A veces
el cine tiene que demostrarnos que ver no significa comprender, que las cosas
son vistas desde ángulos distintos, que el "ver para creer" es algo
ilusorio. La película del gran director japonés Hirokazu Kore-eda no solo es
una lección de cine, sino una lección de vida.
La
historia que Kore-eda nos cuenta es una subversión del mirar y, por ello, de la
neutralidad objetiva de la mirada. Todo ocurre a la vez y solo el relato (en
cualquiera de sus versiones, como novela, cuento, película...) nos hace creer
en la linealidad. Lo expresaba Aldous Huxley en los primeros párrafos de El
genio y la diosa: solo lo escrito tiene sentido; la vida no. Comprendemos películas
y novelas, pero apenas podemos comprender lo que ocurre ante nuestros ojos, que
no es sino el resultado de miles y miles de líneas que se cruzan en ese punto.
La
película de Hirokazu Kore-eda es un recordatorio de que el papel del
espectador, agracias a un artificio constructivo, es el de fingir que la vida
tiene sentido y olvidar por unos instantes la ficción de la ficción.
Monstruo
es un ejercicio estilístico que nos muestra esa realidad del sin sentido hasta que parece tenerlo. Pero quizás
nuevos giros nos hagan cambiar de opinión. Una mirada en un instante, el
descubrimiento de una zancadilla, por ejemplo, puede hacernos cambiar el
sentido de lo que vemos, puede revelarnos algo y hacer trizas lo anterior. Quizá
esa sea la sana perversión del arte, revelar y ocultar, hacernos olvidar lo que
siempre ha temido el ser humano, el no comprender, el sentir que nos rodeas lo
incomprensible a lo que creemos dar sentido.
La compleja
historia que nos cuenta esta película, ganadora en Cannes del premio al mejor
guion, obra de Yuji Sakamoto, nos lleva de niños a adultos, de familia a las instituciones
educativas. Nos maneja a lo largo del filme para que vayamos modificando
nuestras creencias, basadas en las apariencias, algo que pasa a ser
consustancial en lo que se busca.
Las
interpretaciones son capaces de establecer las máscaras sociales, la forma en
que nos manifestamos y construimos unas identidades ajustadas a lo que
necesitamos. La idea de máscara, necesaria ante la presión social, afecta a
unos y otros, en todas las edades, quedando pocos espacios y momentos en los
que se puede ser uno mismo.
Las interpretaciones
de los niños protagonistas son lo suficientemente auténticas como para poder
apreciar esa falsedad de lo que se vive, siempre con temor a los otros. Los adultos
representan también esa mascarada, ese jugo del aparentar para poder mantenerse
dentro de las instituciones.
La
película, como hablan los niños refiriéndose a sus propios juegos, realiza un
renacer continuo, un ejercicio de retroceso hacia una verdad que nos elude.
Para ello la forma de estructurar la historia es esencial.
La
película de Hirokazu Kore-eda nos muestra un buen momento del cine japonés, que
se adentra en historias tras esas apariencias. Cuando Roland Barthes llegó a
Japón dijo encontrarse en "El paraíso de los signos", título que dio
al resultado libresco de su visita. Todo era signo, es decir, apariencia; todo
debía "leerse", interpretarse. Eso se nos pide hoy, que regresemos
más que al paraíso, al infierno de los signos.
Denis Villeneuve
cumple con las expectativas creadas con Dune
(2021) en la continuación que se nos ofrece. La película es un deleite como
espectáculo cinematográfico, una fusión entre un gran guion y una escenografía
que manifiesta como forma cambiante y colores cálidos, una conjunción de
abstracción y formalismo. El escenario, el planeta, es escenario y protagonista
del filme.
El
secreto de la fascinación que ejerce este Dune
es precisamente lo que tiene de profundización en el poder y sus mecanismos
perversos. De nuevo afloran los centros de poder y ambición, los manifiestos y
los que se esconden en la sombra. Dune
no solo habla del "poder" sino de quienes creen tenerlo; nos habla de
las conspiraciones y de lo que tiene de credulidad y de ilusorio. El poder está
al margen de lo real, una mezcla de lo que se desea y de lo que permanece
oculto.
Villeneuve
ha logrado convertir la realidad de las ambiciones en apariencias, pues todo lo
que la película nos muestra es precisamente la vanidad ante un destino que solo
algunos atisban a entrever en la maraña de sucesos. Dune nos muestra las distancias entre los que creen en lo
inevitable y los que saben que es una fantasía manipuladora.
Esta
vez vemos a un cada vez más convincente Thimothée Chalamet en su papel de Paul
Atreides temiendo un destino que se la manifiesta en visiones y que no quiere
aceptar. Sin embargo, es difícil resistirse a los que creen ciegamente en su
destino.
La
complejidad del argumento parte de su propia indagación en el ser humano,
porque Dune no es una película de Ciencia-Ficción, algo que es puramente
accesorio. Es una indagación sobre los hilos de las ambiciones que crean la
Historia, es una cala en el ser humano tras los imperios.
Villeneuve
crea una combinación perfecta entre el lirismo y la epopeya, entre el destino
que nos atrapa y el deseo que nos ofrece las posibilidades de una ilusoria
felicidad. El director pasa del primerísimo plano emocional—unos ojos, parte de
un rostro— a los grandes planos que nos ofrecen las fuerzas desatadas del
imperio.
No hay
plano malo o sobrante en Dune 2. Todo
está perfectamente encajado en una trama milimétrica que salta de un escenario
a otro. Seguimos el ritmo de lo que se nos ofrece como si cabalgáramos esos
gusanos gigantescos que se nos ofrecen entre las arenas del desierto.
A ello
contribuye la película como una totalidad, algo que no siempre se logra. Dune 2
se ve y se vive. Sus dos horas y media de metraje nos dejan deseosos de más de
saber cómo avanzan hacia lo catastrófico las distintas fuerzas que tratan de
hacerse con el espacio y el poder dentro del gigantesco tablero del imperio.
Los
actores, magníficos. Thimothée Chalamet mostrando esos movimientos internos de su peronaje; fenomenal Zendaya en su contención de la emoción y la atracción, la fe. Rebecca
Ferguson, como también hace Charlotte Rampling, mostrando ese poder oscuro tras
el velo. La incorporación de nuevos personajes nos trae a Christopher Walken, a
Florence Pugh, a Léa Seydoux... que tendrán su recorrido en la próxima entrega.
En su
momento, habrá que ver las partes de la saga de Dune en su continuidad. Habrá
que comprobar la "emoción" y el "conocimiento" que van
acumulando en cada entrega para comprobar su cohesión final. Hasta el momento, las dos partes dejan satisfechos a los espectadores.
Villeneuve ha ampliado el género de la Ciencia-Ficción. Lo ha hecho en el fondo y en la forma, dejando que los géneros fluyan libremente por la película dándole forma adecuada en cada momento para ajustarla a la trama y a los actores. El escenario ese desierto asombrosamente cambiante en su monotonía. De los espacios abierto sin fin pasamos a los estrechos barrancos, a las cuevas donde se adquiere una dimensión distinta.
Dune 2 es un espectáculo por ella misma, más de dos
horas y media de buen cine. Es una indagación sobre la intriga de unos y la fe
fundamentalista de otros, sobre cómo los que quedan en medio pueden tratar sus
propias emociones o dejarse arrastrar por algo que no desean, pero a lo que son
empujados.
Contamos
ya los días para ver la tercera parte de algo que ya es grande.
Joaquín
Mª Aguirre (UCM)
Dune 2
(2024)
Director:
Denis Villeneuve
Guionistas:
Denis Villeneuve y Jon Spaihts, sobre la novela de Frank Herbert
Intérpretes:
Thimothée Chalamet, Zendaya, Rebecca Ferguson, Austin Butler, Javier Bardem,
Josh Brolin, Florence Pugh, Stellan Skargard, Christopher Walken, Dave
Bautista, Léa Seydoux, Charlotte Rampling, Stephen Henderson
Los
denominados "biopics" suelen tender hacia ciertos formatos próximos
al documental. Ferrari, la película
de Michael Mann con la vida del ingeniero y propietario de la famosa empresa
automovilística, se aleja de ese modelo y va en busca de otros formatos.
El
filme tiene tres niveles destacados: el automovilístico, con sus modelos y
carreras; el empresarial, con la supervivencia de fondo; y un tercero, el
fundamental, el que indaga en la relaciones personales entre Enzo (Adam Shiver),
Laura Ferrari, su esposa (Penélope Cruz)) y su amante, Lina Lardi (Shailene
Woodley).
Lo
primero que hay que señalar son dos aspectos esenciales sobre los que se
construye la película. El primero es la solidez del guion, basado en una obra
biográfica del periodista Brock Yates (1933-2016). Las páginas de información
de la película hablan de un proyecto que comenzó a tejerse en el año 2000, lo
que significa más de 20 años para su estreno, múltiples actores propuestos para
el papel principal y muchas manos en el proyecto. Finalmente está aquí, en las
pantallas. Creo que el resultado merece la pena. El guion es muy sólido y los
motivos profundos que marcaron la vida de Enzo Ferrari van saliendo a la luz a
través de los diálogos y enfrentamientos entre los personajes.
Una
película como esta solo sale a la luz con un compromiso de los actores con sus
personajes. En esto los tres protagonistas cumplen con creces. Un convincente
Adam Shiver, trabajando a fondo su personaje: un más que convincente Penélope
Cruz en su papel pasional reprimido y una Shailene Woodley que logra encontrar
un papel a su altura tras unos cuantos años sin dar con ello. Es un trío sobre
el que se puede construir una historia compleja y convincente, subterránea y
explosiva. El guion ofrece a los actores la posibilidad de convivir con ese
dolor, con esas frustraciones interiorizadas que solo salen a la luz en los
momentos en los que el director les crea un espacio en la película.
Hay
momentos realmente emocionales entre los personajes, especialmente, entre una
Penélope Cruz muy italiana y un
Shiver recogido en su mundo de los negocios y una vida paralela con la que
trata de convivir.
La
película tiene una más que correcta dirección de Michael Mann, que sabe escoger
esos momentos densos y darles el tratamiento visual adecuado para que los
actores puedan expresarse con la intensidad requerida. Pese a los diferentes
niveles y a su espectacularidad, Ferrari
es un drama de descubrimiento sentimental, de explosión de lo reprimido bajo
los silencios; es el afloramiento del dolor tras la máscara.
Pronto
comprendemos que los coches, las carreras, el éxito no son más que bálsamos
inútiles para el verdadero dolor, el que se manifiesta ante la visita diaria a
la tumba del hijo perdido. Magníficas las escenas en esos diálogos que niegan
la muerte para poder seguir viviendo.
Merece
especial mención la magnífica fotografía de Erik Messerschmidt y el montaje de
Pietro Scalia, que le dan empaque visual tanto en los momentos de intimidad
como en la espectacularidad de las carreras.
Ferrari es una película meritoria, se sigue con
interés en lo humano y en lo visual. A ello contribuye lo fluido de la historia
con ese entrelazado de líneas antes señalado. Es una pena que ninguno de los
dos guionistas llegara a ver en pantalla el filme, dado lo prolongado de su
trayectoria. Que un proyecto vaya de mesa en mesa durante 20 años nos dice
bastante de su complejidad, de las dudas y, finalmente, del interés despertado
por un proyecto así, que da forma a la vida de Enzo Ferrari dándole un sentido
que es probable que él mismo no pudiera percibir en la claridad que Michael
Mann, los guionistas y los actores han sabido darle. Esa es la función del
arte, dar formas y sentido a lo que puede no tenerlo; es una tentativa de
explicación.
Podríamos entender esta película como una muestra de algo que solemos olvidar: la diferencia entre el éxito y la felicidad.
Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Ferrari
(2023)
Director:
Michael Mann
Guionistas:
Troy Kennedy Martin (1931-2009) y Brock Yates (1933-2016)
Fotografía:
Erik Messerschmidt
Intérpretes:
Adam Shiver, Penélope Cruz, Sheilene Woodley, Gabriel Leone, Sarah Gadon, Jack
O'Connell, Patrick Dempsey, Michele Savoia, Giuseppe Bonifati, Erik Haugen...
Confieso
que no iba con muchas esperanzas a ver el Napoleón
de Ridley Scott. No me había animado a ello el tráiler que había visto
anteriormente en otras sesiones. Por el mismo motivo debo confesar que he
disfrutado de ese Napoleón, de esas dos horas y media de metraje en el que se
nos vuelve a presentar el personaje.
He
seguido con agrado el suceder de las imágenes, los cambios de lo personal
llevado hasta lo vulgar y de lo grandioso llevado hasta la barbarie. Creo que
en ello reside esta especie de biografía anti biográfica, este canto —entre
grandioso y ridículo— de un personaje que nos muestra que la Historia se
escribe a base de muertes y ego.
Creo
que uno de los aciertos de Scott es haber convertido esta película en una
sucesión de "episodios", ¿qué otra cosa es la historia? Percibimos sin
perjuicio alguno esos saltos a los momentos estelares en la historia, a esos
momentos en los que la muerte llega a los campos de batalla. En este sentido, el guion de David Scarpa es magnífico en su labor de costura (unión de los episodios) y bordado (dibujo de los personajes y el contexto). El resultado final es esa certera mirada sobre lo próximo y el fondo del lienzo histórico.
La recreación
espectacular de los momentos de las carnicerías sin fin no tiene como objetivo
hacer una película bélica, como en muchos otros filmes, en los que se disfruta de esa espectacularidad. Scott ha
buscado otra cosa, otra dimensión de lo bélico, especialmente contrastada con
esa indiferencia de los gobernantes que sencillamente no piensan en el
sufrimiento de sus decisiones para los que están allí.
Hay un
gesto que se repite en Napoleón a lo largo de la película: se tapa sus oídos
tras dar la orden de disparar de los cañones. Scott centra en ese signo la
simbolización que le quiere dar al filme, su sentido al personaje.
A cada
batalla que se nos muestra en pantalla, Scott le da un tratamiento unitario, un
cierto estilo marcado por el propio espacio, por sus características. Cada batalla
es esa conjunción del momento ajustado a un espacio propio que define la
acción. Eso hace que su propia filmación sea única.
Los
espacios de los palacios definen igualmente el marco de la vida de Napoleón,
posteriormente de Napoleón y Josefina, magníficamente interpretados por Joaquín
Phoenix y Vanessa Kirby, que escenifican su propia guerra a lo largo de su vida
juntos y separados.
El
filme recoge una visión del personaje histórico que roza lo bufo en ocasiones.
¿Cuál es el Napoleón verdadero, el que nos cuentan los biógrafos que buscan
crear una figura en el panteón de los grandes hombres? Scott le da un tono a
Napoleón que Phoenix traslada al personaje con acierto. No se trata de si es
"cierto" o si "se acerca al Napoleón real". No hay un
"Napoleón real", sino una construcción desde un punto de vista que lo
puede mostrar "heroico", "megalómano", "vulgar",
"despiadado"... según el interés. Lo único "real", que se
nos da en los rótulos finales, son las muertes que la gloria conlleva.
El
filme de Scott nos da tres planos para contarnos al personaje: el del campo de
batalla, el de las intrigas y relaciones políticas tanto francesas como
europeas para hacerse con el poder en cada nivel, y finalmente el de la vida
privada, en donde se muestran las relaciones de Napoleón y Josefina. El gran
Napoleón, el estratega, el político audaz, por un lado, y el amante vulgar,
zafio, superado por una Josefina que hace del sexo su arma y de la natalidad su
fracaso.
Hay
muchas secuencias memorables en la película, como las que nos muestran a
Napoleón frente a la momia en Egipto, la de la huida perseguido por los
diputados cuando pretender hacerse con el poder en el triunvirato, la batalla
de Austerlitz o la final de Waterloo.
Creo
que el Napoleón de Ridley Scott es
una buena película a la que el tiempo dará solera y maduración. Encontrará su público,
algo que no va siendo fácil para muchos cineastas de generaciones anteriores,
enfrentados hoy a una forma de ver, hacer y criticar cine que carecen de
sintonía.
Scott
no ha hecho esta película para el público mayoritario de hoy. Es una película
hecha para sí misma, con un estilo diferente, una fotografía diferente y una
forma de contar diferente a lo que se está haciendo.
Es,
junto a Oppenheimer (Christopher
Nolan) y Los asesinos de la Luna
(Martin Scorsese), una de las tres películas grandes de 2023. Son películas
grandes y grandes películas, son películas que son de enorme riqueza y calidad,
pero no hechas para un público cada vez más cercano a fórmulas contrarias. Las
tres películas definen un momento en el que el proyecto se opone al cálculo previo.
Son tres cineastas de peso que deciden hacer tres películas contracorriente,
apostando por el cine, por su historia, pos su evolución, más que por la
taquilla, a la que no hay que despreciar, pero tampoco idolatrar. Hay muchas
formas de definir el éxito.
La
película de Ridley Scott está llena de amor por el detalle, por el ajuste a la
realidad del momento, la realidad de los palacios y alcobas, la realidad de los
campos de batalla. Merece la pena ver este Napoleón que nada tiene que ver con
los napoleones anteriores, sin gloria. Obsérvese si no el momento de su muerte,
una genialidad simple que nos dice mucho de lo que el filme contiene.
Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Napoleón(2023)
Dirección: Ridley
Scott
Guion: David
Scarpa
Intérpretes: Joaquin
Phoenix, Vanessa Kirby, Tahar Rahim, Rupert Everett, Mark Bonnar, Ben Miles,
Riana Duce, Ludivine Sagnier, Edouard Philipponnat, Miles Jupp...