Saint Maudes el primer largometraje de la directora británica
Rose Glass. Es una obra personal, con guión propio. La película está nominada en
cuatro categorías para los British Independent Film Awards, como mejor filme independiente,
mejor guión, mejor directora y mejor debut como guionista. No está mal. Ha
ganado con esta película una mención de honor en el London Festival Film en
2019. En los Sunset Film Circle Awards ha estado nominada en la categoría de
directora a la que hay que seguir, es decir, una directora a la que se le
vaticina trabajos que habrá tener en cuenta. En 2015 estuvo nominada por su
cortometraje Room 55 (2014) al mejor
UK Short Film. La obra de Rose Glas, hasta el momento, es de un largometraje
—Saint Maud, que ahora se estrena— y cinco cortometrajes. Teniendo en cuenta
que Room 55 era un trabajo académico, de estudiante, el futuro que tiene por
delante es más que prometedor.
La
película Saint Maud "técnicamente"
la hemos visto tres personas. En estos tiempos de pandemia se invierte poco en
promoción y nos quejamos mucho sobre lo que supone estrenar. Es difícil que la
gente vaya al cine más allá de ese tonto eslogan de "la cultura es
segura". El drama de las buenas películas con promoción cero es algo que
va más allá del COVID-19 y es muy anterior. Ahora que los estrenos se dejan
para las plataformas de pago, las buenas películas independientes se merecen
algo más que ser obras de relleno de la cartelera. No sé lo que hacen los
críticos, pero desde luego no mucho por el cine más allá de los blockbusters.
Saint
Maud es una muy buena película, atípica en tiempos en los que la escritura
cinematográfica, tanto en los guiones como en la dirección, se encuentran
estancadas en la corrección. Lo único que se le puede decir a Saint Maud es que es la película menos
navideña que hay en la cartelera, pero eso es una mera coincidencia, una
fatalidad irónica que hace esbozar una sonrisa al final.
Cuando
entré en el cine no tenía casi ningún tipo de información sobre lo que iba a
ver. Solo esa socorrida etiqueta de "terror" que solo vale para el
"género" en algunas de sus variantes. No creo que valgan mucho para
Saint Maud.
Pasados
los tres o cuatro primeros planos, nos damos cuenta que estamos ante un filme
con lo que podríamos llamar voluntad de
estilo, con una escritura gráfica
precisa y al servicio de la expresión de esa vozque nos acompaña, la de Maud, una oscura
enfermera que ha dejado el hospital en el que trabajaba para hacerse cargo del
cuidado de una enferma de cáncer, una antigua bailarina.
La voz
narrativa en primera persona puede llegar a ser "impertinente" y
hasta "no pertinente", pero en este caso nos muestra la visión del
personaje, su percepción de sí misma y de los demás. Curiosamente, esa voz no
será la que nos dé la información necesaria, que nos llega por otras vías.
El
reconocimiento de la dirección y del guión por vías separadas nos habla
precisamente de esa buena conjunción confluyente en el relato, que se sigue con
atención, creándonos expectativas, como debe ser en este tipo de relato. Por
ser un poco más preciso, el relato está más cerca de Dostoievski que de Stephen
King, de una indagación en la mente que en una realidad alternativa.
No se
debe contar mucho de la trama en un filme que nos hace avanzar en la historia
agarrados a cada momento del relato, que no seduce visualmente a través de una
técnica expresionista que van dando forma en la pantalla a la mente de Maud.
Una de
las cosas más sobresalientes de la película es su ritmo, que se establece por
la forma de llevar la historia, perfectamente conjuntada por la secuencia de
los planos, por su encadenamiento en el montaje. La banda sonora hace el resto,
creando la tensión emocional hacia un final que estalla ante el espectador.
La
labor de las actrices es más que meritoria, tanto por parte de Morfydd Clark en
el papel de la torturada Maud como por una Jennifer Ehle, en el papel de
Amanda, la bailarina enferma. Ambas están magníficas en sus papeles y nos hacen
entrar en sus diálogos, que centran gran parte de la historia. Lily Knight y Lily Frazer las
acompañan como ramas colaterales de la historia principal que acaba
convirtiéndose en una densa lucha.
La
historia y su realización, fondo y forma, relato y discurso... unos y otros se
sostienen sólidamente en esta pieza sólida, en la que el terror está donde
siempre se ha agarrado mejor, en la propia mente. Destacable la fotografía que tiende a reflejar el mundo interior del personaje y el espacio en que se desenvuelve.
Habrá,
efectivamente que ver las próximas realizaciones de Rose Glass porque posee un
sentido del relato, del desarrollo dramático y un sentido del ritmo (en su
verdadera expresión interna) realmente notables. Cada plano está donde debe
estar, con unos encuadres expresivos de los propios personajes, con un cuidado
del detalle, de los pequeños gestos que muestran una mirada que nos guía de
forma meticulosa.
Es una
pena que los propios encargados de la "cultura" dejen las películas a
su suerte, que solo se perciba, como otras cosas, la "temporada
navideña" mientras que este tipo de filmes parece que solo sirven de
relleno. Es algo injusto.
JMª Aguirre
Saint
Maud (2019)
Directora
y guionista: Rose Glass
Intérpretes:
Morfydd Clark, Jennifer Ehle, Lily Knight, Lily Frazer, Rosie Sansom, Marcus
Hutton...
La
segunda entrega de Wonder Woman es una extraña película, un filme que hay que
ver con otros ojos y con otra mente, con una mirada diferente a las del resto
de película de súper héroes. Quizá el proyecto en sí, el creado alrededor del
personaje de Diana, tenga un corte distinto por su propia naturaleza y debamos
acostumbrarnos a variantes que no han sido esbozadas.
Hemos
tenido y sorpresas producidas por filmes como Joker, por ejemplo, o cambios en
la línea tradicional como ocurrió con el Batman de Nolan. Quizá haya que pensar
como hicieron los propios creadores de los cómics, pensarlos como una materia
maleable, moldeaba según el signo de los tiempos, que cada vez cambian más
rápido.
Wonder
Woman 84 es una atípica película de una heroína atípica y produce ambiguos
sentimientos porque no te da lo que esperas. Hemos visto a Wonder Woman en
conflicto con personajes eminentemente de un universo masculino, como ocurría
en Batman vs Superman, pero también luchaba en su primera entrega en solitario
en un universo alternativo al de las amazonas, un mundo masculino en donde
peleaba en nombre de la verdad y con un sentido de la responsabilidad alejado
de otros personajes. Basta comparar, por ejemplo, el sentimiento de culpa que
arrastran en el universo Marvel muchos de sus personajes por los destrozos que
causan con sus batallas grandiosas, ese es el eje de "Civil War", lo
que lleva al enfrentamiento entre ellos y la necesidad de ponerlos bajo
control.
La
princesa Diana, Diana Prince y Wonder Woman son tres rostros en un mundo donde se
suelen tener dos. Diana es la amazona niña, competitiva en un mundo de mujeres;
es la profesional Diana Prince en el mundo imperfecto y lleno de egoísmos en el
que se ha instalado y al que protege en su tercera encarnación, la de Wonder
Woman.
La
película, como la anterior, nos muestra en mundo de las amazonas y comienza con
una lección moral sobre lo que se desea y la forma de conseguirlo. Es un
discurso sobre los límites morales y la autenticidad. Ese principio moral forma
parte de la educación en la nobleza de espíritu que marca la formación de Diana
y definirá su universo moral posterior, su sentido protector, pero también
justo y equilibrado. El principal objetivo de Diana es proteger, antepone el
sufrimiento o daño a los demás al suyo propio.
El núcleo
de la película es precisamente el dilema del altruismo en contraposición a la
búsqueda egoísta de lo propio. Para vencer a los demás, a los que representan
el mal, Diana tendrá que vencerse a sí misma, tendrá que renunciar a lo que más
desea.
Esta
nueva entrega está ambientada en 1984 y nos muestra a dos villanos surgidos de
la frustración. No necesitan estar expuestos al mal porque su mal es precisamente
el desear lo que no se tiene, la frustración de lo cotidiano, la de no ser
nadie, que se ve a través de estos
personajes, de intención inicial muy diferente, pero con un proceso paralelo
hacia su propia destrucción, capaces de arrastrar al mundo en una locura
contagiosa.
Si se
comprende este esquema complejo, entendemos que la película debe ir por
derroteros diferentes a los habituales en el género. Debemos comprender el
profundo sacrificio de Diana, su entrega altruista, gracias al tamaño e
intensidad de la renuncia. Es de ahí, de renunciar a lo que más se quiere, de
donde se recoge la fuerza perdida.
Hay una
especie de fondo budista en la renuncia a lo gozoso para evitar el dolor, sacrificar
antes que perder. Pero Diana es humana y lo que no tenía en el reino de las
amazonas y tampoco se puede permitir en su rol de Wonder Woman, lo sufre en su
forma de Diana Prince, donde es el amor lo que llena su vida y,
consecuentemente, el dolor de perderlo.
Sobre
el papel, las cosas están claras. Hay tres mundos: el inicial de las amazonas,
el de los sentimientos de Diana y el del combate de Wonder Woman. Por más que
Diana trate de humanizar el último, este se convertirá en el del combate sin
piedad contra enemigos que tratarán de destruirla.
En el
mundo de Diana Prince se pueden tener relaciones personales, conexiones
amistosas, pero en el de la heroína el combate es el eje. Parte de su drama es
precisamente haber quedado atrapada en los sentimientos en mitad de los
conflictos.
Estos
tres mundos son visualmente distintos. Pese a la competencia inicial, el mundo
de las amazonas es el espacio protegido de la infancia, el del principio del
deseo porque no se ha desarrollado todavía la moralidad y querer ganar es parte
del juego sin tener en cuenta las consecuencias. Pero en el mundo de Diana
Prince, la competencia se ha adueñado del espíritu de todos. Es el mundo del
reaganismo, del neoliberalismo a ultranza en el que triunfar es una obligación
y perder un drama social cósmico. Es en el este segundo espacio, el de 1984,
donde se construye la fábula social del deseo. Nunca se tiene bastante; más y
más es el lema.
Es aquí
donde se nos muestran los dos personajes que se deshumanizan por su deseo.
Barbara Minerva es el personaje del que nadie se acuerda, una mujer invisible
por su vulgaridad. No llama la atención y nadie se la presta. El otro personaje,
el del empresario fracasado Maxwell Lord, es el de la ambición sin límite.
Comienza queriendo ser alguien delante de su hijo y pronto no tendrá bastante,
arrastrando al mundo entero en una especie de mercadeo de los deseos. Es una
metáfora económica de un mundo al que se arrastra a la destrucción despertando
su ambición.
Los
deseos de ser atractiva, admirada y temida finalmente por parte de Barbara
Minerva se cumplirán pero deshumanizándola, como se nos muestra en su
transformación final, donde se convierte en el animal cuya piel ha admirado en los zapatos de Diana Prince; Maxwell Lord casi destruirá lo único que le ha importado
en ese mundo y que siempre está dejándole al margen, como un fracasado. Ambos
aprenderán lecciones básicamente moral sobre el problema del deseo ciego, sin
límites.
También
Diana aprenderá algo sobre sí misma. Un héroe que no aprende es solo una
máquina. Diana Prince no lo es. El mundo sencillo de las amazonas es sustituido
por el de la complejidad de la pareja humana y de la sociedad misma.
Los
tres mundos de la película tienen tratamiento visual y narrativo distinto.
Quizá el más extraño en el conjunto es el intermedio el de Diana, que es
precisamente el que carece del carácter épico por ser el sentimental, el de las
emociones. No es fácil engarzar los tres de forma armónica. Quizá el guión
necesitaría de algunas revisiones para un equilibrio más adecuado entre esos tres escenarios sin que se resintiera. Con todo, hay que reconocer la valentía del proyecto, asumido por Jenkins y la propia Gadot en la producción, de recrear un personaje con un universo moral propio, como trataba de ser el personaje en su idea original.
El
filme tiene a una espléndida Gal Gadot, que se ha hecho con el personaje y
transmite lo que necesita el personaje. Pero quien se hace con la pantalla es
Pedro Pascal en su papel de Maxwell Lord, al que vemos desarrollarse en su
desesperación inicial y en su megalomanía final. Hay mucho de trumpismo en su
interpretación. Toda película acaba siendo interpretada en clave de presente y
esta lo es. No le han dado el gusto al señor de la Casa Blanca de dar más
detalles, pero no hace falta mucha imaginación para terminar de completar al
personaje, especialmente en su fase final. Pascal hace materializarse a un
personaje previsible. El papel de Barbara Minerva, interpretado por Kristen
Wiig, marca también ese arco de transformación que va de la persona en la que
nadie se fija e imponer el terror. Diana da, como no podía ser de otra manera,
la oportunidad de la redención, aunque no siempre se aproveche.
Vuelvo
al fenómeno de la extrañeza inicial. La película tiene momentos buenos de cine,
pero nada se sostiene demasiado si la historia se resiente. Quizá sea la parte
sentimental, la que recae sobre Chris Pine, la que sea más difícil de armonizar
con el resto, pese a que se vuelva a 1984. La elección del momento se resuelve
con algunos gags sobre la moda de aquellos años, lo que quizá nos desvía de la
intención general y nos despista sobre el tono en que debemos asimilar el
filme. No es fácil transitar un filme en el que se nos pide ir de las bromas
sobre los pantalones de los 80 al apocalipsis. Es un tránsito excesivo incluso
para una película de súper héroes.
Fuera
de lo que es el filme en sí, se debe agradecer el esfuerzo de llevar el cine a
las salas en esta situación en que nos encontramos. Frente a las plataformas,
una película como esta requiere el espacio visual de las pantallas y el mensaje
del retorno en condiciones. En ese sentido era esperada y ha cumplido.
JMª
Aguirre
Wonder
Woman 84
Directora:
Patty Jenkins
Guionistas:
Patty Jenkins, Geoff Johns, Dave Callaham
Intérpretes:
Gal Gadot, Chris Pine, Kristen Wiig, Pedro Pascal, Robin Wright, Connie Nielsen
Cuando
uno está viendo una película como Hillbilly
Elegy se da cuenta de la diferencia que hay entre las historias que se nos
cuentan habitualmente y lo que sería una forma de realismo. En principio, todo discurso
se escribe desde una serie de convenciones. El realismo es, pues, cuestión de
grado y de convenciones. En este sentido, el grado de realismo de Hillbilly Elegy es elevado y, habría que
añadir, convincente. Los recursos que
se utilizan en esta película nos muestran una voluntad realista y, por ello un distanciamiento respecto a otras
forma de narración. No hace falta afinar demasiado; lo notas en tu estómago.
Son como patadas en cada situación, en cada frase en cada mirada. Hay un deseo
de que mires y sientas, que entiendas de una manera distinta a como lo haces en
otros momentos. Le puedo asegurar que en esta película se sentirá incómodo. Es
la incomodidad de verte confrontado con otra forma de contarte o, si se
prefiere así, de que te cuenten lo que habitualmente no te cuentan.
Para que
esto se haga realidad, hay tres requisitos básicos: un buen guión, unos buenos actores y
una buena dirección. El orden de la secuencia no es casual. La película cuenta
con un sólido guión de Vanessa Taylor, basado en un libro autobiográfico de J.D
Vance, el joven abogado que logra salir de la Norteamérica rural, la abandonada
y que se pudre en sus propios jugos,de
un Kentucky cerrado sobre sí mismo devorando a los que viven allí.
La
historia está contada entre dos tiempos, un presente de oportunidades y un
pasado de fracasos y dolores, de luchas y autodestrucción, de incomprensiones y
debilidades. El pueblo es una jaula.
En estos días de elecciones norteamericanas se habla mucho de lo que habitualmente no se habla, de esos Estados Unidos centrales, de ese mundo rural de poblaciones pequeñas y pequeñísimas, de su mentalidad conservadora. La película ayuda a comprender esa "ruralidad" norteamericana y sus diferencias, como nos muestra la propia historia.
Hay
toda una tradición en la literatura norteamericana, extensiva a sus historias
cinematográficas, relativa a la necesidad de la huida de unos pueblos cerrados,
claustrofóbicos, en los que no es posible ni vivir, ni crear ni prosperar. Son
agujeros oscuros en los que solo cabe la maledicencia y una maldad aburrida. El
mejor ejemplo quizá sea el clásico de Sherwood Anderson, Winesburg, Ohio, una
descripción de esos pueblos en los que enormes fuerzas intentan que te quedes
allí pero tu conciencia te dice que si lo haces nunca llegarás a nada. La
palabra norteamericana más terrible es "perdedor", la que se contrapone
al sueño del éxito, algo que solo es posible alejándose.
Absténganse
lo que van al cine a soñar. La película es un jarro de agua fría que nos
despierta a golpe de realismo en cada situación, en cada palabra. Las
convenciones saltan ante otras nuevas, una suerte de realismo sucio, de Dirty
Realism, término ya casi olvidado. Pero las palabras e imágenes finales nos
remiten al mundo real, a los que vivieron aquellas situaciones, recogidas por J.D.
Vance en su escrito autobiográfico, el mismo al que hemos visto moverse y
luchar contra todos, contra sí mismo a lo largo de esta película.
Para
que la historia pueda funcionar son necesarios actores que sean capaces de
entender que no están en una película convencional, es decir, que no vale el
repertorio convencional de signos con los que transmite habitualmente sus
expresiones. Y es aquí donde los valores de la película se multiplican.
¡Qué
extraordinarias interpretaciones de dos grandes actrices, Amy Adams y Glenn
Close! Todo ese edificio levantado por la historia necesita ser creíble y lo es
hasta límites insospechados. No sé cómo están las quinielas de los Oscar de
este año tan raro, pero las interpretaciones de ambas actrices se merecen los
máximos galardones por unos trabajos de una meticulosidad extrema y de una complejidad
pocas veces vistas.
La
complejidad del personaje sobre el que pivota la historia es Bev (Amy Adams),hija
y madre, doble dimensión esencial, ya que recibe y da o, si se prefiere, no ha
recibido y no da más que circunstancialmente. Es la chica que tenía un futuro
pero que un embarazo adolescente ató para toda la vida a aquel pueblo y a su
propia destrucción. Y es la hija de una madre, Mamaw (Glenn Close) que se
siente responsable por no haber sido capaz de apoyarla en su momento y haber
dejado que se autodestruyera. Unos caen y otros se salvan; unos son ayudados y otros se pierden en la negrura de la vida. La caída de unos actúa como culpa sobre otros, genera una fuerza destructiva.
Pero la
idea central es que todos nos necesitamos, que las fuerzas para sobrevivir en
la vida nos llegan de quienes nos quieren cuando nos fallamos a nosotros
mismos. Una de esas patadas al estómago que recibimos es la de una dura lección,
amarse no es una tarea fácil. La vida nos lo dice todos los días, pero el cine
no siempre. El hecho de basarse en la vida de J. D. (un gran trabajo del actor
Gabriel Basso, adulto, y de Owen Asztalos de adolescente) tiene la propia
experiencia y la ausencia de disfraz. Vivir juntos no significa conocerse y conocerse
no significa amarse. Por el mismo motivo, pelearse no significa odiarse, aunque
a veces lo parezca. Es difícil olvidar algunas miradas tanto de Glenn Close
como de Amy Adams. Pocas veces hemos sentido ese poder tan real en la vida
cotidiana, esas miradas fulminantes, por las que se escapa esa ira que estalla,
explosiva. El personaje de Bev va más allá de sus miradas, como en la escena en
que el joven J.D. tiene que refugiarse en una casa.
El
pueblo es un escenario destructivo. Es una trampa de la que se puede o no
escapar. Quedarse allí es un riesgo, un enorme peligro. Toda la vida de Bev
gira sobre el dolor de haber tenido unas buenas notas en el instituto pero no
haber podido escapar. Es el drama del presente de J.D. que el pasado nos ayuda
a comprender en todo su dramatismo. Esa cita a las 10 de la mañana que le
espera para decidir su futuro es algo más que unas prácticas veraniegas. Es una
decisión vital.
Hay
otras buenas interpretaciones, como una muy convincente Haley Bennett, la
hermana de J.D., también arrastrada por lo que ocurre en la familia, luchando
por su propia felicidad, casi supervivencia. También ella aporta ese
contrapunto a J.D. con el destino de las mujeres, que no es irse del pueblo, ya
sea por fracaso personal o por amor.
La
película está construida con pequeñas piezas, piezas violentas, de ese
conflicto permanente, de la locura de unos y el remordimiento de otros. En el
fondo, la conciencia culpable de haber fallado a unos o a otros dentro de una
familia.
La
tercera pata de la película es la dirección de Ron Howard. Es un director
curtido en todo tipo de proyectos, pero quizá sea esta una de sus películas más
personales, un proyecto alejado de lo que estamos acostumbrados a ver. La
dirección se ajusta a las interpretaciones, que son el foco de la historia y
aquello que nos transmite la fuerte carga emocional. Le queda la enorme tarea
de coser las pequeñas piezas, como esas colchas de retazos, para que
comprendamos el conjunto. La historia nos va arrastrando por el ambiente de ese
pueblo que sirve de escenario para un drama vulgar, como es característico de
las tragedias contemporáneas. Puede que el arte no los ennoblezca en sí, pero
si nos muestra que existen hechos y momentos de dignidad humana en cualquier apartado
rincón. La tragedia está en la condición humana, es decir, no tiene que ver con
la nobleza, sino con el sentido de que no tenemos más que una vida, que el
tiempo no vuelve atrás y que las oportunidades perdidas han quedado en el
camino. "Responsabilidad", nos dirán en la película, afrontar las
responsabilidades de lo que hacemos, sus consecuencias, es lo que realmente
dignifica la figura trágica.
La
película es dura por ese realismo descarnado y humano, por ese dolor constante,
ese odio a uno mismo, que vemos en los personajes. Pero se equilibra con la
fuerza que encontramos, si sabemos buscarla, en los demás.
La
historia es tan cotidiana que se hunde en la vulgaridad, en los seres que
existen porque los miramos y nos compadecemos de ellos. También la tragedia clásica
buscaba nuestra compasión, quizá porque es lo que nos hace realmente humanos.
Olvidar, perdonar, vivir, continuar, apoyar... son verbos sobre los que se
construye esta película, como la vida misma.
Un gran
reconocimiento a esas actrices que han sido capaces de transformarse ellas
mismas, salir de sus papeles, para volverse humanas. Cuesta identificar a Glenn
Close como la elegante Marquesa de Merteuil, de Las amistades peligrosas, o a Amy Adams como la Louise Lane de Superman. Pero esa es la magia del
actor, salir de sí mismo para que podamos entrar en ellos.
Vi la
película solo, en un cine vacío, en primera sesión. Merece la pena verse. Quizá
todos queramos ir al cine a distraernos, al olvidar el duro mundo exterior. Hillbilly Elegy es lo
contrario. No se sale con pesimismo, sino como de una verdadera tragedia,
purgado, con la lucidez de ver con claridad aquella tragedia que se repite una y otra
vez en todos rincones del mundo. La vida es lucha y caída, levantarse y seguir. Lo
demás... es espectáculo.
J. Mª Aguirre
Hillbilly,
una elegía rural (Hillbilly Elegy 2020)
Director:
Ron Howard
Guionista: Vannessa Taylor, sobre la obra de J.D. Vance
Intérpretes: Amy Adams, Glenn Close, Bo Hopkins, Gabriel
Basso, Freida Pinto, Owen
Asztalos, Haley Bennett
El amor
del director Robert Zemeckis por la tecnología está frecuentemente probado. Lo
ha hecho presente en las historias contadas, como en la serie Regreso al futuro,
como en el uso de la tecnología para hacer avanzar cualquier nuevo desarrollo
que le permitiera usar todo tipo de efectos especiales en sus obras, como en
Forrest Gump, una de sus obras más celebradas, o en El Expreso Polar. Ya sea delante o detrás de las
cámaras, la técnica le permite a Zemeckis contar sus historias sin límites.
En Las brujas, de Roal Dahl, Zemeckis unen la
magia de la historia y la tecnología digital. Es aquí donde Zemeckis recrea el
universo de Dahl en una versión particular, trasladándonos hasta el Sur profundo
de los Estados Unidos y a la comunidad afroamericana, lo que permite añadir una serie de detalles sobre la cuestión racial, que se revela en un simple detalle como una propina. o la forma de relacionarse
La
historia de Dahl es una historia ya peculiar de por sí, estableciendo la guerra
universal entre las brujas y los niños, una enemistad mítica. El bien y el mal
adquieren tintes generacionales y simbólicos en un universo donde se dan esas
luchas de las que solo son conscientes unos pocos.
La
película tiene dos tonos diferentes. La primera parte, realista, con una
recreación de ese ambiente sureño, con una luz propia. Y la segunda en la que
se entra de lleno en la fantasía tras la transformación de su protagonista.
Desde ese momento, la película cambia y adquiere un ritmo y una planificación
totalmente distinta, siguiendo a esos nuevos personajes, teóricamente los
mismos pero que con su cambio de aspecto pasan a ver el universo desde otra
perspectiva. El mundo de los humanos, el de los ratones y el de las brujas se
entremezclan con perspectivas diferentes: los planos extremos, ya sean
cenitales o a ras de suelo, generales o del detalle del bolso de la abuela dan
cuenta de esas miradas diferentes de cada uno de ellos.
El
universo del niño que ha perdido a su familia, con ese magnífico plano rotante del
accidente, se va haciendo cada día más oscuro, encajando con el de su abuela,
una magnífica Octavia Spencer, que arrastra la culpabilidad desde su propia
infancia por aquella amiga que perdió y que pasará ahora al contraataque, junto
a su nieto y los compañeros de batalla contra las brujas.
Anne
Hathaway en el papel de bruja-jefa, la bruja de todas las brujas, padece los
efectos especiales en su rostro con dignidad interpretativa, tocada con un acento
entre centroeuropeo y perverso a secas. Habrá que pasar una temporada hasta que
se nos pase la impresión y las pesadillas. Una Hathaway que nos recuerda al
malvado protagonista del Venom, de
Marvel, algo que los fans de la actriz difícilmente perdonarán, pero el papel
es el papel.
Octavia
Spencer cumple como contrapartida de la bruja en su papel de curandera que se
enfrenta al mal y de abuela que intenta sacar a su nieto de su propia oscuridad
trágica. Es una magnífica actriz y sabe darle al personaje el carácter trágico
que arrastra y la humanidad de quien tiene que sacar a su nieto del agujero en
el que se encuentra.
Stanley
Tucci no ofrece una más de sus múltiples caras como director del hotel, un
papel plano, pero que el actor sabe hacer siempre dándole el registro
necesario.
El niño
Jahzir Bruno transmite bien su carácter introvertido, el dolor por la muerte de
sus padres.
La
película se va deslizando desde el plano realista de la Alabama de los 60 al fantástico
del hotel. Cuando adquiere el segundo tono, el ritmo se transforma al seguir
las peripecias por cocinas, pasillos y respiraderos. Algunos planos nos remiten
a la magnífica Ratatouille (2005), de
Brad Bird, me imagino que algo inevitable en una película interpretada por
ratones. La IMDB ha realizado un montaje comparando los planos de la película
de Nicholas Roeg, de 1990, con Angelica Huston en el papel de la bruja, y esta
de Zemeckis, de treinta años después. De una a otra, la tecnología de animación
por medio.
Como en
toda cinta de Zemeckis, este pone a prueba la tecnología al servicio de la
propia historia. La pregunta entonces debe ser: ¿son creíbles los ratones? La
respuesta es sí. Lo más divertido de la película es precisamente esa
transformación, es donde la comedia, con su ritmo, se apoya en la diversidad de
los tipos y en su capacidad de expresarlos. En este sentido, los ratones son
más convincentes que las malvadas brujas, cuyas desapariciones pirotécnicas parecen
un poco chupinazo de sanfermines. Son un poco más convincentes como malvadas
ratas.
La
película no es de lo mejor de Zemeckis, un director que se ha ganado un hueco
en la historia del cine por muchos otros filmes, pero cumple la función externa
de entretener con una historia ya conocida y de poner a prueba las técnicas que
acabarán incorporándose a otras muchas películas. Impresionante el listado de
personal técnico en todos los apartados, animación, efectos visuales, etc.
En el
guión se encuentra Guillermo del Toro junto a Zemeckis y Kenya Barris. El director Alfonso Quarón
también está en la producción junto al propio Zemeckis y a del Toro. Todos ellos son amigos de
lo fantástico y de la técnica, como han dado muestras en sus películas. En grupo de amigos de la fantasía y cinéfilos dando vida a esta historia.
Joaquín
Mª Aguirre
Las
brujas de Roal Dahl (2020)
Director: Robert Zemeckis
Guionistas: Robert Zemeckis, Kenya Barris y Guillermo del Toro. Basado en la
obra de Roal Dahl
Intérpretes:
Octavia Spencer, Anne Hathaway, Stanley Tucci, Jazhir Bruno, Chris Rock (voz)