sábado, 26 de diciembre de 2020

Saint Maud (2019)


Saint Maud es el primer largometraje de la directora británica Rose Glass. Es una obra personal, con guión propio. La película está nominada en cuatro categorías para los British Independent Film Awards, como mejor filme independiente, mejor guión, mejor directora y mejor debut como guionista. No está mal. Ha ganado con esta película una mención de honor en el London Festival Film en 2019. En los Sunset Film Circle Awards ha estado nominada en la categoría de directora a la que hay que seguir, es decir, una directora a la que se le vaticina trabajos que habrá tener en cuenta. En 2015 estuvo nominada por su cortometraje Room 55 (2014) al mejor UK Short Film. La obra de Rose Glas, hasta el momento, es de un largometraje —Saint Maud, que ahora se estrena— y cinco cortometrajes. Teniendo en cuenta que Room 55 era un trabajo académico, de estudiante, el futuro que tiene por delante es más que prometedor.

La película Saint Maud "técnicamente" la hemos visto tres personas. En estos tiempos de pandemia se invierte poco en promoción y nos quejamos mucho sobre lo que supone estrenar. Es difícil que la gente vaya al cine más allá de ese tonto eslogan de "la cultura es segura". El drama de las buenas películas con promoción cero es algo que va más allá del COVID-19 y es muy anterior. Ahora que los estrenos se dejan para las plataformas de pago, las buenas películas independientes se merecen algo más que ser obras de relleno de la cartelera. No sé lo que hacen los críticos, pero desde luego no mucho por el cine más allá de los blockbusters.



Saint Maud es una muy buena película, atípica en tiempos en los que la escritura cinematográfica, tanto en los guiones como en la dirección, se encuentran estancadas en la corrección. Lo único que se le puede decir a Saint Maud es que es la película menos navideña que hay en la cartelera, pero eso es una mera coincidencia, una fatalidad irónica que hace esbozar una sonrisa al final.

Cuando entré en el cine no tenía casi ningún tipo de información sobre lo que iba a ver. Solo esa socorrida etiqueta de "terror" que solo vale para el "género" en algunas de sus variantes. No creo que valgan mucho para Saint Maud.

Pasados los tres o cuatro primeros planos, nos damos cuenta que estamos ante un filme con lo que podríamos llamar voluntad de estilo, con una escritura gráfica precisa y al servicio de la expresión de esa voz  que nos acompaña, la de Maud, una oscura enfermera que ha dejado el hospital en el que trabajaba para hacerse cargo del cuidado de una enferma de cáncer, una antigua bailarina.



La voz narrativa en primera persona puede llegar a ser "impertinente" y hasta "no pertinente", pero en este caso nos muestra la visión del personaje, su percepción de sí misma y de los demás. Curiosamente, esa voz no será la que nos dé la información necesaria, que nos llega por otras vías.

El reconocimiento de la dirección y del guión por vías separadas nos habla precisamente de esa buena conjunción confluyente en el relato, que se sigue con atención, creándonos expectativas, como debe ser en este tipo de relato. Por ser un poco más preciso, el relato está más cerca de Dostoievski que de Stephen King, de una indagación en la mente que en una realidad alternativa.

No se debe contar mucho de la trama en un filme que nos hace avanzar en la historia agarrados a cada momento del relato, que no seduce visualmente a través de una técnica expresionista que van dando forma en la pantalla a la mente de Maud.

Una de las cosas más sobresalientes de la película es su ritmo, que se establece por la forma de llevar la historia, perfectamente conjuntada por la secuencia de los planos, por su encadenamiento en el montaje. La banda sonora hace el resto, creando la tensión emocional hacia un final que estalla ante el espectador.



La labor de las actrices es más que meritoria, tanto por parte de Morfydd Clark en el papel de la torturada Maud como por una Jennifer Ehle, en el papel de Amanda, la bailarina enferma. Ambas están magníficas en sus papeles y nos hacen entrar en sus diálogos, que centran gran parte de la  historia. Lily Knight y Lily Frazer las acompañan como ramas colaterales de la historia principal que acaba convirtiéndose en una densa lucha.

La historia y su realización, fondo y forma, relato y discurso... unos y otros se sostienen sólidamente en esta pieza sólida, en la que el terror está donde siempre se ha agarrado mejor, en la propia mente. Destacable la fotografía que tiende a reflejar el mundo interior del personaje y el espacio en que se desenvuelve.

Habrá, efectivamente que ver las próximas realizaciones de Rose Glass porque posee un sentido del relato, del desarrollo dramático y un sentido del ritmo (en su verdadera expresión interna) realmente notables. Cada plano está donde debe estar, con unos encuadres expresivos de los propios personajes, con un cuidado del detalle, de los pequeños gestos que muestran una mirada que nos guía de forma meticulosa.

Es una pena que los propios encargados de la "cultura" dejen las películas a su suerte, que solo se perciba, como otras cosas, la "temporada navideña" mientras que este tipo de filmes parece que solo sirven de relleno. Es algo injusto.

JMª Aguirre

 


Saint Maud (2019)   

Directora y guionista: Rose Glass

Intérpretes: Morfydd Clark, Jennifer Ehle, Lily Knight, Lily Frazer, Rosie Sansom, Marcus Hutton...

Producción: Reino Unido

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Wonder Woman 84 (2020)


La segunda entrega de Wonder Woman es una extraña película, un filme que hay que ver con otros ojos y con otra mente, con una mirada diferente a las del resto de película de súper héroes. Quizá el proyecto en sí, el creado alrededor del personaje de Diana, tenga un corte distinto por su propia naturaleza y debamos acostumbrarnos a variantes que no han sido esbozadas.

Hemos tenido y sorpresas producidas por filmes como Joker, por ejemplo, o cambios en la línea tradicional como ocurrió con el Batman de Nolan. Quizá haya que pensar como hicieron los propios creadores de los cómics, pensarlos como una materia maleable, moldeaba según el signo de los tiempos, que cada vez cambian más rápido.

Wonder Woman 84 es una atípica película de una heroína atípica y produce ambiguos sentimientos porque no te da lo que esperas. Hemos visto a Wonder Woman en conflicto con personajes eminentemente de un universo masculino, como ocurría en Batman vs Superman, pero también luchaba en su primera entrega en solitario en un universo alternativo al de las amazonas, un mundo masculino en donde peleaba en nombre de la verdad y con un sentido de la responsabilidad alejado de otros personajes. Basta comparar, por ejemplo, el sentimiento de culpa que arrastran en el universo Marvel muchos de sus personajes por los destrozos que causan con sus batallas grandiosas, ese es el eje de "Civil War", lo que lleva al enfrentamiento entre ellos y la necesidad de ponerlos bajo control.



La princesa Diana, Diana Prince y Wonder Woman son tres rostros en un mundo donde se suelen tener dos. Diana es la amazona niña, competitiva en un mundo de mujeres; es la profesional Diana Prince en el mundo imperfecto y lleno de egoísmos en el que se ha instalado y al que protege en su tercera encarnación, la de Wonder Woman.

La película, como la anterior, nos muestra en mundo de las amazonas y comienza con una lección moral sobre lo que se desea y la forma de conseguirlo. Es un discurso sobre los límites morales y la autenticidad. Ese principio moral forma parte de la educación en la nobleza de espíritu que marca la formación de Diana y definirá su universo moral posterior, su sentido protector, pero también justo y equilibrado. El principal objetivo de Diana es proteger, antepone el sufrimiento o daño a los demás al suyo propio.

El núcleo de la película es precisamente el dilema del altruismo en contraposición a la búsqueda egoísta de lo propio. Para vencer a los demás, a los que representan el mal, Diana tendrá que vencerse a sí misma, tendrá que renunciar a lo que más desea.




Esta nueva entrega está ambientada en 1984 y nos muestra a dos villanos surgidos de la frustración. No necesitan estar expuestos al mal porque su mal es precisamente el desear lo que no se tiene, la frustración de lo cotidiano, la de no ser nadie,  que se ve a través de estos personajes, de intención inicial muy diferente, pero con un proceso paralelo hacia su propia destrucción, capaces de arrastrar al mundo en una locura contagiosa.

Si se comprende este esquema complejo, entendemos que la película debe ir por derroteros diferentes a los habituales en el género. Debemos comprender el profundo sacrificio de Diana, su entrega altruista, gracias al tamaño e intensidad de la renuncia. Es de ahí, de renunciar a lo que más se quiere, de donde se recoge la fuerza perdida.

Hay una especie de fondo budista en la renuncia a lo gozoso para evitar el dolor, sacrificar antes que perder. Pero Diana es humana y lo que no tenía en el reino de las amazonas y tampoco se puede permitir en su rol de Wonder Woman, lo sufre en su forma de Diana Prince, donde es el amor lo que llena su vida y, consecuentemente, el dolor de perderlo.

Sobre el papel, las cosas están claras. Hay tres mundos: el inicial de las amazonas, el de los sentimientos de Diana y el del combate de Wonder Woman. Por más que Diana trate de humanizar el último, este se convertirá en el del combate sin piedad contra enemigos que tratarán de destruirla.



En el mundo de Diana Prince se pueden tener relaciones personales, conexiones amistosas, pero en el de la heroína el combate es el eje. Parte de su drama es precisamente haber quedado atrapada en los sentimientos en mitad de los conflictos.

Estos tres mundos son visualmente distintos. Pese a la competencia inicial, el mundo de las amazonas es el espacio protegido de la infancia, el del principio del deseo porque no se ha desarrollado todavía la moralidad y querer ganar es parte del juego sin tener en cuenta las consecuencias. Pero en el mundo de Diana Prince, la competencia se ha adueñado del espíritu de todos. Es el mundo del reaganismo, del neoliberalismo a ultranza en el que triunfar es una obligación y perder un drama social cósmico. Es en el este segundo espacio, el de 1984, donde se construye la fábula social del deseo. Nunca se tiene bastante; más y más es el lema.

Es aquí donde se nos muestran los dos personajes que se deshumanizan por su deseo. Barbara Minerva es el personaje del que nadie se acuerda, una mujer invisible por su vulgaridad. No llama la atención y nadie se la presta. El otro personaje, el del empresario fracasado Maxwell Lord, es el de la ambición sin límite. Comienza queriendo ser alguien delante de su hijo y pronto no tendrá bastante, arrastrando al mundo entero en una especie de mercadeo de los deseos. Es una metáfora económica de un mundo al que se arrastra a la destrucción despertando su ambición.



Los deseos de ser atractiva, admirada y temida finalmente por parte de Barbara Minerva se cumplirán pero deshumanizándola, como se nos muestra en su transformación final, donde se convierte en el animal cuya piel ha admirado en los zapatos de Diana Prince; Maxwell Lord casi destruirá lo único que le ha importado en ese mundo y que siempre está dejándole al margen, como un fracasado. Ambos aprenderán lecciones básicamente moral sobre el problema del deseo ciego, sin límites.

También Diana aprenderá algo sobre sí misma. Un héroe que no aprende es solo una máquina. Diana Prince no lo es. El mundo sencillo de las amazonas es sustituido por el de la complejidad de la pareja humana y de la sociedad misma.



Los tres mundos de la película tienen tratamiento visual y narrativo distinto. Quizá el más extraño en el conjunto es el intermedio el de Diana, que es precisamente el que carece del carácter épico por ser el sentimental, el de las emociones. No es fácil engarzar los tres de forma armónica. Quizá el guión necesitaría de algunas revisiones para un equilibrio más adecuado entre esos tres escenarios sin que se resintiera. Con todo, hay que reconocer la valentía del proyecto, asumido por Jenkins y la propia Gadot en la producción, de recrear un personaje con un universo moral propio, como trataba de ser el personaje en su idea original.

El filme tiene a una espléndida Gal Gadot, que se ha hecho con el personaje y transmite lo que necesita el personaje. Pero quien se hace con la pantalla es Pedro Pascal en su papel de Maxwell Lord, al que vemos desarrollarse en su desesperación inicial y en su megalomanía final. Hay mucho de trumpismo en su interpretación. Toda película acaba siendo interpretada en clave de presente y esta lo es. No le han dado el gusto al señor de la Casa Blanca de dar más detalles, pero no hace falta mucha imaginación para terminar de completar al personaje, especialmente en su fase final. Pascal hace materializarse a un personaje previsible. El papel de Barbara Minerva, interpretado por Kristen Wiig, marca también ese arco de transformación que va de la persona en la que nadie se fija e imponer el terror. Diana da, como no podía ser de otra manera, la oportunidad de la redención, aunque no siempre se aproveche.




Vuelvo al fenómeno de la extrañeza inicial. La película tiene momentos buenos de cine, pero nada se sostiene demasiado si la historia se resiente. Quizá sea la parte sentimental, la que recae sobre Chris Pine, la que sea más difícil de armonizar con el resto, pese a que se vuelva a 1984. La elección del momento se resuelve con algunos gags sobre la moda de aquellos años, lo que quizá nos desvía de la intención general y nos despista sobre el tono en que debemos asimilar el filme. No es fácil transitar un filme en el que se nos pide ir de las bromas sobre los pantalones de los 80 al apocalipsis. Es un tránsito excesivo incluso para una película de súper héroes.

Fuera de lo que es el filme en sí, se debe agradecer el esfuerzo de llevar el cine a las salas en esta situación en que nos encontramos. Frente a las plataformas, una película como esta requiere el espacio visual de las pantallas y el mensaje del retorno en condiciones. En ese sentido era esperada y ha cumplido.

JMª Aguirre


 

Wonder Woman 84  

Directora: Patty Jenkins

Guionistas: Patty Jenkins, Geoff Johns, Dave Callaham

Intérpretes: Gal Gadot, Chris Pine, Kristen Wiig, Pedro Pascal, Robin Wright, Connie Nielsen

 

viernes, 13 de noviembre de 2020

Hillbilly, una elegía rural (Hillbilly Elegy 2020)


Cuando uno está viendo una película como Hillbilly Elegy se da cuenta de la diferencia que hay entre las historias que se nos cuentan habitualmente y lo que sería una forma de realismo. En principio, todo discurso se escribe desde una serie de convenciones. El realismo es, pues, cuestión de grado y de convenciones. En este sentido, el grado de realismo de Hillbilly Elegy es elevado y, habría que añadir, convincente. Los recursos que se utilizan en esta película nos muestran una voluntad realista y, por ello un distanciamiento respecto a otras forma de narración. No hace falta afinar demasiado; lo notas en tu estómago. Son como patadas en cada situación, en cada frase en cada mirada. Hay un deseo de que mires y sientas, que entiendas de una manera distinta a como lo haces en otros momentos. Le puedo asegurar que en esta película se sentirá incómodo. Es la incomodidad de verte confrontado con otra forma de contarte o, si se prefiere así, de que te cuenten lo que habitualmente no te cuentan.


Para que esto se haga realidad, hay tres requisitos básicos: un buen guión, unos buenos actores y una buena dirección. El orden de la secuencia no es casual. La película cuenta con un sólido guión de Vanessa Taylor, basado en un libro autobiográfico de J.D Vance, el joven abogado que logra salir de la Norteamérica rural, la abandonada y que se pudre en sus propios jugos,  de un Kentucky cerrado sobre sí mismo devorando a los que viven allí.

La historia está contada entre dos tiempos, un presente de oportunidades y un pasado de fracasos y dolores, de luchas y autodestrucción, de incomprensiones y debilidades. El pueblo es una jaula.

En estos días de elecciones norteamericanas se habla mucho de lo que habitualmente no se habla, de esos Estados Unidos centrales, de ese mundo rural de poblaciones pequeñas y pequeñísimas, de su mentalidad conservadora. La película ayuda a comprender esa "ruralidad" norteamericana y sus diferencias, como nos muestra la propia historia.

Hay toda una tradición en la literatura norteamericana, extensiva a sus historias cinematográficas, relativa a la necesidad de la huida de unos pueblos cerrados, claustrofóbicos, en los que no es posible ni vivir, ni crear ni prosperar. Son agujeros oscuros en los que solo cabe la maledicencia y una maldad aburrida. El mejor ejemplo quizá sea el clásico de Sherwood Anderson, Winesburg, Ohio, una descripción de esos pueblos en los que enormes fuerzas intentan que te quedes allí pero tu conciencia te dice que si lo haces nunca llegarás a nada. La palabra norteamericana más terrible es "perdedor", la que se contrapone al sueño del éxito, algo que solo es posible alejándose.

Absténganse lo que van al cine a soñar. La película es un jarro de agua fría que nos despierta a golpe de realismo en cada situación, en cada palabra. Las convenciones saltan ante otras nuevas, una suerte de realismo sucio, de Dirty Realism, término ya casi olvidado. Pero las palabras e imágenes finales nos remiten al mundo real, a los que vivieron aquellas situaciones, recogidas por J.D. Vance en su escrito autobiográfico, el mismo al que hemos visto moverse y luchar contra todos, contra sí mismo a lo largo de esta película.

Para que la historia pueda funcionar son necesarios actores que sean capaces de entender que no están en una película convencional, es decir, que no vale el repertorio convencional de signos con los que transmite habitualmente sus expresiones. Y es aquí donde los valores de la película se multiplican.

¡Qué extraordinarias interpretaciones de dos grandes actrices, Amy Adams y Glenn Close! Todo ese edificio levantado por la historia necesita ser creíble y lo es hasta límites insospechados. No sé cómo están las quinielas de los Oscar de este año tan raro, pero las interpretaciones de ambas actrices se merecen los máximos galardones por unos trabajos de una meticulosidad extrema y de una complejidad pocas veces vistas.

La complejidad del personaje sobre el que pivota la historia es Bev (Amy Adams),hija y madre, doble dimensión esencial, ya que recibe y da o, si se prefiere, no ha recibido y no da más que circunstancialmente. Es la chica que tenía un futuro pero que un embarazo adolescente ató para toda la vida a aquel pueblo y a su propia destrucción. Y es la hija de una madre, Mamaw (Glenn Close) que se siente responsable por no haber sido capaz de apoyarla en su momento y haber dejado que se autodestruyera. Unos caen y otros se salvan; unos son ayudados y otros se pierden en la negrura de la vida. La caída de unos actúa como culpa sobre otros, genera una fuerza destructiva.

Pero la idea central es que todos nos necesitamos, que las fuerzas para sobrevivir en la vida nos llegan de quienes nos quieren cuando nos fallamos a nosotros mismos. Una de esas patadas al estómago que recibimos es la de una dura lección, amarse no es una tarea fácil. La vida nos lo dice todos los días, pero el cine no siempre. El hecho de basarse en la vida de J. D. (un gran trabajo del actor Gabriel Basso, adulto, y de Owen Asztalos de adolescente) tiene la propia experiencia y la ausencia de disfraz. Vivir juntos no significa conocerse y conocerse no significa amarse. Por el mismo motivo, pelearse no significa odiarse, aunque a veces lo parezca. Es difícil olvidar algunas miradas tanto de Glenn Close como de Amy Adams. Pocas veces hemos sentido ese poder tan real en la vida cotidiana, esas miradas fulminantes, por las que se escapa esa ira que estalla, explosiva. El personaje de Bev va más allá de sus miradas, como en la escena en que el joven J.D. tiene que refugiarse en una casa.

El pueblo es un escenario destructivo. Es una trampa de la que se puede o no escapar. Quedarse allí es un riesgo, un enorme peligro. Toda la vida de Bev gira sobre el dolor de haber tenido unas buenas notas en el instituto pero no haber podido escapar. Es el drama del presente de J.D. que el pasado nos ayuda a comprender en todo su dramatismo. Esa cita a las 10 de la mañana que le espera para decidir su futuro es algo más que unas prácticas veraniegas. Es una decisión vital.

Hay otras buenas interpretaciones, como una muy convincente Haley Bennett, la hermana de J.D., también arrastrada por lo que ocurre en la familia, luchando por su propia felicidad, casi supervivencia. También ella aporta ese contrapunto a J.D. con el destino de las mujeres, que no es irse del pueblo, ya sea por fracaso personal o por amor.

La película está construida con pequeñas piezas, piezas violentas, de ese conflicto permanente, de la locura de unos y el remordimiento de otros. En el fondo, la conciencia culpable de haber fallado a unos o a otros dentro de una familia.

La tercera pata de la película es la dirección de Ron Howard. Es un director curtido en todo tipo de proyectos, pero quizá sea esta una de sus películas más personales, un proyecto alejado de lo que estamos acostumbrados a ver. La dirección se ajusta a las interpretaciones, que son el foco de la historia y aquello que nos transmite la fuerte carga emocional. Le queda la enorme tarea de coser las pequeñas piezas, como esas colchas de retazos, para que comprendamos el conjunto. La historia nos va arrastrando por el ambiente de ese pueblo que sirve de escenario para un drama vulgar, como es característico de las tragedias contemporáneas. Puede que el arte no los ennoblezca en sí, pero si nos muestra que existen hechos y momentos de dignidad humana en cualquier apartado rincón. La tragedia está en la condición humana, es decir, no tiene que ver con la nobleza, sino con el sentido de que no tenemos más que una vida, que el tiempo no vuelve atrás y que las oportunidades perdidas han quedado en el camino. "Responsabilidad", nos dirán en la película, afrontar las responsabilidades de lo que hacemos, sus consecuencias, es lo que realmente dignifica la figura trágica.

La película es dura por ese realismo descarnado y humano, por ese dolor constante, ese odio a uno mismo, que vemos en los personajes. Pero se equilibra con la fuerza que encontramos, si sabemos buscarla, en los demás.

La historia es tan cotidiana que se hunde en la vulgaridad, en los seres que existen porque los miramos y nos compadecemos de ellos. También la tragedia clásica buscaba nuestra compasión, quizá porque es lo que nos hace realmente humanos. Olvidar, perdonar, vivir, continuar, apoyar... son verbos sobre los que se construye esta película, como la vida misma.

Un gran reconocimiento a esas actrices que han sido capaces de transformarse ellas mismas, salir de sus papeles, para volverse humanas. Cuesta identificar a Glenn Close como la elegante Marquesa de Merteuil, de Las amistades peligrosas, o a Amy Adams como la Louise Lane de Superman. Pero esa es la magia del actor, salir de sí mismo para que podamos entrar en ellos.

Vi la película solo, en un cine vacío, en primera sesión. Merece la pena verse. Quizá todos queramos ir al cine a distraernos, al olvidar el duro mundo exterior. Hillbilly Elegy es lo contrario. No se sale con pesimismo, sino como de una verdadera tragedia, purgado, con la lucidez de ver con claridad aquella tragedia que se repite una y otra vez en todos rincones del mundo. La vida es lucha y caída, levantarse y seguir. Lo demás... es espectáculo.

J. Mª Aguirre

 


Hillbilly, una elegía rural (Hillbilly Elegy 2020)  

Director: Ron Howard

Guionista: Vannessa Taylor, sobre la obra de J.D. Vance

Intérpretes: Amy Adams, Glenn Close, Bo Hopkins, Gabriel Basso, Freida Pinto, Owen Asztalos, Haley Bennett

Nacionalidad: USA

domingo, 8 de noviembre de 2020

Las Brujas, de Roal Dahl (Robert Zemeckis 2020)


 El amor del director Robert Zemeckis por la tecnología está frecuentemente probado. Lo ha hecho presente en las historias contadas, como en la serie Regreso al futuro, como en el uso de la tecnología para hacer avanzar cualquier nuevo desarrollo que le permitiera usar todo tipo de efectos especiales en sus obras, como en Forrest Gump, una de sus obras más celebradas, o en El Expreso Polar. Ya sea delante o detrás de las cámaras, la técnica le permite a Zemeckis contar sus historias sin límites.

En Las brujas, de Roal Dahl, Zemeckis unen la magia de la historia y la tecnología digital. Es aquí donde Zemeckis recrea el universo de Dahl en una versión particular, trasladándonos hasta el Sur profundo de los Estados Unidos y a la comunidad afroamericana, lo que permite añadir una serie de detalles sobre la cuestión racial, que se revela en un simple detalle como una propina. o la forma de relacionarse

La historia de Dahl es una historia ya peculiar de por sí, estableciendo la guerra universal entre las brujas y los niños, una enemistad mítica. El bien y el mal adquieren tintes generacionales y simbólicos en un universo donde se dan esas luchas de las que solo son conscientes unos pocos.

La película tiene dos tonos diferentes. La primera parte, realista, con una recreación de ese ambiente sureño, con una luz propia. Y la segunda en la que se entra de lleno en la fantasía tras la transformación de su protagonista. Desde ese momento, la película cambia y adquiere un ritmo y una planificación totalmente distinta, siguiendo a esos nuevos personajes, teóricamente los mismos pero que con su cambio de aspecto pasan a ver el universo desde otra perspectiva. El mundo de los humanos, el de los ratones y el de las brujas se entremezclan con perspectivas diferentes: los planos extremos, ya sean cenitales o a ras de suelo, generales o del detalle del bolso de la abuela dan cuenta de esas miradas diferentes de cada uno de ellos.

El universo del niño que ha perdido a su familia, con ese magnífico plano rotante del accidente, se va haciendo cada día más oscuro, encajando con el de su abuela, una magnífica Octavia Spencer, que arrastra la culpabilidad desde su propia infancia por aquella amiga que perdió y que pasará ahora al contraataque, junto a su nieto y los compañeros de batalla contra las brujas.

Anne Hathaway en el papel de bruja-jefa, la bruja de todas las brujas, padece los efectos especiales en su rostro con dignidad interpretativa, tocada con un acento entre centroeuropeo y perverso a secas. Habrá que pasar una temporada hasta que se nos pase la impresión y las pesadillas. Una Hathaway que nos recuerda al malvado protagonista del Venom, de Marvel, algo que los fans de la actriz difícilmente perdonarán, pero el papel es el papel.

Octavia Spencer cumple como contrapartida de la bruja en su papel de curandera que se enfrenta al mal y de abuela que intenta sacar a su nieto de su propia oscuridad trágica. Es una magnífica actriz y sabe darle al personaje el carácter trágico que arrastra y la humanidad de quien tiene que sacar a su nieto del agujero en el que se encuentra.

Stanley Tucci no ofrece una más de sus múltiples caras como director del hotel, un papel plano, pero que el actor sabe hacer siempre dándole el registro necesario.

El niño Jahzir Bruno transmite bien su carácter introvertido, el dolor por la muerte de sus padres.

La película se va deslizando desde el plano realista de la Alabama de los 60 al fantástico del hotel. Cuando adquiere el segundo tono, el ritmo se transforma al seguir las peripecias por cocinas, pasillos y respiraderos. Algunos planos nos remiten a la magnífica Ratatouille (2005), de Brad Bird, me imagino que algo inevitable en una película interpretada por ratones. La IMDB ha realizado un montaje comparando los planos de la película de Nicholas Roeg, de 1990, con Angelica Huston en el papel de la bruja, y esta de Zemeckis, de treinta años después. De una a otra, la tecnología de animación por medio.

Como en toda cinta de Zemeckis, este pone a prueba la tecnología al servicio de la propia historia. La pregunta entonces debe ser: ¿son creíbles los ratones? La respuesta es sí. Lo más divertido de la película es precisamente esa transformación, es donde la comedia, con su ritmo, se apoya en la diversidad de los tipos y en su capacidad de expresarlos. En este sentido, los ratones son más convincentes que las malvadas brujas, cuyas desapariciones pirotécnicas parecen un poco chupinazo de sanfermines. Son un poco más convincentes como malvadas ratas.

La película no es de lo mejor de Zemeckis, un director que se ha ganado un hueco en la historia del cine por muchos otros filmes, pero cumple la función externa de entretener con una historia ya conocida y de poner a prueba las técnicas que acabarán incorporándose a otras muchas películas. Impresionante el listado de personal técnico en todos los apartados, animación, efectos visuales, etc.

En el guión se encuentra Guillermo del Toro junto a Zemeckis y Kenya Barris. El director Alfonso Quarón también está en la producción junto al propio Zemeckis y a del Toro. Todos ellos son amigos de lo fantástico y de la técnica, como han dado muestras en sus películas. En grupo de amigos de la fantasía y cinéfilos dando vida a esta historia.

Joaquín Mª Aguirre

 


Las brujas de Roal Dahl (2020)    

Director: Robert Zemeckis

Guionistas: Robert Zemeckis, Kenya Barris y Guillermo del Toro. Basado en la obra de Roal Dahl

Intérpretes: Octavia Spencer, Anne Hathaway, Stanley Tucci, Jazhir Bruno, Chris Rock (voz)

Producción: USA

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