoria de los actores principales, la cada vez mejor actriz, Lily James, y el actor Himesh Patel, al que le toca no solo el peso del protagonista sino el de la interpretación de las canciones.
La película es una forma de homenaje a la música de The Beatles. Solo en la distancia comprendemos el peso de lo que se hizo en esa generación, para la que la música fue una forma de vida y de expresión. De Dylan a The Beatles, las ideas, los sentimientos, etc. sufrieron un cambio drástico. Jóvenes hablando a los jóvenes, hablando de ellos mismos y de sus historias. Todos los grupos del mundo, por decirlo así, grababan sus versiones de las canciones de The Beatles. Las podemos encontrar en todos los idiomas y estilos. Es un fenómeno que hoy nos pilla lejos, pero que entonces era completamente normal en su excepcionalidad. The Beatles eran The Beatles. Y un mundo en el que no están, como se nos dice, es un mundo peor.


Quizá hay que perder para volver a encontrar. Dentro de los biopics de músicos que han sido éxitos recientemente, de Bohemian Rapsody a Rocket Man, Yesterday no es un biopic de los músicos o cantantes, sino —algo más importante— de aquellos que les escucharon. En el fondo, es un biopic sobre una generación, la de Boyle, la mía, que creció entre esas canciones que crearon el pop y que, pasados más de cincuenta años, siguen haciendo pensar y nos emocionan. Esa es la realidad tras la fantasía mágica, olvidar para poder volver a vivir como si nunca se hubieran escuchado.
Es interesante la reacción del público. Los hay que no han olvidado a The Beatles —es nuestro privilegio en la butaca frente a los que tenemos en la pantalla— y los habrá que descubran un torrente de canciones, algunas de las cuales pasarán a su memoria y les acompañarán. Es el momento de recuperar lo mucho bueno que se ha ido quedando por el camino. Es la rebeldía frente al consumismo musical.
Muchas de los chistes y bromas del filme tienen por objeto las letras de las canciones en un mundo que las ha olvidado. Hay momentos divertidos con lo que se encuentra en Google cuando nos están The Beatles y se les busca. Era algo que, mal hecho, se habría agotado rápidamente, sin embargo funciona bien, con ingenio, y el público lo acepta divertido.


No debemos dejar de lado a Ed Sheeran, haciendo de sí mismo y reconociéndose como un Salieri frente al Mozart capaz de componer The Long and Winding Road, Let It Be, Yesterday, Help o tantas y tantas maravillas. 
Es el olvido de todo ello lo que permite poder decir lo obvio, que son buenas, muy buenas, que forman parte de la arquitectura emocional y artística de una generación.
La historia sentimental de la película es necesaria para que pueda estallar ese desgarrado Help en una azotea. Las canciones adquieren vida cuando se conectan con la vida; tienen sentido cuando nos revelan algo de nosotros mismos, cuando nos ayudan a comprender y comprendernos.
Yesterday nos trae el mejor Danny Boyle, un director siempre peculiar, que necesita proyectos que le inspiren y con los que inspirarnos. Este cuento de hadas sobre un mundo que olvida es otra buena fábula en su historial. Acertó. 
J.A.

Yesterday (2019)
Director: Danny Boyle
Guionistas: Jack Barth (historia), Richard Curtis (guión)
Actores: Himesh Patel, Lily James, Sophia Di Martino, Ed Sheeran, Kate McKinnon ...




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