Demasiado “vital” para ser solo una película, una ficción, pues trata de indagar sobre
la vida misma, sobre sus oscuridades y sinsentidos. “A real pain” es tan
desconcertante que no se han atrevido a traducirle el título, dejándolo como
algo exótico, cuando en realidad
habla de lo que vivimos cada día, de cómo podemos llegar a ficcionalizar el dolor para ignorarlo.
La película es un trabajo personal, escrito, dirigido y protagonizado por
Jesse Eisenberg, al que estamos acostumbrados a ver en papeles de lo más variado.
Esta vez se ha metido en un auténtico reto, una película que diríamos extraña por lo
natural, sincera por afrontar algo que hace mucho que no vemos en las
pantallas: el dolor cotidiano, el real, aquel del que apenas se habla.
El argumento es sencillo: dos primos, casi hermanos, que vivieron juntos
gran parte de su vida y ahora están separados en circunstancias muy distintas. emprenden un “tour judío” sobre el holocausto, un viaje por su Polonia, el origen familiar. Su abuela, superviviente de un campo de concentración, acaba de
fallecer en Estados Unidos, donde emigró, y ellos quieren visitar su residencia polaca. El tour está integrado por un pequeño grupo de judíos de muy diverso
origen al que se añade la pareja de primos.
Los primos tienen un comportamiento muy diferente y pronto vemos cómo uno
de ellos, un soberbio Kieran Culkin, un actor que va de los Razzies a los
Globos de Oro, empieza a imponer su personalidad agresiva y seductora,
manipuladora, frente al primo interpretado por el propio Eisenberg, que vive en
Nueva York, donde tiene un trabajo y una familia estable, a diferencia de su
compañero, que no tiene soporte alguno.
El viaje "turístico" se acaba convirtiendo en un recorrido emocional entre los dos
primos y en un recorrido sobre la convencionalidad del dolor, como el que supone su
conversión en “tour” turístico, guía incluido. La película se mueve entre ese dolor real del
que habla el título y el dolor convencional, escénico en que ha convertido el
holocausto.
La película se sigue con interés a través de la relación familiar y de
ambos con el grupo. Es a través del desvelamiento de lo que la convención
impone como vamos viendo ese dolor oculto que finalmente se manifiesta.
Hay que valorar muy positivamente la labor triple de Eisenberg, como actor,
guionista y director. Ha sabido combinar las tres facetas en un proyecto
personal, que es lo que necesita el cine norteamericano para salir de tanto
trabajo inútil. Esta es una película “barata” en costes y “rica” en sus logros.
Es un empeño de actores en buscar algo que les haga sentir vivos en sus papeles
o trabajando para los compañeros. Cada vez es más frecuente encontrarnos con
proyectos como este en el que también contamos con Emma Stone en la producción.
Rodada casi en su integridad en Polonia, en los sitios reales, la película
ahonda en esa gran escena final en la propia incongruencia humana, en su necesidad de
buscar lo que cubra ese dolor real, al que alude el titulo. Es en el
levantamiento de esas capas que cubren el dolor de la soledad de lo que trata la película.
Buen uso de la música para crear en fondo del sentimiento que la película comunica. La película sabe ser simbólica, como toda obra de arte digna de tal nombre, y realista, cotidiana.
Magistral secuencia final, que sirve en su sencillez para hacernos entender
el destino de los personajes y del propio ser humano. Una película sobre el dolor y la soledad.
Joaquín Mª Aguirre
A
real Pain (Jesse Eisenberg 2024)
Dirección
y guión: Jesse Eisenberg
Fotografía: Michal Dymek
Intérpretes:
Jesse Eisenberg, Kieran Culkin, Will Sharpe, Jennifer Gray, Kurt Egyiawan,
Ellora Torchia...
Escrita
y dirigida por Roger Eggers, Nosferatu (2024) es una gratísima sorpresa que ha
conseguido poner de acuerdo a casi todo el mundo y si alguno no ha querido
sumarse a la mayoría ha sido probablemente por ese malsano y narcisista deseo
de llevar la contraria que aqueja a cierta crítica.
El Nosferatu de Eggers es un clásico súbito. Esto no es fácil cuando
te enfrentas a hacer un filme que proviene de un pasado glorioso, aun que
desconocido. Nosferatu fue un clásico moderno ya en 1922, una referencia
histórica en la construcción del género de terror antes de que se escucharan
gritos en la pantalla y solo se oían entre el público. Murnau enseñó a tener miedo
y creó su propia línea de terror alejándose de otras formas vampíricas. Los
vampiros siempre han estado ahí en la historia del cine, pero elegían sus
referentes. Werner Herzog lo sacó de la tumba con el rostro de Klaus Kinski.
Ahora
Eggers nos trae un nuevo Nosferatu con nuevos aires de clasicismo. Hay que
explicar qué queremos decir con "clásico". No hay imitación de lo
anterior, sino algo destinado a ser imitado, lo que lo convertiría en algo
nuevo, algo muy difícil cuando jugamos con los viejos género, como es el de
terror. En estos géneros se producen pocas rupturas, pero el Nosferatu de
Eggers, más de cien años después de Murnau, nos trae un aire nuevo en lo viejo
y nos sorprende y deleita. No es fácil después de haber visto matar a vampiros,
después de haberlos visto morir, de haberlos visto seducir, bajar escalinatas y
subir a balcones. Eggers consigue que todo esto nos parezca nuevo, recién
creado y visto y, sin embargo, ha pasado mucho desde que Bram Stoker escribiera
Drácula y el primer vampiro nos asustara desde la pantalla.
Este
Nosferatu es una historia distinta y que se nos muestra de distinta manera.
Puede que otros subgéneros del terror no estén tan vinculados a los espacios,
pero el género vampírico lo está. Eggers lo sabe y por eso el espacio es el
primer gran protagonista, lo que quiere decir que debe ser fotografiado de
forma especial. Los espacios vampíricos son, claramente, dormitorios,
castillos, criptas, sarcófagos, etc. que deben ser tratados de una forma
específica, a diferencia de otros personajes del género de terror que no los
necesitan tan fuertemente.
En el caso de este filme, no se trata de la
arquitectura, sino de la fotografía y la iluminación. Obsérvese con detalle esa
secuencia que hemos visto decenas de veces, la llegada de Thomas Hutter (Nicholas Hoult) al castillo.
La entrada no es por su propio pie sino que ha de esperarle en un punto un
carruaje fantasmal que lo llevará hasta la puerta. Obsérvese cómo está tratada esa magistral
secuencia y nos daremos cuenta de cómo funciona la película, no solo con lo que
vemos, sino con lo que sabemos. La magia de la película es funcionar como si no
se hubieran visto las películas de vampiros, pero sabiendo que las hemos visto.
Allí
donde, por ejemplo, se centra en el vampiro la narración, en este Nosferatu es
solo un conjunto de signos, que van de las sombras a esas manos angulosas, a una voz, a
pequeños fragmentos,... Eggers sabe que queremos ver a ese ser horrendo
y fascinante. La línea del Nosferatu siempre ha jugado con la "monstruosidad"
del monstruo, pero Eggers lo deja en manos de algo cada vez más ausente en el
cine, la imaginación constructora.
Si se
pueden alabar muchas cosas en el filme, no podemos dejar sin anotar la
extraordinaria interpretación de Lily-Rose Depp. Todo esto se sostiene haciendo
con ella lo que se nos escatima con el monstruo. Su interpretación es de un
realismo extremo que nos fascina y pervierte en lo que es una enloquecida historia
de amor. La intensidad de las fases por las que pasa el personaje de Ellen
Hutter nos impide apartarnos del detalle, que la actriz borda en todo momento.
Una candidata al Oscar, sin duda.
Otro
trabajo actoral sobresaliente es el del siempre variado y sorprendente Nicholas
Hoult, algo a lo que nos tiene acostumbrado desde sus más tierna infancia.
Probablemente no haya un actor actual que haya interpretado papeles más
diversos, siempre con convencimiento y profesionalidad desde su infancia.
Son
muchas las virtudes del Nosferatu de Roger
Eggers. Quizá la principal sea mostrarnos que los clásicos pueden convertirse
en nuevos clásicos desde el respeto y el amor al cine. Según nos indica la
IMDB, el filme tiene ya 20 premios y más de 90 nominaciones, No está mal y es
solo el principio.
Joaquín Mª Aguirre
Nosferatu
(2024)
Dirección:
Roger Eggers
Guionistas:
Roger Eggers y Henrik Galeen
Fotografía:
Jarin Blaschke
Intérpretes:
Lily-Rose Depp. Nicholas
Hoult, Bill Skarsgård, Aaron Taylor-Johnson, Willem Dafoe, Emma Corrin...
Por
diversas circunstancias no había logrado ver "La infiltrada", de la
directora Arantxa Echevarría. Afortunadamente se mantiene en cartelera y lo
hace porque, sesión tras sesión, el público acude a verla. Esto dice mucho de
una película española en cartel, en las que suele ser el boca a boca el que
funciona cuando está al margen de esos títulos seriados con los que el cine
español sobrevive. Es pues una buena noticia que siga en cartel porque el
público va a verla. Y va a verla con razón.
Es
interesante que el cine español, que fue muy político un par de décadas, vuelva
a revisar la vida política de nuestro país para mostrarnos que hay cosas que
han cambiado y que otras siguen igual ("Soy Nevenka", Icíar Bollaín
2024). Es también interesante que sean mujeres las que están en la vanguardia
de nuestro cine, cuando ese "nuestro" ha significado mayoritariamente
una visión masculina. Tanto en el caso de Bollaín como en el de Echevarría, al
que podríamos añadir el de Estibaliz Urresola Solaguren, con "20.000
especies de abejas" (2023) y algún otro nombre, es una visión del mundo de
mujeres y con mujeres en el centro, como ocurre en estos filmes. Es una buena
noticia y sobre todo es un refresco de la mirada, que nos renueva este mundo
que vemos a través de la pantalla.
Luis Tosar, Carolina Yuste y Arantxa Echevarría
La
infiltrada es un filme político, es un filme de acción y es también un análisis
del funcionamiento de la mente femenina en una situación en la que tiene que
sobrevivir. El personaje principal no es solo una policía infiltrada luchando
contra ETA, es una mujer en un mundo donde el poder es masculino, prepotente,
autoritario. Allí donde hay psicología en el personaje de Arantxa /Mónica, hay
luchas de poder de diversos tipos, rivalidades, egos. Ella es otra, la
infiltrada, a la que se le repite que nunca se le reconocerá mérito o valor
alguno pues "no existe" y lo que haga "nunca ha ocurrido".
Muy buen
trabajo de Carolina Yuste, capaz de dar vida a ese personaje que debe ser de
una forma ante unos y de otra ante otros, finalmente ante sí misma, como
testimonia ese grito silencioso con el que se manifiesta dramáticamente la
tensión interna. Es la imposibilidad de estallar ante nadie, la soledad
absoluta, solo compartida por su gato.
El
trabajo de los actores, una vez resaltado en de Yuste, se debe centrar también
en el de Luis Tosar, contenido y dotado de una interioridad que se debe
manifestar oculta, pero perceptible.
También
hacen un trabajo muy meritorio los actores Íñigo Gastesi y Diego Anido en su
papel de etarras de diverso pelaje. Pedro Casablanc y Nausicaa Bonnín cumplen
también con sus papeles en el lado policial.
Si hay
alguna pega a la película quizá se pueda hacer a trazo grueso con el que están
dibujados algunos personajes, empeñados en mostrarse de una manera más plana,
frente a la riqueza de los personajes con un trazo emocional más rico. No
impide la evolución de los personajes principales y sus fases.
La
realización es muy buena. Sabe cómo detenerse en el detalle psicológico,
emocional, y cómo gestionar la acción cuando se requiere, pues es ese tránsito
el que define la película.
Arantxa
Echevarría está acumulando experiencia y sabiduría cinematográfica en sentido
narrativo y visual. Necesitamos este tipo de direcciones cinematográfica, gente
que sepa mirar y hacernos ver, capaces de afrontar esta compleja historia
española, tan maniquea a veces, tan en blanco y negro, sin matices.
La
infiltrada se mueve bien en esos tres terrenos señalados. Gracias al trabajo de
Carolina Yuste, la historia mantiene su eje narrativo y su mirada. Saber
trabajar los silencios y los diálogos, algo que ya ha acreditado y que ha hecho
que trabaje con Echevarría en sus anteriores obras, formando uno de esos tándem
que el cine forma de vez en cuando, en este caso, entre actriz y directora que
sabe escribirle los papeles y moverla en pantalla.
La infiltrada es una película en la que no se nota el
paso, que seguimos al ritmo que nos marca. Eso suele ser una buena señal.
Joaquín Mª Aguirre
La
infiltrada (2024)
Directora:
Arantxa Echevarría
Guionistas:
Arantxa Echevarría, Amélia Mora
Fotografía:
Javier Salmones, Daniel Salmones
Música:
Fernando Velázquez
Intérpretes:
Carolina Yuste, Luis Tosar, Íñigo Gastesi, Diego Anido, Pedro Casablanc y
Nausicaa Bonnín, Víctor Clavijo...
Lo siento, pero me pasa en casi todas las películas de Pedro Almodóvar: siento qué
él mismo hace algo que no debe, algo que va en detrimento de lo que ha ido
construyendo hasta el momento.
Lo
hablo con algunas personas y coincidimos en el diagnóstico. Esta vez es la
construcción de un filme basado en la intimidad de dos personas con un fin no
inesperado, sino inadecuado. La diferencia es obvia: lo inesperado puede
sorprender; lo inadecuado deshace lo que su propia construcción elabora. Es
como si Pedro Almodóvar tuviera un sello negativo con el que marcar sus
películas. Como es algo que siento a menudo con sus películas me debato entre
pensar que es algo "suyo" o algo "mío". ¡Que se le va a hacer!
Después de tantos años con la misma sensación, no parece que él ni yo hayamos
cambiado.
La
habitación de al lado es una películas sensible y emocional sostenida sobre el
trabajo sólido de dos actrices brillantes que son capaces de situarnos en un
entorno, en un espacio que deja de ser físico para ser algo más, un mundo
propio que les sirve de continente a sus propias vidas.
El
trabajo de Tilda Swinton es memorable y da profundidad a un personaje que se
acaba convirtiendo en próximo a los espectadores. El filme busca esa empatía,
esa solidaridad que no siempre es fácil del construir con un personaje en una
situación extrema, el enfrentarse a la muerte.
Dicen
los filósofos que el ser humano es un "ser para la muerte" y la antigua
sabiduría consistía en vivir para aceptar este hecho trágico. No en otra cosa
se puede ser sabio; es la mejor
inversión y lo demás es solo apariencia, inversión inútil. El conocimiento se
acumula; la sabiduría es saber desprenderse de lo superfluo para esa aceptación
final. Almodóvar hace en este sentido una película cuidada al milímetro, en el
que el trabajo actoral está reflejando ese miedo a la muerte en soledad.
No es
una película filosófica, sino humana, bien llevada e interpretada por
Julianne Moore y Tilda Swinton. El tiempo fílmico se va ralentizando a la
espera de ese otro tiempo que se pierde, el vital.
Por eso
se siente cierta merma cuando se introducen los elementos triviales que nos
alejan del centro dramático y existencial del filme. Todo lo demás se percibe como molesto y artificial una vez que se confronta argumentalmente con el hecho
central.
Narrativamente,
la película funciona en la recogida de ese clima. Deja de hacerlo cuando se
intenta sacarlo e introducir elementos que chirrían. Almodóvar deja de ser
lírico e introduce esos elementos de ruptura del propio clímax, como ocurre con
la secuencia final, que sobra claramente.
Pero la
película es de Almodóvar, no mía. Yo solo estoy en una butaca y miro.
Me
sorprendió estar solo cinco personas en una sala pequeña. ¿Cómo se ve hoy a
Pedro Almodóvar?
Magnífica
la música de Alberto Iglesias, capaz de acompañarnos en el refuerzo lírico. Un
escenario magnífico para ayudar a crear un espacio simbólico para la acción
reducida a ese tiempo interior. La fotografía de Eduard Grau es capaz de captar
esa doble condición interior y exterior de los personajes.
La película
inicial funciona y se sigue con interés y emoción. No ocurre lo mismo con esos
insertos almodovarianos con los que deshace lo que le ha llevado tiempo y maña
construir.
Joaquín Mª Aguirre
La
habitación de al lado (2024)
Director
y guionista: Pedro Almodóvar Música:
Alberto Iglesias Fotografía:
Eduard Grau Intérpretes:
Tilda Swinton, Julianne Moore, John Turturro, Juan Diego Botto... Producción:
España
La segunda entrega de la saga del Joker está destinada a la
discusión. Es difícil hacer la segunda parte de una película que tenga tan poco
que ver con la primera parte.
Tampoco tenía mucho que ver el Joker que inició esta parte
con los encarnados anteriormente en la pantalla. Nada que ver con aquel lejano
Cesar Romero de los 60 o con el Jack Nicholson de la versión de finales de los
80. Tampoco con todos los demás Joker que han salido de la oscuridad hacia la
luz de la pantalla.
Quizá todo esto haya pasado porque el Joker ha dejado de ser
un personaje, para convertirse en algo más, en un símbolo de una sociedad que
hace del mal un espectáculo. Esa es mi consecuencia general de este Joker: Folie à deux que nos ha traído
Todd Phillips.
De todos los malvados y villanos que pululan por el universo
de los cómics y las películas que los encarnan en el celuloide, el Joker es el
que representan la absurdidad del mal. No necesita ideas, le basta la risa
absurda, que se vuelve incontrolada para él mismo.
Todd Phillips nos sorprendió a todos con su Joker,
especialmente a los fans del personaje, que son muchos dando forma y sentido a
ese personaje absurdo. En tiendan bien cuando digo "absurdo", no es
un sentido crítico sino en un sentido de algo que estaba en candelero, el
"absurdo", el sin sentido del mundo, lejos de cualquier destino o
fuerza.
Si esperamos ver una película de superhéroes no la veremos.
Tampoco una de "súper villanos", que el propio devenir de los
discursos cinematográficos del género ha estado posibilitando.
Veamos cómo trata Filmaffinity de describir el
"género" del filme. Estos nos dicen: " Thriller. Drama. Musical.
Romance | Crimen. Drama judicial / Abogados/as. Drama carcelario. Drama
psicológico. Cómic. DC Comics. Secuela". Esto nos indica que lo primero
que ha hecho el filme de Phillips es volar por los aires los géneros, y en
especial ese derivado de los cómics. No tenemos un género claro sino una obra
que se mueve entre todas las etiquetas posibles pero al que no es posible fijar
ninguna. ¿Eso es malo?
Si nos sorprendió el primer Joker, este segundo nos vuelve a
sorprender con una película distinta, un buceo, más que en sus raíces, en sus
posibilidades. La simplicidad del origen se transforma en la complejidad del
resultado final. Es casi un Joker hamletiano, a la busca de su verdadero ser.
Todd Phillips se ha agenciado de nuevo un compañero de
guion, Scott Silver, especializado en personas problemáticos, conflictivos con
el mundo que les rodea y, es especial, con ellos mismos. En gran parte se debe
a él ese Joker situado en el ojo del huracán.
Desde el punto de vista narrativo, la película recurre a la
música de canciones que se insertan en la mente de los protagonistas. Los
autores recurren a una fórmula arriesgada, que las canciones estándar representen
ideas y sentimientos. Eso marca el tono del filme en gran medida y permite la
introspección y el diálogo.
Ese tono cálido de las canciones se hace contrastar con el
otro elemento que juega en la película. Una realización efectiva y efectista
que se mueve en lo formal en los juicios y en la brutalidad de la prisión y los
carceleros.
Joker se mueve entre dos planos: el pseudo romántico con el
personaje de Gaga y uno, sentimental y brutal con el personaje del carcelero,
que no es simplemente funcional, y la mejor prueba es que se le ha dado el
papel a un extraordinario Brendan Gleeson. Joker se mueve entre ellos. De la
prisión al juzgado y viceversa; esos son los escenarios entre los que se mueve
Joker y también las zonas de expresión.
Esta película se basa en un guion denso y en unas
interpretaciones ajustadas al drama que escenifican, que va más allá de los
propios personajes. El público asistente al juicio, convertido, en espectáculo,
tiene más de coro griego, que de meros participantes. Nos muestran el drama que
vive el personaje, el que ha vivido desde sus inicios.
Lo que hacen Phillips y Scott Silver es sacar al Joker del
vacío original para darle un sentido humanizado. Es algo que él mismo trata de
encontrar frente al Joker público.
Si están interesado en una respuesta directa: sí, me ha
gustado la película. Y lo ha hecho por varios motivos. El primero de ellos es
el riesgo. En estos tiempos de secuelas fáciles, de imitaciones y multiversos,
lo que han hecho es traer al Joker a un mundo real, un mundo en el que el mal no
es un show, aunque nos alimenten cada día con él. Desde el punto de vista de la
interpretación, vemos en el filme distintas formas, de la más naturalista a la
más estereotipada. En el fondo es una película sobre la máscara, sobre si es
más real que el rostro. La máscara
está hoy en el centro de nuestra cultura, en una lucha sobre la identidad real
o si esta ha sido desplazada por ficciones. En este sentido, la película nos
deja buenos diálogos, esclarecedores, en su parte final. Finalmente, la
realización sabe hacernos llegar los espacios y las acciones, su dramatismo y
su teatralidad. La fotografía es magnífica, buen complemento de la realización.
Si Christopher Nolan le dio negrura a Batman, Todd Phillips le ha dado humanidad a este Joker,
sacándolo del estereotipo del mal para ir más allá. Ha jugado con géneros e
interpretaciones.
Joaquín Phoenix y Lady Gaga, con el apoyo esencial de
Brendan Gleeson escenifican este drama extraño y directo, en el que entrevemos
más realidad de la debida.
No es una película para todo el mundo, quizá mucho menos
para los que esperan la vuelta del Joker de siempre,
menos existencialista y del que no acabemos teniendo lástima.
Joaquín Mª Aguirre
Joker: Folie à
Deux (Todd Phillips 2024)
Director: Todd
Phillips
Guionistas:
Todd Phillips y Scott Silver
Música:Hildur Guðnadóttir
Fotografía:Lawrence Sher
Intérpretes:
Joaquin Phoenix, Lady Gaga, Brendan Gleeson, Catherine Keener, Steve Coogan...
Tras la
exitosa serie de TV "Miércoles", con Jenna Ortega, en la que Tim Burton
utilizaba la memoria de La familia Addams
para retomar sus líneas originales, el director regresa ahora a sus propias
fuentes con una segunda entrega de un clásico, Bitelchús (1988).
Cuando
repasas la trayectoria cinematográfica de Burton te encuentras con una líneas
maestras que una veces han funcionado mejor y otras no tanto. Bitelchús fue el primer largometraje de
éxito de Burton, un filme que le permitió dar el salto a un Batman (1989), también con Michael
Keaton, quien repite ahora el personaje protagonista, aunque esta obra es
esencialmente coral.
El
nuevo Bitelchús, Bitelchús (no se
puede decir tres veces su nombre porque aparece, recuerden) es una prolongación
del aquel original con sus personajes en el tiempo. Nos reboot, remake o
cualquier otra variante, sino una recuperación continuada de unos personajes
que asumen las distancias entre el origen y su presente.
Si
Burton siempre destacó por su capacidad para crear ambientes alejados de la
normalidad y hacerlos consistentes, en este nuevo filme es el elemento destacable.
Lo de menos es la historia en sí, lo relevante en el universo que crea para que
esos personajes, viejos y nuevos, habiten. El personaje auténtico es el
espacio, la forma que el universo adopta entre la realidad y el submundo
(también real). Esto nos recupera al Burton visual y desmiembra la película en
las historias sobre la forma de enfrentarse y aceptar o no ese mundo nuevo para
unos y medianamente conocido para otros.
A los
personajes conocidos —Lydia Deetz (Winona Ryder), Delia Deetz (Catherine
O'Hara)— se añaden unos nuevos, como Astrid Deetz, una Jenna Ortega estupenda
en su papel.
Los
papeles de Rory (Justin Theroux) y de Jeremy (Arthur Conti) sirven para crear
subtramas que acaban interfiriendo en el destino de las tres mujeres Deetz, ,
que son el eje principal del filme.
La película
es coral, manteniendo las tres generaciones Deetz en liza e incorporando en
cada nivel-generación su propio motivo dentro de conjunto. El guion mantiene
entrelazadas las historias de cada nivel haciéndolas coincidir finalmente en la
probablemente más excéntrica de la escenas de Burton, en la que el absurdo se
plantea bajo la canción, McArthur Park,
un clásico de Jim Webb, interpretado por el actor Richard Harris, y del que
Burton saca un provecho increíble en todos los sentidos de la palabra.
Se ha
creado un universo especial. con sus propias reglas, que son descubiertas por
los personajes y aceptadas por los espectadores, que han de seguirlas en su
lógica peculiar. El espectador acepta, mientras que el personaje ha de ser
convencido, produciéndose ese curioso efecto inverso pero inteligente. El
personaje puede ser racional; al espectador se le pide que no lo sea, que acepte
la imaginación.
Si el
humor ha sido siempre una variable esencial en el cine de Burton, en este filme
alcanza unos niveles de parodia y auto parodia notables. Los gags van de la
sencillez de una imagen hasta construcciones más complejas.
Sin
embargo, en mi opinión, es en la integración del espacio con la historia donde
el filme resulta más memorable. Es el espacio el que da unidad, ese más allá burocratizado,
el que permite la integración de las historias, de la abuela a la nieta.
Mención
especial a los personajes de Monica Belluci (Delores) —no sé si sus fans
perdonarán a Burton— y de Willem Dafoe (Wolf Jackson), el policía actor o actor
policía, usados por el director como formas de presión en ese universo.
Visualmente,
la película es un Burton clásico y narrativamente un Burton más enloquecido de
lo habitual. La película se ve bien, se sigue con una sonrisa permanente.
Joaquín
Mª Aguirre
Bitelchús
Bitelchús (2024)
Director:
Tim Burton
Guionistas:
Alfred Gough & Miles Millar, Seth Grahame-Smith
Intérpretes:
Michael Keaton, Winona Ryder, Catherine O'Hara,
Jenna
Ortega, Justin Theroux, Willem Dafoe, Monica Bellucci, Arthur Conti...
Una comedia no puede funcionar si no tiene un buen guion y Fly me to the Moon lo tiene. Un buen guion, por supuesto, necesita de unos buenos actores que le den sentido y credibilidad y Fly me to the Moon los tiene, en especial, Scarlett Johansson, sobre la que se construye la película, un personaje cambiante y mentiroso, pero que sabe en todo momento convencer de su sinceridad. A Channing Tatum, le toca, en cambio el personaje de la interioridad impenetrable, el rostro que parece sacado directamente del Monte Rushmore, pero funciona porque así lo requiere su personaje.
Si no sabemos cómo es la cambiante Kelly Jones (S. Johansson) y debemos creernos que en algún momento es “ella”, la presencia de Cole Davis (Ch. Tatum) es una adivinanza sobre cuando saldrá de sí mismo y se permitirá un desahogo. En este sentido, la película cumple con el precepto de la comedia de enfrentar en una guerra incruenta a dos personajes que no son lo que aparentan y aparentan lo que no son.
Entre los demás actores, Woody Harrelson cumpliendo con un papel que le cae como anillo al dedo, la del siniestro agente de Nixon. Hay una magnífica interpretación del personaje más humanizado, la de Ray Romano, que destaca dando vida y espíritu a Henry Smalls, uno de los técnicos de la NASA. También estupenda Anna García, un buen contrapunto para Johansson en muchas escenas.
Crear una comedia con un asunto tratado anteriormente desde diversos ángulos, como es “si realmente se llegó a la Luna” o si “fue todo un montaje” es osado pues corres el riesgo que la anodina historia de “chico conoce chica” quede oscurecida por la magnitud de la cuestión lunar como fondo. Dado que es la cuestión que sirve de fondo, la comedia se convierte en “chica embaucadora conoce chico sincero de la NASA” y lo cierto es que funciona.
El elemento opositor entre los protagonistas es doble: por una lado un malo histórico, “Richard Nixon”, un villano socorrido, cuya presencia se nos muestra en las apariciones y sus retratos repartidos por salas y despachos; por otro, su oscuro representante en la NASA, el personaje de Woody Harrelson, Moe Berkus, encargado de que los rusos no ganen la carrera del espacio en los medios falsificando las imágenes del alunizaje norteamericano.
La película juega con ese doble plano, lo político y lo amoroso, sin separarlo, en un buen trenzado de las historias. El personaje de Johansson es una superviviente dotada de la habilidad de comprender lo que el mundo espera y dárselo con llanto o sonrisas, según se tercie. El personaje de Channing nos muestra al supersticioso científico atrapado por la culpa del desastre del Apolo 1.
Como ya hemos señalado, el mérito del filme es hacer creíble esta historia y hacer que nos riamos con ella. Tiene buenos diálogos y la ironía viaja al pasado con Nixon, pero también al presente, pues los discursos de Johansson son tan actuales sobre la publicidad que los convierten en adelantados a este tiempo de “fake news” y de realidades “alternativas” que es de lo que va la película, con el amor de toda la vida de fondo.
Fly me to the Moon es también una camuflada reflexión sobre la imagen y nuestra facilidad de manipulación respecto a lo real o a lo que nos venden como tal. Es un segundo plano que no debe ser considerado secundario. Es una reflexión, en última instancia sobre quién hace la historia y quién la escribe.
La película está correctamente dirigida, con buen ritmo, buscando la eficacia de los actores y sacando partido al partido al guión. Nos devuelve a una renacida Scarlett Johansson que había estado demasiado perdida como “Viuda Negra”, demasiado encogida dentro del limitado personaje. Ella es parte importante de todo esto pues es su productora, un camino elegido por muchos actores que buscan buenas historias y personajes.
La banda sonora es estupenda jugando entre la música de época y la caracterización de la narración, contribuyendo al propio ritmo.
Una película divertida con humor inteligente y mucha ironía sobre muchas cosas, pasadas y presentes.
Joaquín Mª Aguirre
Fly me to the Moon (2024)
Director: Greg Berlanti
Guionistas: Keenan Flynn, Bill Kirstein y Rose Gilroy
Intérpretes: Scarlett Johansson, Channing Tatum, Woody Harrelson, Ray Romano, Jim Rash, Anna Garcia, Donald Elise Watson, Noah Robbins, Christian Clemenson...
La
última vez que en Estados Unidos se produjo una película sobre "guerra
civil" se refería a los Vengadores de Marvel. Las demás lo han sido del
enfrentamiento histórico entre el Norte y el Sur, con producciones tipo Lo que
el viento se llevó. El británico Alex Garland —el director que debutó
espectacularmente con Ex-Machina
(2016)— nos trae una película que algunos llamarán distópica en un deseo de mitigar lo que puede llegar a ser
"tópica".
Las
tensiones políticas en los Estados Unidos, la polarización alcanzada han
llevado a periodistas, políticos, ensayistas, escritores, etc. a hablar
abiertamente del riesgo de una "guerra civil", produciéndose este
curioso fenómeno en el que ya no es la ficción la que se adelanta como
"anticipación", como suele ocurrir, sino lo contrario: la realidad se
adelanta a la ficción. El titular en The
New York Times del artículo titulado "'Civil War' and Its Terrifying
Premonition of American Collapse", firmado por Michelle Goldberg y publicado
el 12 de abril pasado no deja muchas dudas cobre cómo han percibido muchos
norteamericanos esta película tras el asalto real al Capitolio y las palabras
recientes de Trump sobre un "baño de sangre".
La
película —con guion y dirección de Garland— contiene los suficientes elementos
como para no dejar indiferente a nadie. El primer problema que plantea es su adscripción
genérica, ¿a qué género pertenece? El género supone generalmente una especie de
barrera protectora. La historia de esta guerra civil está demasiado próxima en
el tiempo como para distanciarnos de ella; no hay armas distintas de las que
podamos tener hoy en día y no hay escenarios tecnológicos diferentes. Es la
América "real", donde no hay puntos de ruptura con el presente o el
pasado. Sucede en un mundo tan nuestro que solo puede existir en paralelo. El
cambio está simplemente en que se ve lo que solamente se dice, esa "guerra
civil" en la que se dice con enorme realismo que disparas a los otros
porque te disparan a ti, que, ante la duda, "vale más un amigo muerto que
un enemigo vivo".
La
película nos traslada a un viaje hacia la Casa Blanca, donde se quiere entrevistar,
antes de que sea demasiado tarde, al presidente de los Estados Unidos. Es el
viaje de un grupo de periodistas y foto periodistas en un recorrido por el que
se van enfrentando a la irracionalidad, a la violencia creciente, hasta llegar
al frente, hasta encontrarse con las tropas que asedian la residencia
presidencial.
El
viaje reúne a cuatro personas, dos periodistas y dos mujeres fotógrafas. El
viaje tiene un sentido iniciático para la más joven (Cailee Spaeny), que desea
ser fotógrafa, mientras que es la llegada a un punto de hastío para la profesional
experimentada, un mito viviente, el personaje encarnado por Kirsten Dunst. Les
acompañan un periodista joven (Walter Moura), ansioso de encontrar la exclusiva
de su vida con la entrevista presidencial, y un viejo periodista (Stephen
Henderson) en sus últimos momentos.
De esta
doble tensión —experiencia vs inexperiencia— surge gran parte de la tensión,
pues cada uno responde según su experiencia vital a lo que supone la guerra, un
brutal y sangriento caos o la
oportunidad profesional de destacar por encima del desastre.
Hay una
frase dicha por el personaje de Kirsten Dunst —"nosotros no juzgamos,
contamos para que otros juzguen"— que viene a ser la frontera interior del
relato. ¿Hasta qué punto se puede pasar por la vida sin juzgar lo que tienes
delante? Esa es la verdad a la que tendrán que enfrentarse conforme crece la
violencia que les rodea, cada vez que se enfrentan a la muerte propia o ajena.
El
refugio estético, la trinchera fotográfica, la barrera de la cámara que
sostienen frente a su cara no es suficiente. En este sentido de la justificación
informativa para estar allí, para ser meros observadores, es uno de los ejes de
la película y que se traslada a los propios espectadores, como destinatarios
finales de esas imágenes que muestran el horror, un horror por el que compiten
a golpe de fotografía. "¡Qué subidón!", gritará el periodista ante lo
que se desarrolla ante su mirada.
La
película es brutal en sus imágenes y profundamente reflexiva en los efectos que
desata en aquellos que no estén contagiados de la misma indiferencia, en esa
búsqueda de "subidones" que hace que muchos necesiten de la violencia
para sentirse vivos.
La
necesidad de arriesgar la vida se nos muestra como un recorrido desde la
indiferencia, un intento de sentirla desde el límite. Mientras esa situación
está controlada, las cámaras observan. Cuando son ellos el objetivo, la
cuestión cambia.
Una
película de estas características necesariamente tiene que traernos el realismo
de lo brutal para sacarnos de la butaca y meternos dentro. A esto contribuye el
propio realismo del sonido, esos disparos que te envuelven, esas explosiones
que sientes en la piel como vibraciones que te incomodan, que te impiden
distanciarte.
La
música se usa como contraste irónico en muchas ocasiones, de la misma forma que los silencios. No te distancian de
lo que ocurre, sino que te hacen comprender ese juego en el que viven los
propios personajes sobre la escena.
La
estructura clásica del viaje lleva de un punto inicial de autoengaño hacia uno
final de revelación. La guerra es constante, está ahí con su brutalidad
irracional, con su desprenderse de cualquier elemento racional y dejar al
descubierto lo que supone de poder de decidir sobre la vida y la muerte de los
otros. Los personajes, en cambio, muestran distinto grado de fascinación,
incluso podríamos hablar de adicción hacia la violencia. En ese sentido, la
película nos muestra esas diferencias de la que los personajes dan cuenta.
Las
interpretaciones reflejan esas transiciones en cada caso. Del desengaño de la fotoperiodista,
desengañada, saturada de violencia, a la atracción fascinada de la que quiere
ser como ella, llegar hasta donde ella llegó sin ver las consecuencias.
Los
cuatro actores principales cumplen perfectamente en esa función. Igualmente,
los episódicos que van encontrando por el camino, especialmente la decisiva
secuencia con el sociópata Jesse Plemons.
La
realización de Garland juega con esa doble dimensión, la descomposición de la
realidad en imágenes fotográficas y el realismo documental en ocasiones con la
cámara en mano para acercarnos a esa violencia que fascina a unos y nos repele
a muchos. "Dame un titular" viene a ser la frase que nos dice ya casi todo, como comprenderán al ver la película.
El
fenómeno cinematográfico va por una parte; por otro el político y social.
"Guerra civil" no es solo una película, es algo más. Y como tal los
debates se extenderán sobre su grado de plausibilidad. ¿Es ese futuro próximo, como algunos auguran?
Garland no muestra causas de la guerra; le basta con mostrarnos la fascinación
de la violencia, la supresión de cualquier regla o responsabilidad para el
ejercicio de la violencia brutal, convertida en elemento de fascinación.
Las
reglas humanizan porque regulan la convivencia. Garland nos muestra un mundo
sin reglas o, si se prefiere, con solo una: quien
tiene el arma manda; tu vida no vale nada. No hay otra lógica y eso ha sido resaltado por alguna crítica. Da igual por lo que peleen.
La
respuesta de la crítica norteamericana —como era de esperar— es variada. Unos
le acusan de efectista, otros incluso de cobarde por no haber ido más allá. Es
normal que esto ocurra en un espacio, como el norteamericano, con las imágenes
del asalto al Capitolio —nunca se exagerará la importancia reveladora de este
hecho— en mente, todavía frescas, casi una especie de precuela de una película inexistente que ahora toma forma.
Algunos querrían una película más "política", con
más indagación en las causas, pero creo que estas no necesitan ser indagadas en
el filme, sino en la realidad, que es donde se genera. Hacer una "distopía"
tan cercana a la realidad no es sencillo.
¿La realidad es la
"guerra"? Puede que no, pero sí que está en la mente de muchos ese
deseo visionario de acabar con un mal
que es lo que los otros representan. Tras eso, todos los demonios en tromba. La guerra civil norteamericana ha sido llevada muchas veces al cine, pero eso era el pasado. Esto es otra cosa. El "me importa un bledo", de Red Butler en Lo que el viento se llevó adquiere aquí un extraño y revelador sentido.
Joaquín
Mª Aguirre
Guerra
civil (2024)
Dirección
y guion: Alex Garland
Intérpretes:
Kirsten Dust, Wagner Moura, Cailee Spaeny, Stephen Henderson, Jesse Plemons,
Jonica T. Gibbs...