Anaconda es la típica película en la que la gente sería nunca
reconoce haberse reído. Yo me he reído y la mayoría de los espectadores en la
sala también. Puede que haya dejado de ser serio o que quizá no lo fui nunca,
solo lo aparentaba.
La
película es una obra que se ríe de sí misma, de sus personajes y del mundo del
cine, tres niveles que cuando se reúnen van añadiendo riesgo uno a uno.
En su primera
mitad, la película funciona como una comedia convencional. En la segunda mitad nos
tienen reservado un ejercicio de comicidad autodestructiva, con varios puntos
en los que se superan las barreras cómicas del gag sin temor alguno. Es aquí,
en estos picos, donde nos reímos con más ganas, dejándonos caer por la rampa
que se nos ofrece. Lo verosímil deja de ser un obstáculo y nos dejamos arrastrar.
Resistirnos no tiene sentido y es mejor salir de la sala.
Podríamos
pensar que es una película hecha al azar, dejándose llevar por los problemas,
tal como se nos propone en la ficción, pero en el cine siempre es engañosa la
apariencia de improvisación, y si Anaconda
funciona es porque está meticulosamente calculada.
La
misma elección de los actores trabaja en el sentido de dar protagonismo a
actores que no son habitualmente protagonistas, lo que les permite sentirse adecuadamente
como divos de pacotilla para mayor disfrute de los espectadores y probablemente de ellos mismos. La verdad es
que están todos ellos perfectamente metidos en sus papeles y cumplen su función
de equilibrio en el grupo, como debe ser en una comedia que se precie.
La
película tiene un trabajado guión bajo su apariencia disparatada y la realización
de Tom Gormican es ajustada para llevar el ritmo adecuado tanto en el humor
verbal como en los gags visuales.
En este
falso reboot de un filme ya existente,
Anaconda (Luis Llosa 1997), sus
referencias a él son constantes y ya nos define a los personajes, deseosos de
alcanzar el éxito en sus fracasadas vidas, algo que pretenden cambiar. En el
cine no solo sueñan los espectadores, sino los que aspiran a producir sus
propios sueños.
Cabe
señalar que la Anaconda de 1997 apenas tiene un 2,9 en FilmAffinity, mientras
que está, el "reboot", sobrepasa el 5 y el 6 en la IMDB. ¡Ironías de la vida!
El
guión está firmado por el propio Gormican y por un guionista que ya ha trabajado
anteriormente con él, Kevin Etten, con experiencia en series televisivas mayoritariamente.
Merece
destacarse la música estupenda de Dave Fleming que acompaña perfectamente las
peripecias y los paisajes del filme. La fotografía de Nigel Bluck también nos
deja secuencias de enorme belleza y calidad, especialmente en un par de las
nocturnas en la jungla.
Anaconda resulta divertida de ver porque es una
película que se mete en todos los berenjenales y los sortea. Las personas serias,
como decimos, le dirán que no se han reído, pero dé por seguro que lo han
hecho. Será pronto un clásico para ver en casa con los amigos un sábado de
lluvia.
Anaconda
(2025)
Director:
Tom Gormican
Guionistas:
Kevin Etten & Tom Gormican
Intérpretes:
Jack Black, Paul Rudd, Steve Zahn, Thandiwe Newton, Daniela Melchior...
Tras la
exitosa serie de TV "Miércoles", con Jenna Ortega, en la que Tim Burton
utilizaba la memoria de La familia Addams
para retomar sus líneas originales, el director regresa ahora a sus propias
fuentes con una segunda entrega de un clásico, Bitelchús (1988).
Cuando
repasas la trayectoria cinematográfica de Burton te encuentras con una líneas
maestras que una veces han funcionado mejor y otras no tanto. Bitelchús fue el primer largometraje de
éxito de Burton, un filme que le permitió dar el salto a un Batman (1989), también con Michael
Keaton, quien repite ahora el personaje protagonista, aunque esta obra es
esencialmente coral.
El
nuevo Bitelchús, Bitelchús (no se
puede decir tres veces su nombre porque aparece, recuerden) es una prolongación
del aquel original con sus personajes en el tiempo. Nos reboot, remake o
cualquier otra variante, sino una recuperación continuada de unos personajes
que asumen las distancias entre el origen y su presente.
Si
Burton siempre destacó por su capacidad para crear ambientes alejados de la
normalidad y hacerlos consistentes, en este nuevo filme es el elemento destacable.
Lo de menos es la historia en sí, lo relevante en el universo que crea para que
esos personajes, viejos y nuevos, habiten. El personaje auténtico es el
espacio, la forma que el universo adopta entre la realidad y el submundo
(también real). Esto nos recupera al Burton visual y desmiembra la película en
las historias sobre la forma de enfrentarse y aceptar o no ese mundo nuevo para
unos y medianamente conocido para otros.
A los
personajes conocidos —Lydia Deetz (Winona Ryder), Delia Deetz (Catherine
O'Hara)— se añaden unos nuevos, como Astrid Deetz, una Jenna Ortega estupenda
en su papel.
Los
papeles de Rory (Justin Theroux) y de Jeremy (Arthur Conti) sirven para crear
subtramas que acaban interfiriendo en el destino de las tres mujeres Deetz, ,
que son el eje principal del filme.
La película
es coral, manteniendo las tres generaciones Deetz en liza e incorporando en
cada nivel-generación su propio motivo dentro de conjunto. El guion mantiene
entrelazadas las historias de cada nivel haciéndolas coincidir finalmente en la
probablemente más excéntrica de la escenas de Burton, en la que el absurdo se
plantea bajo la canción, McArthur Park,
un clásico de Jim Webb, interpretado por el actor Richard Harris, y del que
Burton saca un provecho increíble en todos los sentidos de la palabra.
Se ha
creado un universo especial. con sus propias reglas, que son descubiertas por
los personajes y aceptadas por los espectadores, que han de seguirlas en su
lógica peculiar. El espectador acepta, mientras que el personaje ha de ser
convencido, produciéndose ese curioso efecto inverso pero inteligente. El
personaje puede ser racional; al espectador se le pide que no lo sea, que acepte
la imaginación.
Si el
humor ha sido siempre una variable esencial en el cine de Burton, en este filme
alcanza unos niveles de parodia y auto parodia notables. Los gags van de la
sencillez de una imagen hasta construcciones más complejas.
Sin
embargo, en mi opinión, es en la integración del espacio con la historia donde
el filme resulta más memorable. Es el espacio el que da unidad, ese más allá burocratizado,
el que permite la integración de las historias, de la abuela a la nieta.
Mención
especial a los personajes de Monica Belluci (Delores) —no sé si sus fans
perdonarán a Burton— y de Willem Dafoe (Wolf Jackson), el policía actor o actor
policía, usados por el director como formas de presión en ese universo.
Visualmente,
la película es un Burton clásico y narrativamente un Burton más enloquecido de
lo habitual. La película se ve bien, se sigue con una sonrisa permanente.
Joaquín
Mª Aguirre
Bitelchús
Bitelchús (2024)
Director:
Tim Burton
Guionistas:
Alfred Gough & Miles Millar, Seth Grahame-Smith
Intérpretes:
Michael Keaton, Winona Ryder, Catherine O'Hara,
Jenna
Ortega, Justin Theroux, Willem Dafoe, Monica Bellucci, Arthur Conti...
Una comedia no puede funcionar si no tiene un buen guion y Fly me to the Moon lo tiene. Un buen guion, por supuesto, necesita de unos buenos actores que le den sentido y credibilidad y Fly me to the Moon los tiene, en especial, Scarlett Johansson, sobre la que se construye la película, un personaje cambiante y mentiroso, pero que sabe en todo momento convencer de su sinceridad. A Channing Tatum, le toca, en cambio el personaje de la interioridad impenetrable, el rostro que parece sacado directamente del Monte Rushmore, pero funciona porque así lo requiere su personaje.
Si no sabemos cómo es la cambiante Kelly Jones (S. Johansson) y debemos creernos que en algún momento es “ella”, la presencia de Cole Davis (Ch. Tatum) es una adivinanza sobre cuando saldrá de sí mismo y se permitirá un desahogo. En este sentido, la película cumple con el precepto de la comedia de enfrentar en una guerra incruenta a dos personajes que no son lo que aparentan y aparentan lo que no son.
Entre los demás actores, Woody Harrelson cumpliendo con un papel que le cae como anillo al dedo, la del siniestro agente de Nixon. Hay una magnífica interpretación del personaje más humanizado, la de Ray Romano, que destaca dando vida y espíritu a Henry Smalls, uno de los técnicos de la NASA. También estupenda Anna García, un buen contrapunto para Johansson en muchas escenas.
Crear una comedia con un asunto tratado anteriormente desde diversos ángulos, como es “si realmente se llegó a la Luna” o si “fue todo un montaje” es osado pues corres el riesgo que la anodina historia de “chico conoce chica” quede oscurecida por la magnitud de la cuestión lunar como fondo. Dado que es la cuestión que sirve de fondo, la comedia se convierte en “chica embaucadora conoce chico sincero de la NASA” y lo cierto es que funciona.
El elemento opositor entre los protagonistas es doble: por una lado un malo histórico, “Richard Nixon”, un villano socorrido, cuya presencia se nos muestra en las apariciones y sus retratos repartidos por salas y despachos; por otro, su oscuro representante en la NASA, el personaje de Woody Harrelson, Moe Berkus, encargado de que los rusos no ganen la carrera del espacio en los medios falsificando las imágenes del alunizaje norteamericano.
La película juega con ese doble plano, lo político y lo amoroso, sin separarlo, en un buen trenzado de las historias. El personaje de Johansson es una superviviente dotada de la habilidad de comprender lo que el mundo espera y dárselo con llanto o sonrisas, según se tercie. El personaje de Channing nos muestra al supersticioso científico atrapado por la culpa del desastre del Apolo 1.
Como ya hemos señalado, el mérito del filme es hacer creíble esta historia y hacer que nos riamos con ella. Tiene buenos diálogos y la ironía viaja al pasado con Nixon, pero también al presente, pues los discursos de Johansson son tan actuales sobre la publicidad que los convierten en adelantados a este tiempo de “fake news” y de realidades “alternativas” que es de lo que va la película, con el amor de toda la vida de fondo.
Fly me to the Moon es también una camuflada reflexión sobre la imagen y nuestra facilidad de manipulación respecto a lo real o a lo que nos venden como tal. Es un segundo plano que no debe ser considerado secundario. Es una reflexión, en última instancia sobre quién hace la historia y quién la escribe.
La película está correctamente dirigida, con buen ritmo, buscando la eficacia de los actores y sacando partido al partido al guión. Nos devuelve a una renacida Scarlett Johansson que había estado demasiado perdida como “Viuda Negra”, demasiado encogida dentro del limitado personaje. Ella es parte importante de todo esto pues es su productora, un camino elegido por muchos actores que buscan buenas historias y personajes.
La banda sonora es estupenda jugando entre la música de época y la caracterización de la narración, contribuyendo al propio ritmo.
Una película divertida con humor inteligente y mucha ironía sobre muchas cosas, pasadas y presentes.
Joaquín Mª Aguirre
Fly me to the Moon (2024)
Director: Greg Berlanti
Guionistas: Keenan Flynn, Bill Kirstein y Rose Gilroy
Intérpretes: Scarlett Johansson, Channing Tatum, Woody Harrelson, Ray Romano, Jim Rash, Anna Garcia, Donald Elise Watson, Noah Robbins, Christian Clemenson...
No
merece la pena contar el argumento de Asteroid
City. ¿Para qué? Contar el argumento sirve de algo cuando el argumento, la
historia, sirve para algo. Pero en las películas de Wes Anderson el argumento
sirve para otras cosas, es algo diferente a lo que habitualmente suele ser. No
digo que el argumento de Asteroid City no sirve para nada, sino simplemente que
sirve para otra cosa, que mantiene una relación distinta con el desarrollo de
las imágenes. No es una forma convencional, sino una historia que busca su
propia forma.
Cuando
una película tiene un reparto millonario, una acumulación de actores de primera
línea de tal calibre significa dos cosas: la primera es que los actores desean
trabajar en el proyecto, que sienten admiración por su trabajo y desean formar
parte de él; en segundo lugar, significa también que no es un producto del star system, algo que también nos dice
muchos sobre estas películas de Anderson.
Todo
esto nos deja algunas preguntas, pero sobre todo nos permite disfrutar de una
película en la que la trama va por su lado y los actores pueden dejar de ser
estrellas, incluso, parodiarse ellos mismos.
Anderson
desvía la mirada de la historia —cuanto más absurda, más eficaz— y del fetichismo
del actor —cuantas más estrellas menos fijación en ellas— para concentrarse en
la forma cinematográfica, que es lo que queda cuando quitas historia y actores.
La
forma de hacerlo es la autoconsciencia de la narración. Nos sitúa dentro de una
historia contada —¡estupendo Bryan Cranston en su actuación imitación del presentador televisivo Ed
Sullivan, una vieja gloria de la época heroica del medio!— que nos hace
conscientes de la fabricación de la historia, una obra teatral llamada "Asteroid
City". Cranston es simplemente "the host", no un personaje, sino
una función, alguien que nos separa
de un mundo "real" en blanco y negro, para presentarnos un mundo
ficticio en color. "El presentador" es lo que marca ese mundo
intermedio entre la ficción y los espectadores, a los que se dirige para
"explicar" lo que vamos a ver. Y lo que vamos a ver es un mundo
dividido en "actos" y "escenas", del que conocemos los
"seres reales", empezando por el "autor" de la obra y a los
"actores", que preparan sus intervenciones en lo que serán
"su" visión en ese mundo. Solo que, a diferencia de lo que ocurre en
otros filmes que utilizan ese doble plano, los actores pueden ser ligeramente
distintos a los personajes que representan. Un actor representa a un actor que
representa a un actor que representa. La película se nos presenta como un juego
de muñecas rusas, unas dentro de otras, unas "matrioshkas".
Anderson
nos escamotea lo que es habitual en un filme, la creación de una realidad
ficticia para darnos una ficción dentro de una ficción dejando al descubierto
toda la artificialidad del proceso creativo para hacernos olvidar algo: que
estamos ante una construcción, pieza a pieza, gesto a gesto, plano a plano.
En este
sentido Asteroid City acumula
"distanciamientos" en cada uno de sus planos, en cada una de sus
secuencias, en el conjunto armado con todo ello. Un filme es una construcción,
una pieza elaborada a golpe de imágenes artificiales, que no nos deja olvidar
que no es real. Allí donde otros buscan la ilusión, Wes Anderson busca otra
cosa: hacernos conscientes de ella. Para ello nada mejor que un argumento
delirante y absurdo y retorcer el concepto de plano, la idea de composición.
La
película hay que verla plano a plano porque así lo requiere, ver cómo cada
escena está construida específicamente rompiendo las reglas de la composición y
creando las propias en cada caso. Las conversaciones desde sus ventanas entre
Midge Campbell (Scarlett Johansson) y Augie Steenbeck (Jason Schwartzman)
obligan a una forma de componer diferente. Lo que vemos en las ventanas en los
travelling laterales que recorren las fachadas nos permite cambiar los planos
en el mismo movimiento. La cámara, en estos casos, busca a los personajes en
sus espacios hasta hacerlos visibles. Se desplaza en giros que dan cuenta de ese espacio cerrado por el que se mueven. Están allí y los tránsitos son como paradas en cada uno de ellos, tras lo cual sigue buscando hasta encontrar a los siguientes.
Cada
personaje tiene construida su propia historia, absurda la mayoría de los casos,
que requiere su propio tratamiento, como en el caso de la historia del fotógrafo y las tres
niñas y el hermano, a los que se añadirá el abuelo (Tom Hanks). El
personaje del general Grif Gibson (Jeffrey Wright) es un ejemplo claro de cómo
cada personaje lleva asociado su propio tratamiento visual y escenificación
dentro de ese mundo cerrado (en cuarentena) que es Asteroid City. Ese mundo
solo es atravesado por persecuciones de criminales que pasan y se alejan o
perturbado momentáneamente por explosiones nucleares. Asteroid City es solo un
punto en el mapa imaginario en el que se han encontrado una serie de personajes
salidos de la mente de un autor problemático.
Interpretaciones
dislocadas, montaje distanciante y un color significativo que busca la
artificialidad de los decorados, ya de por sí artificiales, crean este mundo
extraño que se nos va haciendo familiar conforme nos adentramos en las
historias locales (el asteroide) y las conmemoraciones, con una extraña
conjunción de actores desdoblados, niños prodigio que deben recibir un premio,
un fotógrafo y su familia (sin la madre fallecida), una actriz en busca de sí
misma y hasta una banda de música country que pondrá música y baile a una
canción compuesta para los extraterrestres.
No es
una película realista, sino una
construcción de niveles, del autor teatral a los actores participantes, con ese
presentador intermedio. Las historias fluyen por los dos niveles, en el de los
intérpretes y en el de lo interpretado. La racionalidad se pone al servicio del
puro disparate en ambos niveles. No estamos viendo el mundo, sino una "película" dentro de una película, con sus propios créditos, con su propio color, otra forma de establecer capas.
No es
el tipo de cine que le gusta a todo el mundo. Es un ejercicio precisamente de
desmontaje de la ilusión cinematográfica edificando una forma casi brechtiana
de hacer cine. Como en películas anteriores de Anderson, la historia del cine
sirve para no repetirla, como fuente de motivos y formas que se han de eludir
jugando con ellas. Como se nos dice en el filme, "lo importante es seguir
contando"; da igual dónde nos lleve.
Ayer,
día de su estreno, yo estaba solo en el cine. Fue algo entre Wes Anderson y yo.
Joaquín
Mª Aguirre
Asteroid
City (Wes Anderson 2023)
Guión: Wes
Anderson, Roman Coppola
Intérpretes:
Jason Schwartzman, Scarlett Johansson, Tom Hanks, Jeffrey Wright, Tilda
Swinton, Bryan Cranston, Edward Norton, Adrien Brody, Liev Schreiber, Hope
Davis, Steve Park, Rupert Friend, Maya Hawke, Steve Carell, Matt Dillon, Hong
Chau, Willem Dafoe, Margot Robbie, Tony Revolori, Jake Ryan, Jeff Goldblum,
Grace Edwards, Aristou Meehan, Sophia Lillis, Ethan Josh Lee...
En una
cartelera bastante rutinaria y llena de efectos especiales, nos llega una
película de las de antes de la croma, "Mira cómo corre", dirigida por
el televisivo Tom George, un especialista premiado en los BAFTA por la serie
británica "This Country". La referencia es importante porque la
película es un ingenioso y divertido espectáculo con un fondo histórico. Se
sitúa en 1953, en plena celebración de las 100 primeras representaciones de
"La ratonera", la célebre obra de teatro de Agatha Christie, que batió
todos los récords de permanencia en cartel habidos y por haber.
La
película cuenta con un sólido y divertido guion de Mark Chappell, otro escritor,
productos y actor ocasional de televisión. Si a esto le añadimos una buena
interpretación del elenco, con dos buenos actores, como Saoirse Ronan y Sam
Rockwell, en la pareja de policías, el maduro y la novata, en bordando sus
papeles, dándoles el tono que la película requiere, "Mira cómo
corren" se convierte en hora y media de comedia inteligente.
Hay
tanta chabacanería en las comedias que se agradece de vez en cuando una
película como esta, que parece sacada de ese 1953 en el que se supone que
ocurre en la pantalla.
Esto no
es trivial porque la película juega con los planos de la realidad y del teatro,
el ambiente en el que se mueve. Hay una conciencia específica de encontrarnos
ante una representación, lo que hace que nos encontremos ante un filme que
juega con su propia condición.
Los
sucesos, los personajes, el mismo escenario teatral en que ocurren los
acontecimientos son ficciones y realidad, un mundo doble al que se le añade el
del mismo espectador, con el que se juega estableciendo un diálogo que supone
su conocimiento de muchas de las cosas que acontecen y, sobre todo, del destino
de los propios personajes, incluida una aparición de la propia Agatha Christie.
La
comedia juega con todos esos planos, el de la propia "La ratonera" y
su modelo de misterio teatral, con los acontecimientos que ocurren a su
alrededor y, por supuesto, con el espectador que está en su butaca contemplando
lo que ocurre, tal como lo estaban los espectadores de 1953 en el teatro londinense
en el que se estreno. A esto contribuye una realización que nos divide las
pantallas ofreciéndonos una técnica de contrapunto de las imágenes para
mostrarnos los mundos divergentes con los que se juega.
Sam
Rockwell y Saoirse Ronan están estupendos en su cara a cara cómico, una pareja
de policías británicos que se ven lanzados a ese acontecimiento, el crimen en
la escena del crimen, valga el juego de palabras que se deriva del origen
teatral del crimen mismo.
Tiene
un papel destacado Adrien Brody en su papel de director de cine norteamericano,
contratado para hacer una insólita versión cinematográfica de "La
ratonera", que debe realizarse cuando se terminen las representaciones
londinenses, algo que ellos piensan cercano y nosotros sabemos que no será así.
La versión incluirá como final la canción "I saw the light", a cargo
del cantante country Hank Williams,
uno de los chistes que salpican la obra.
El
guion es un juego constante que nos hace mantener la sonrisa a lo largo de toda
la proyección. El humor se centra en ese tono que hemos señalado, en la
relación entre las líneas del tiempo y frases bien construidas para mostrarnos
ese mundillo del espectáculo desde la sátira.
Una
comedia de otro tiempo para este tiempo, que falta nos hace recuperar el humor
inteligente, las bromas sobre el cine mismo y su mundillo. Una película para
divertirse y salir de buen humor del cine.
Joaquín Mª Aguirre
Mira cómo corren (2022)
Director: Tom George
Guion: Marke Chappell
Intérpretes: Saoirse Ronan, Sam Rockwell, Adrien Brody, Ruth Wilson, Pearl Chanda, John Woolf, Harris Dickinson, David Oyelowo, Ania Marson, Jacob Fortune-Lloyd, Sian Clifford, Charlie Cooper...
Si hay
un cine que podemos identificar con un solo plano es el de Wes Anderson. Las
películas de Anderson se construyen plano a plano y nosotros, espectadores,
vamos a través de esta sutil arquitectura en la que se juega con nuestra visión
y comprensión, en la que se alternan los modos narrativos y plásticos, los
formatos o el color. Con La Crónica Francesa
Anderson ha construido su pirámide de Keops, su obelisco, su especial monumento
a una forma personalísima de entender el cine.
Vaya
por delante: he disfrutado de cada uno de los momentos de esta película sutil y
disparatada, de comicidad peculiar, en la que todo está compuesto al milímetro
dejando al descubierto el cine sin secretos de Anderson.
El
punto de partida es la translación a la pantalla de un número de la revista
norteamericana, La Crónica Francesa,
antes llamada Picnic, y un suplemento
de un periódico de Kansas, en los Estados Unidos. La Crónica Francesa es una
publicación que se ocupa de llevar Francia a esos norteamericanos que no
llegarán a pisarla nunca o, si prefiere, que soñarán con esa Francia que les
cuentan sus reporteros. La película nos ofrece tres amplios reportajes más las
piezas inicial y final que componen ese número de la revista.
Las
tres historias "francesas" que se cuentan son, pues, tres reportajes
distintos, tres historias a cargo de diferentes reporteros que, desde Francia,
han intentado comunicar a sus lectores los hechos y el espíritu de una Francia
que es a los ojos de sus espectadores (nosotros) cada vez más delirante,
mientras que es para sus lectores un testimonio de esa "Francia real"
que les hacen llegar. Las reglas del juego están claras: será la personalidad
de cada reportero la que perciba primero y narre después esa Francia peculiar.
Los
tres episodios o reportajes son: el arte de un criminal encerrado en la cárcel
al que los promotores de arte quieren controlar; una revolución política
juvenil, especie de "mayo del 68", que se resuelve a través de
partidas de ajedrez con la participación de la "vieja periodista"; y,
finalmente una disparatada historia en la que se entremezcla la gastronomía con
el crimen, en una llamada "cocina policial". Cada vez que pasas a la
siguiente tienes dudas de saber con cuál quedarte. Cada una tiene entidad
suficiente y marca, con claridad, de página de inicio a final, su reportaje en
La Crónica Francesa.
A Wes
Anderson les está empezando a pasar lo que ocurrió durante una época con W.
Allen, que todos quieren estar en sus películas, lo que suele ser un indicador
importante de reconocimiento. No creo que exista presupuesto capaz de pagar
tanto talento interpretativo como hay en la película de Anderson. La lista de
actores y actrices es interminable, primeras figuras que hacen pequeños
papeles, me imagino que casi por el placer de estar allí, entusiasmados por el
cine original de Anderson. Cuando los intérpretes llegan a ciertos niveles, el
aliciente suele ser es orgullo de formar parte de un proyecto distintos, de una
película que les aporte originalidad en un mundo rutinario, casi mecánico en el
que se mueve la mayoría del cine.
En el
primer "artículo" tenemos como los tres actores principales a Benicio
del Toro, Adrien Brody, Tilda Swinton y a Léa Seydoux, recién salida del último
Bond; en el segundo reportaje tenemos a Thimotheé Chalamet, Frances McDormand y
a la argelina Lyna Khoudri; en el reportaje final, mucho más repartido, tenemos
Jeffrey Wright, a Mathieu Almalric, Stephen Park, Christoph Waltz, Liv
Schreiber, Edward Norton, Saoirse Ronan, Willem Dafoe... entre otros. Los integrantes
de La Crónica Francesa no quedan atrás, desde su director Bill Murray a Owen
Wilson pasando por Elisabeth Moss. Otros muchos actores como Anjelica Huston,
Jason Schwartzman, Henry Winkler, Tony Revolory, Bob Balaban... y decenas más
en un reparto que incluye a una gran cantidad de actores franceses.
El
centro del filme de Anderson, su motor, está compuesto por el estereotipo de lo
"francés" entremezclado alrededor de los tópicos del
"arte", la "revolución juvenil" y la "cocina".
Sobre estos tres ejes franceses, Anderson va sumando elementos hasta llegar al
absurdo en cada una de las historias.
El
guión está acorde con la historia; las palabras, los diálogos son "pseudo
franceses" hasta la médula. La historia en su conjunto está bien creada
partiendo de sus propios genes, los creados por Anderson y sus compañeros guionistas.
Cada historia-reportaje reúne "lo francés", la peculiar forma de
contarlo desde la personalidad de cada uno de sus redactores y esos
destinatarios finales, los lectores distantes perdidos en el centro de los
Estados Unidos, para los que se escribe y corrigen los textos en la redacción,
bajo ese cartel que indica "Aquí no se llora", lema del director.
Hay
ingenio en cada diálogo, es "francesidad" incorporada a los
personajes para hacer encajar el conjunto. Esta "forma gala" se
extiende en todos los niveles, tanto en los visuales como en los narrativos. Es
decir, por ejemplo, la pareja de gendarmes en bicicleta que cruzan por la
pantalla es una forma de marcar "lo francés" de forma icónica. Los
ejemplos se multiplican en un espacio que, lógicamente, se tuvo que trasladar a
Francia —la ciudad de Angoulême— para poder superponerse a sí mismo.
La obra
se "narra" desde diferentes medios, de la obra de teatro sobre un
escenario a los cómics o el cine animado, de la conferencia ante un auditorio a
la entrevista televisiva, junto, por supuesto, con las propias páginas que
componen La Crónica Francesa, que nos pueden llegar también de forma oral, como
en el caso del reportero cuya memoria le permite repetir, palabra por palabra,
todo lo que ha escrito.
Los
formatos de pantalla cambian a lo largo del filme, de la misma forma que se
pasa del blanco y negro al color y de este al blanco y negro de nuevo. Los
personajes quedan congelados en pantalla mientras que algunos continúan con la
libertad de moverse. Pasamos de fotogramas estáticos a otros terriblemente
dinámicos. La película es un repertorio de lenguajes posibles, de encuadres, de
movimientos y de planificación. La película hace literal las palabras, las
convierte en imágenes; las imágenes son naturales y a la vez tópicas, mostrando
la Francia que esperamos ver, la que
hemos construido en nuestra imaginación a través de todo tipo de discursos
recibidos. Por eso podemos recordar a través de ellas cuadros (como el baño de Thimotée Chalamet) o canciones.
A Wes Anderson no le preocupa la "realidad", sino lo que
se construye en la cultura a partir de ella, sus distorsiones y acentos y cómo esto es lo que imaginan sus lectores espectadores. Es un ejercicio de indagación, a través del humor, en los mecanismos mediante los que construimos esa "Francia" lejana, construida a golpe de recuerdo.
El cine
de Wes Anderson ha logrado unir todo esto en una película de humor sutil, de
ironía constante, ritmo imparable. Simplemente cine.
Joaquín Mª Aguirre
La Crónica Francesa (The French
Dispatch 2021)
Director:
Wes Anderson
Guionistas:
Wes Anderson; historia por Roman Coppola, Hugo Guinness, Jason Schwartzman
Nacionalidad: USA
Intérpretes:Benicio del Toro, Adrien Brody, Tilda Swinton, Léa Seydoux, Thimotheé
Chalamet, Frances McDormand, Lyna Khoudri, Jeffrey Wright, Mathieu Almalric,
Steve Park, Christoph Waltz, Liv Schreiber, Edward Norton, Saoirse Ronan, Willem
Dafoe, Bill Murray, Owen Wilson, Elisabeth Moss, Anjelica Huston, Jason
Schwartzman, Henry Winkler, Tony Revolory, Bob Balaban...
Los dos
principales méritos de El cover, el filme escrito y dirigido por Secun de la
Rosa, son —a mi entender— no haberse dejado arrastrar por una historia a la americana, los jóvenes que van a Los
Angeles para ser artistas y que acaban de camareros, sirviendo mesas. El truco
de Secun de la Rosa es coger la historia tradicional y darle la vuelta,
convertirla en la del joven que no quiere ser estrella cuando tiene condiciones
para serlo.
Pero
esta historia se nos disuelve rápidamente en algo mucho más interesante, esas
dos características que señalábamos al principio. La primera de ella es el
tratamiento del espacio. Sabedor que sería ridículo comparar Los Angeles con
Benidorm, de la Rosa toma una decisión inteligente: convierte a Benidorm en una
abstracción, en una especie de entelequia de luces y figuras geométricas, un
espacio simbólico, arquetípico. De hecho, lo sorprendente es la estilización
que logra de una ciudad monstruosa, una excrecencia ladrillar. El Benidorm de
Secun de la Rosa es una brillante construcción mítica, lejos de cualquier
reconstrucción turística, como estamos viendo en tantas películas españolas (y
algunas extranjeras) en las que se buscan subvenciones a base de reproducir
monumentos, lugares pintorescos y edificios representativos. Benidorm es el
borde exterior de la trama, un tercer anillo envolvente, el límite espacial. Obviar
una ciudad que te rodea convirtiéndola en un escenario simbólico es un
ejercicio que de la Rosa ha sabido resolver.
Como es
el director y el guionista, el acierto hay que atribuírselo directamente a él,
con la inestimable ayuda de los encargados de cámara y fotografía Amando
Crespo, Santiago Racaj y Johnny Yebra, un aspecto importante de la película. La
fotografía sirve para aislar a los personajes en determinados momentos,
a través de las lentes adecuadas, convirtiendo el entorno en ese espacio evanescente,
que es Benidorm, fragmentado en tres o cuatro microespacios diferentes, del bar
en el que trabaja Dani (Álex Monner) al bar donde actúan El Spanglish, la
playa, la residencia del abuelo y esas calles por las que se circula como si
fueran recorridos imaginarios, solo marcados por las luces de fondo.
El trasfondo
de la película es una pregunta: qué significa ser "auténtico" en un
mundo en el que nadie lo es, que —traducido por los propios personajes en la
película— se expresa en un "¿por qué querer ser un desgraciado cuando se
puede ser feliz?". La felicidad la alcanza cada uno como puede o, para ser
más preciso, se la hace cada uno con su propio personaje. La reflexión sobre
qué es ser uno mismo da ciertos toques existenciales a la película, pero el
consejo es muy "mediterráneo": se feliz con lo que tienes y no te
preocupes tanto por los demás y lo que puedan opinar de ti.
Esto
nos lleva al segundo gran acierto de la película de Secun de la Rosa: los
personajes. Alrededor del personaje central, Dani, comienzan a aparecer tres
generaciones muy distintas: su abuelo (bien interpretado por Juan Diego), la
gente de la generación de sus padres, los que han sobrevivido (representados
por Carmen Machi y Susi Sánchez, también estupendas) y después todo un
repertorio de personajes que viven una extraña vida, entre la realidad y la
fantasía, imitando a cantantes, como es el caso "Adele/Sandra"
(Marina salas) o "Amy" (Carolina Yuste), dos actrices que saben dar
cuerpo y alma a sus personajes. No es fácil, pues la película nos va
descubriendo las debilidades de los que prefieren vivir escondidos tras los
personajes que imitan antes que mostrarse ante los demás. Esto se nos muestra
especialmente a través del personaje de Carolina Yuste, una gran
interpretación, como una Amy Winehouse, un personaje real torturado que le
sirve para realizar su propio sueño vital.
Hay una
lectura de la película y es precisamente el grado de agresividad que se vive en
las distintas generaciones. El retrato que se hace de la generación actual, la
de los protagonistas, creo que está dotado de mucha más profundidad de lo que
es habitual. En este sentido, la historia de fondo, la que lleva a vivir dentro
de los personajes que eligen para vivir a través de ellos acaba componiendo un mosaico
que es el verdadero retrato de la película, su fondo sobre esa diluida ciudad
que les rodea.
Uno de
los elementos más flojos en muchas películas españolas es el guión. No es así
en este caso; hay historia. Y si los actores acompañan, como es el caso, la
película se desliza ante nosotros con una naturalidad que no siempre está
presente en nuestro cine.
Lander
Otaeola sabe dar el tono a su personaje del amigo de Dani. El resto —y la
película tiene muchos alrededor del personaje central, interpretado por Alex
Monner cumple con creces tanto individualmente como en su coralidad. Hay que señalar que en la película la música (como acción y metáfora) es el fondo que sirve para
empastar todos los elementos, de la historia a los personajes. Es el aliño que
hace que todo cuadre, dando consistencia a los espacios y a los personajes. Magnífica
la larga secuencia en El Spanglish, el local donde se dan las interpretaciones,
en las que cada grupo se nos muestra a través de una canción, mostrando una
amalgama que, sin embargo, funciona. Es una magnífica secuencia que permite
unir todos los elementos, una secuencia de gran complejidad técnica e
interpretativa que se resuelve a la perfección por parte de todos.
Los
personajes más pequeños tienen su drama, su sentido dentro de la película, adquiriendo consistencia en ese mundo
fantástico en el que viven, un lugar falso en el que crearse un personaje para
subirse a un escenario y cantar cada noche a turistas que nada les importa.
Pero lo importante, como se señaló, es cómo vives tú tu propia vida.
El cover es sobre todo es un retrato generacional, una película que viene bien en estos momentos de confusión, que es lo que se refleja en la película, de miedo a ser uno mismo. Elegir un rostro, una voz, un estilo, para avanzar por una vida dura, sin concesiones. Pero vivir. ¡Cómo no se pueden enamorar dos personas a las que les gusta Bambino! El destino es el destino.
Le
deseamos a El Cover un buen recorrido este verano. En el cine, en la
primera sesión, estábamos dos personas. Espero que estas líneas animen a algunos a pasar
una tarde de verano en una fresca sala de cine escuchando su música y viendo ese paisaje de luces. Merece la pena dedicarle un rato a algo que se hace con esfuerzo e ilusión.
Joaquín
Mª Aguirre
El
cover (2021)
Director
y guionista: Secun de la Rosa
País: España
Intérpretes:
Álex Monner, Marina Calas, Carolina Yuste, María Hervás, Susi Sánchez, Carmen Machi,
Juan Diego, María Hervás, Lander Otaola, Lidia Mínguez...
Un
efecto colateral del parón de producción, por un lado, y de la falta de
voluntad de riesgo para estrenar las películas que podrían ser taquillazos, por
otro, es la llegada a nuestras salas de películas que difícilmente se
estrenarían por falta de espacio en nuestros cines.
Esto
nos está permitiendo descubrir películas, actores y actrices y directores que
no había saltado a las pantallas españolas. Este es el caso de la película
francesa "Mi niña" (Mon Bébé) estrenada en Francia en 2019, escrita y
dirigida por Lisa Azuelos, que nos llega ahora.
Lo
bueno de ir al cine sin demasiada información es que te llevas sorpresas, como
en este caso, agradables. Las comedias europeas tienen una enorme diversidad.
Todos sufrimos prácticamente por lo mismo, pero en cuanto al humor nos reímos
por cosas muy diferentes, quizá porque mientras el sufrimiento es universal y
abarca a todas las especies, reírnos solo lo hacemos los humanos. Poco tienen
que ver las comedias italianas con las francesas o las españolas, nada con las
alemanas o las búlgaras, por poner un caso. El humor británico es
característico.
"Mi
niña" es una comedia francesa poco francesa precisamente por humana. No
trata de hacer humor, que nos riamos, sino que comprendamos la tragicomedia
universal de una mujer de mediana edad, que lo ha dado todo —sola— por sus tres
hijos cuando la última que le queda en casa decide solicitar el ingreso en una
universidad canadiense.
La
película, escrita por la directora, es profundamente humana y, bajo su capa
divertida, reveladora del estado real en que se encuentra una madre que ve cómo
su padre vive liberado, sus hijos se liberan, y ella queda en medio, intentando
vivir una vida imposible por su sentido maternal de la responsabilidad.
La
película nos revela el miedo a la muerte de los mayores, el miedo a crecer de
los menores y el miedo intermedio a quedarse sola, que el que refleja la
película en el estupendo personaje,de
Héloïse, la madre, interpretado de forma magistral por la actriz Sandrine
Kiberlain.
Uno de
los aciertos de la película es su estructura de saltos entre la infancia de los
hijos, dos chicas y un chico y el momento actual, en el que preparan el examen
para poder ir a la universidad y esperan que sea aceptada en Canadá.
Salida
de un divorcio con un padre irresponsable y traicionero, incumplidor, Héloïse
ha intentado tener algo parecido a una vida propia, algo imposible. A
diferencia de sus amigas divorciadas, ella vive sus responsabilidades y ha
supeditado todo a la familia, convirtiendo a los mayores en vigilantes de los menores,
algo que le acabarán reprochando en una cadena descendente. Los intentos
pasados de tener cierta vida propia contrastan con un presente desesperado en
el que se va a tener que enfrentar a la soledad o, como han hecho los demás, a
las posibilidades que la propia vida les ofrece.
Sandrine
Kiberlein dota de encanto trágico al personaje. A ello contribuye uno de los
grandes aciertos del filme, el guión de la propia Lisa Azuelos. Los diálogos
son ágiles y muy fluidos, dejándonos ver a los personajes con una enorme
naturalidad (algo que el doblaje mantiene), remarcando el carácter teatral de
la personalidad de Héloïse.
Los
personajes de la película se agrupan en círculos concéntricos alrededor del
personaje de Héloïse, que ocupa el centro, aunque en ocasiones se desvíe para
mostrarnos la forma diferente en que los otros personajes ven la vida. Los
hijos, divididos entre los dos mayores y la menor, "mi niña", el
último lazo con su rol de madre, según su percepción.Las amigas, los compañeros del trabajo, los
amantes ocasionales, etc. son formas de contrastar al personaje, de mostrarlo
en otras situaciones y su regreso continuado al hogar del que, en el fondo, le
da miedo salir. Su vida ha estado dedicada a sus hijos y lo que viene ahora es
nuevo para ella, vivir su vida, para lo que tendrá que definirse.
La
película tiene un excelente ritmo, con esa estructura doble pasado-presente,
que nos muestra la evolución del personaje. Ese ritmo viene dado, como
señalamos, por la solidez del guión y la consistencia del personaje. En
ocasiones, como el final de la secuencia de la celebración del cumpleaños, es
la cámara la que nos muestra cómo se ha franqueado una barrera, cómo se ha
producido un cambio.
Excelente
el trabajo de la joven actriz Thaïs Alessandrin dando la réplica a Sandrine
Kiberlain, mostrando la complejidad de las relaciones entre madre e hija,
tratando de hacerla comprender que crecer no es dejar de querer. Es ese arco
que se abre desde la divertida primera secuencia de la visita al colegio y la
salida para Canadá que significa la película.
En los
créditos, en el apartado de guionista, está reflejada Thaïs Alessandrin, lo que
entiendo que significa que una gran parte del diálogo entre ambas ha surgido de
la improvisación de y de complicidad. Eso se nota perfectamente en la película
como espontaneidad y la visible comodidad que sus papeles les ofrecen.
La
historia no puede dejar de ser generacional, de reflejar un cambio respecto a
la generación anterior y la posterior. Como muestran la visita al padre antes
del ingreso en el hospital o la llegada a casa del novio de su hija. Ella está
en un mundo intermedio, atada a su papel y con miedo a abandonarlo.
Una
película francesa que es algo más, pues el mundo que nos refleja está hoy mucho
más allá de sus fronteras.
JMª
Aguirre
Mi niña
(Mon bébé 2019)
Directora:
Lisa Azuelos
Guionista:
Lisa Azuelos, con Thierry Teston y Thais Alessandrin (colaboración)