sábado, 1 de febrero de 2020

Volando juntos (2019)


Dirigida por Nicolas Vanier, escritor, cineasta, aventurero y concienciador (resume lo anterior) sobre los problemas de la Naturaleza (o sea, los nuestros), nos ha llegado este fin de semana Volando juntos (Donne-moi des Ailes 2019). Si tuviéramos que condensar en una frase esta película diríamos: "historia sencilla, problemas complejos".
Quizá hace unos años, una película como esta hubiera pasado desapercibida, pero llega en el momento en el que es posible conectar lo que nos cuenta y lo que sabemos que ocurre en nuestro entorno. Habría pasado por una película sobre la naturaleza, sin más. Pero lo que percibimos en una pantalla está conectado con los nos espera al salir, entre las luces y sombras de la vida. Volando juntos es una película y esa película nos plantea un problema externo y otros internos que son los que constituyen la trama de su historia.
La historia es sencilla y muchas veces previsible, pero no por ello es menos eficaz en su doble plano, el cinematográfico y el de concienciarnos de un grave problema.
La historia de Thomas, niño urbanita y centrado en los videojuegos, con unos padres recién separados, pasaría desapercibida, una más. Un padre eco-romántico, centrado en lo suyo y saltándose las reglas más elementales, para perseguir su objetivo; y una madre que trata de rehacer su vida ante el ensimismamiento de su marido y su tendencia natural a contar trolas. Todo esto lo hemos visto decenas de veces. Incluso lo que sigue después —los vericuetos familiares— son caminos trillados.

Lo importante es que todos sus problemas nos importan poco en comparación con los auténticos protagonistas, los gansos y su peligro de extinción por los obstáculos que los seres humanos hemos sembrado en los recorridos de sus migraciones. Los gansos somos todos. Que resuelva la familia sus minucias como puedan. Lo importante es otra cosa.
Los demás personajes se nos quedan dibujados como lo que son, interferencias en la vida de los gansos. Los policías nórdicos, la periodista, el alcalde, etc. cumplen la misión de cualquier narración, poner obstáculos o ayudar. Pero el viaje real, el de los ganso, ya está lleno de dificultades. Nosotros somos su dificultad.
Interesa lo esencial: que Thomas llegue a conectar con el mundo exterior. ¿Qué es esto ante la extinción de una especie?
Vivimos así entre dos historias, pasando de una a otra. Los padres discuten, sí; pero preferimos a los gansos y a cómo Thomas se convierte en su guía, al que seguirán a travesando Europa desde el círculo ártico hasta el sur de Francia.
La película tiene momentos de enorme belleza, pero lo que podría ser decorativo en otras no lo es aquí por lo señalado anteriormente. Lo importante es el viaje, el de los gansos con Thomas, que él remeda inspirándose en el clásico de Selma Lagerloff, El maravilloso viaje de Nils Holgersson.
El enorme mérito de Nicolas Vanier es mantener las dos partes de la película, el proceso del cambio de Thomas y el viaje en sí, bien conectadas. Esas son las verdaderas historias, por encima de las familiares, periodísticas o las prácticas promocionales de la región.


Es interesante la traducción española y el cambio del cartel anunciador. El "Dame alas" francés del titulo de la obra original de Vanier se sustituye por el más ajustado español de "Volando juntos", desplazando la imagen del padre y el hijo por la de Thomas con los gansos. Esto es mucho más acertado y aclara el sentido de la obra. Que el padre vuele con quien quiera, pero Thomas y nosotros lo haremos con los gansos.
Thomas se convierte en un ganso más, recoge esas alas mecánicas que su padre le ha dado y se transforma —gracias a los mecanismos de la impronta— en alguien que les enseña un mejor viaje, lejos de los peligros que el ser humano ha ido sembrando en sus trayectorias habituales.
La historia es sencilla; la enseñanza, en cambio, tiene mucha más trascendencia y cae en terreno abonado, especialmente para la sensibilización de los más jóvenes. Pese a la historia adulta, que a los niños les traerá un tanto al fresco, los que se encontraban en la sala irrumpieron en aplausos al terminar. Habían vivido —es de lo que se trataba— el viaje con Thomas, compartido su aventura junto a los gansos.
La interpretación, con la excepción de Thomas, que es el personaje que evoluciona y cambia, el que vive el dramatismo de la historia, es más estereotípica. Ellos representan sus papeles y se emocionan o angustian cuando deben. Los protagonistas no son ellos, sino Thomas, bien interpretado en su soledad por el joven Louis Vazquez, y los gansos.


La base de la película es el viaje, el más viejo recurso narrativo y el más eficaz, metáfora de la vida, del penar de un principio a un fin. No necesita más Vanier para enseñarnos lo que desea que veamos. El gran valor de la película es su sencillez. Deseas seguir a Thomas y a sus gansos, olvidarte de los humanos que han quedado atrás. Deseas ver la belleza que ellos perciben, pero no comprenden. Thomas sí y con él nosotros nos dejamos seducir por esa belleza desde el cielo de un mundo que apagamos entre todos.
La fotografía es de Éric Guichard, que ya firmó la magnífica Himalaya (Eric Valli y Michel Debats 1999), otro prodigio visual, una ventana a la naturaleza que nos permite percibirla en toda su grandeza.
Thomas y su familia son ellos, cada uno es alguien. Estos gansos son todos los gansos; su aventura es la de todos los gansos, aunque ellos no lo comprendan. Nosotros sí y por eso les seguimos con el corazón esperanzado y con los ojos bien abiertos en su aventura.
J.A.



Volando juntos (2019)
Director: Nicolas Vanier
Guionistas: Nicolas Vanier, Lilou Fogli, Christian Moullec, Matthieu Petit
Intérpretes: Jean-Paul Rouve, Mélanie Doutey, Louis Vazquez, Lilou Fogli, Frédéric Saurel, Grégori Baquet, Dominique Pinon, Ariane Pirié, Philippe Magnan



domingo, 26 de enero de 2020

Aguas oscuras (2019)


Aguas oscuras (Dark Waters 2019) se sustenta en un férreo guión de Mario Correa y Mathew Michael Carnahan, basado en un artículo periodístico titulado "The Lawyer Who Became DuPont's Worst Nightmare", firmado por Nathaniel Rich, publicado en The New York Times. Hay que empezar por esto porque creo que es relevante en este caso y en una cinematografía como la de Todd Haynes, que tiende a moverse con más libertad.
Haynes tiene lo que se suele llamar "voluntad de estilo" y este filme se encuentra en las antípodas del ejercicio imaginativo realizado en su obra anterior, Wonderstruck (2017), nominada a la Palma de Oro en Cannes. Aguas oscuras, todo sea dicho, me resulta más convincente por su sencillez que la obra anterior en su barroquismo, pero Haynes es un director camaleónico, un explorador de las formas de los discursos.
El origen periodístico de la historia nos lleva a la realidad, al mundo real con sus juegos de poder y control.
El mundo, se nos dice, está controlado por las grandes empresas y solo una fe firme es capaz de enfrentarse a ellas. La demostración viene dada por un abogado, bien interpretado por Mark Ruffalo, que ha se ha pasado su carrera defendiendo empresas y se ve condicionado por una recomendación de su abuela a aceptar un caso con un paleto de Virginia Occidental, que tiene que ver con un envenenamiento de tierras y muerte del ganado.
La compresión desde nuestra butaca de que estamos ante un caso real, que se manejan nombres reales de las empresas y de productos que tenemos en nuestros hogares es un condicionante de nuestra recepción —nunca es objetiva—, algo que se ve incentivado por el formato realista de la escritura cinematográfica.
Se puede leer mucho entrelíneas en el guión del filme sobre la América actual de Trump. No creo que sea casual el enfoque, aunque el planteamiento dé lugar lecturas complicadas. El malhumorado paleto que encarga al abogado Robert Bilott (M. Ruffalo) te dice mucho de esa América profunda que se supone que ha respaldado a Trump. Esa desconfianza hacia el mundo de las empresas, de los políticos, de todo... muestra una brecha monstruosa entre unos y otros. Bilott representará el puente, el abogado que se mueve entre las grandes empresas, pero no olvida sus orígenes en una pequeña población agrícola y ganadera. El desprecio con el que le llaman "paleto" los ejecutivos que se le enfrentan muestra esa brecha americana. Sus idas y venidas en coche de la ciudad al campo son el recorrido entre dos mundos alejados por años luz.


La película muestra —lo busque o no— cuál es el verdadero poder en Norteamérica y cuál el escenario de la lucha entre unas empresas con dinero ilimitado y todo el tiempo del mundo, frente a personas cuyas vidas se acaban antes de ser citadas en los pleitos.
La película pasa a ser una gran metáfora del mundo actual, controlado por las empresas. Esta se desarrolla en los encuentros entre el abogado y el paleto Wilbur Tennant, magistralmente interpretado por el actor Bill Camp.
La película no es condescendiente. Uno de los buenos momentos se produce cuando el jefe de Tennant (Tim Robbins) lanza a los miembros del bufete un discurso sobre por qué todo mundo desprecia a los abogados. Son esos momentos verbales los que acaban envolviendo a las imágenes reales, las que nos describen ese mundo podrido donde es el poderoso el que gana.
La película, como el propio título del artículo que sirve de base al filme señala, es una descripción de una voluntad, la de una persona que elige el camino más complicado. La de un paleto bien vestido, que es lo que el personaje representa.
El filme lo hemos visto muchas veces. Esta vez lo que se nos muestra ha tenido lugar. Las muertes de animales y personas, los miles de afectados... no son cifras lejanas, sino dramas personales de gente olvidada, de gente que tiene que aceptar lo que les dan porque las personas que les están matando son la empresa que les da trabajo. Son los dilemas de la vida real.


La queja se convierte en lamento profundo. Nadie ayuda a esos paletos abandonados a su suerte en las tierras de Virginia. La música de John Denver sirve de contrapunto irónico a la realidad de esos caminos de muerte: Country roads, take me home...
Y el hogar está en crisis profunda. Ya sea por los brotes del racismo o por el mundo controlado por las grandes empresas, distorsionada por los medios... la América que se nos muestra tiene su propia guerra interior, un drama de conciencias. Tanto en el drama de Eastwood, Richard Jewell, como en este Aguas oscuras, la pregunta que resuena es "¿quién me defiende?" lanzada por personas que se ven solas frente a lo que les llega con violencia de un mundo despiadado. No hay nada en que apoyarse, nadie en quien confiar.
Estupendos Victor Garber y Tim Robbins en sus papeles contrapuestos. Bien Anne Hathaway como la esposa de Bilott y, como se ha señalado, magistral en su papel de paleto Bill Camp.
Quizá la sobrecarga de superhéroes y de fantasía de todos los órdenes está fomentando este tipo de cine que no es que sea realista, sino que va a casos reales. Hace unos días comentábamos aquí el magnífico Richard Jewell, de Clint Eastwood, otro filme basado en un caso real. Son varios filmes este año con base en la realidad. Servirá de equilibrio y nos ayudará a tener los pies en la tierra.
J.A.



Aguas oscuras 2019
Director: Todd Haynes
Guionistas: Mario Correa y Mathew Michael Carnahan; artículo de Mathew Michael Carnahan
Actores: Mark Ruffalo, Anne Hathaway, Victor Garber, Tim Robbins, Bill Camp

viernes, 17 de enero de 2020

Jojo Rabitt (2019)


Jojo Rabitt es un proyecto total de Taika Waititi. Se ocupa del guión, de la dirección e interpreta un papel especial en la película, el Adolf Hitler existente en la mente del niño de diez años. El guión es magnífico, la dirección espléndida y su interpretación de un histriónico Adolf es divertida y eficaz.
Puede que al lector le haya parecido extraña la expresión "divertida" para referirse a un personaje como Hitler, que no sería alguien a quien se podría incluir en la lista de las mil personas más divertidas de la historia. Pero es ahí donde reside el eje sobre el que pivota la película.
Jojo Rabitt es una película muy difícil de clasificar porque se mueve entre los géneros, las referencias cinematográficas (del cine de Richard Lester con los Beatles a El gran dictador de Chaplin, pasando por John Updike, Corre, Conejo) y el anacronismo histórico, todo ello con una forma de distanciamiento brechtiano que sorprendería probablemente al propio Brecht.
La historia de un niño de diez años, Jojo, con el cerebro infectado de nazismo que se enfrenta al mundo que le rodea, planteándose un conflicto entre lo que siente de forma natural y lo que han hecho con él de forma artificial adoctrinándolo podía haberse contado de muchas maneras, con muchos tonos.
La principal virtud de guión, dirección e interpretación es precisamente la naturalidad de lo artificial de todo el montaje del filme. No hace falta razonarlo, simplemente nos metemos dentro aceptándolo como una forma dada de expresar el mundo.


Creo que es una interesante forma de iniciar la película transformando un fenómeno lejano, la locura de masas del nazismo con la histeria de la beatlemanía. Taika Waititi nos da entrada a través de la música, que tiene un importante papel narrativo, emocional y sobre todo para mantener el distanciamiento del tiempo histórico y el acercamiento al tiempo "pop" actual. Creo que la idea de Waititi es hacernos comprender los mecanismos del nazismo, sociales y personales, a través de los caminos de hoy, especialmente en tiempos en los que comienzan a repuntar comportamientos antisemitas en diversas partes del mundo.
Waititi utiliza todos los recursos menos el realismo o la historicidad. Eso es lo que se nos pide a los espectadores, que seamos capaces de completar el puzle histórico e ideológico que se nos muestra, que sepamos ver debajo de lo que se nos muestra. En este sentido es una película inteligente que juega lo suficiente con nosotros en la misma medida en que se nos pide que juguemos con ella.
Me imagino que pronto algunos sacarán a colación La vida es bella, el magnífico filme de Roberto Begnini. Creo que lo que hace Waititi es justo lo contrario. Begnini trataba de ocultar el sufrimiento al niño en el campo de concentración. Era un contexto realista oculto para el niño.  Aquí se trata del proceso contrario, de evolucionar de la ceguera a la lucidez. Allí el humor se centraba en el padre; aquí en un Hitler deconstruido que queda en evidencia como juego mental de Jojo.


Todo en la película es distorsión para darnos la esencia de las cosas; es puro esperpento valleinclanesco. Hay un buen ejemplo en la imagen final del nazi de fantasía que interpreta Sam Rockwell.
Una película extravagante en su sentido de originalidad y distanciamiento de los demás, de este tipo solo puede funcionar esmerándose en la realización y sobre todo en la interpretación. Aquí se debe resaltar el poder visual, casi enloquecido, de la narración de Waititi, plenamente pop y surrealista, llenas de imágenes absurdas, pero reveladoras. De los ejercicios de entrenamiento en la piscina a las locuras de una Rebel Wilson, el filme se mueve entre en una suerte de slapstick pop, por un lado, y un humor más verbal que nos muestra el elemento naif del personaje de Jojo. Los diálogos entre Jojo (Roman Griffin Davis) y su amigo Yorki (Archie Yates) son deliciosos y muestran esa voluntad de supervivencia para los niños que se ven arrastrados a la locura nazi primero y bélica después. Es importante distinguir —creo que el filme lo hace— esos dos elementos: la locura que lleva a la guerra por seguir al líder de la propia guerra.
La interpretación de Roman Griffin Davis como Jojo es extraordinaria dotando al personaje de todos los matices necesarios para que podamos seguirle en su evolución interior. De enorme inteligencia la interpretación de Scarlett Johanson, una mujer que ama y teme a su hijo. La escena de la cena y del baile con el hijo tras la discusión me parece extraordinaria por lo que revela de una capacidad de entender la profundidad de los sentimientos que alberga.
Los actores se forman dos grupos, los que tienen sus confusos sentimientos propios —Jojo, su madre Rosie y Elsa la chica judía— y aquellos que construyen el fondo histórico y son construcciones abstractas, casi caricaturas.
El arte cinematográfico —también la narración y la poesía— tratan de dar vida a ciertos objetos que se convierten en símbolos y se impregnan de los conflictos. Así ocurre con los zapatos y cordones, unos elementos a lo largo de la película que nos permite una de las mejores escenas de la película, la culminación del drama.


El humor surrealista de la película no es una distracción ni un edulcorante, sino una vía hacia el fondo del drama, que transcurre en la mente de un niño, cuya figura paterna ausente ha sido ocupada por Adolf Hitler. Que el propio Waika Waititi se encargue de interpretar a Hitler nos dice mucho de la forma en que se percibe la figura. La interpretación es magnífica porque no es fácil hacer una caricatura de Hitler sin caer en el histrionismo del propio Hitler, como tantas veces se le ha interpretado. El Hitler de la mente de Jojo es una figura especial, que encarna muchas facetas porque en el fondo es un reflejo de su propia mente alienada. Waititi consigue que la figura sea ajustada al juego del guión sin caer en lo fácil, manteniéndose en todo momento dentro de sus límites, los propios de la mente de Jojo. Jojo se mueve entre conversaciones con Rosie, su madre, con la chica judía, Elsa, interpretada también con solidez por Thomasin McKenzie, su compañero Yorki y una muestra de tipos que le sirven para intentar comprender un mundo lleno de peligros. Como el "conejo" de John Updike, la solución es correr o bailar. Magnífico final sin palabras, ruptura del realismo, entre Jojo y Elsa.
La película está nominada a 6 premios Oscar, entre ellos el de mejor película, mejor guión y una segunda nominación en el mismo año para una gran actriz, Scarlett Johanson, que sabe darle profundidad a un personaje lleno de matices y secretos. Es un gran año de cine y lo tendrán difícil los que votan.
Taika Watiti ha sabido moverse en ese ambiente de inserción de comedia anteriormente. Pero esto no es exactamente una comedia: deja de ser un género para ser un lenguaje, una forma de descripción de lo que es realmente un drama profundo, la lucha por el alma de un niño y la supervivencia en un mundo monstruoso.
J.A.


Jojo Rabitt (2019)  
Director: Taika Waititi
Guionista: Taika Waititi
Intérpretes: Roman Griffin Davis, Scarlett Johanson, Thomasin McKenzie, Taika Waititi, Sam Rockwell, Archie Yates, Rebel Wilson, Stephen Merchant...

sábado, 11 de enero de 2020

1917 (2019)


Cuando se asiste a la proyección de 1917, la película de Sam Mendes son muchas cosas las que te pasan por la cabeza, muchas ideas sobre lo que el cine puede o no ser. Lo que en sentido positivo pasa con esta película, es lo que sucedía de forma negativa con Cats, anverso y reverso de un arte racional y emocional. Los dos procesos se ponen en marcha, conocimiento y emoción, como suele ocurrir con las verdaderas obras de arte en cualquier arte. Y 1917 es una obra de arte.
Lo que experimentas mientras la ves te lleva a la salida a pensar sobre lo que has visto, a revisar tu propias experiencias emocionales y estéticas. 
He mencionado Cats como el reverso de 1917. Lo que veíamos en Cats era el intento de presentarnos una pretenciosa obra musical que se quedaba reducida a nada en una pantalla porque se había olvidado que era una película. En la película de Mendes nos encontramos con un discurso sobre lo que significa el cine desnudado de cualquier parafernalia exterior. 1917 es un ejercicio narrativo y visual, una pieza construida con mimo y esmero, sin márgenes. 
La autenticidad del arte consiste en desnudarse de lo que se ha ido formando a su alrededor para llegar a su núcleo primitivo, su esencia, algo que el artista busca sin saber muy bien qué es, pero que cuando lo encuentra descubre que era lo que buscaba. En 1917 el arte se hace sencillo y lo sencillo se hace arte. No necesita de secuencias espectaculares (las tiene), no necesita de efectos especiales (los tiene)... esta construida sobre la solidez de su proyecto, una historia personal que va ascendiendo a universal sobre el ser humano. Eso es lo que caracteriza al arte frente a la mera biografía. 
Los críticos se han centrado en lo que les parecía más llamativo del filme, su pericia técnica para hacer sentir al espectador que era una sola toma. Eso da sobre qué hablar un rato, pero lo complicado es dar el salto a lo que eso implica como toma de decisión radical sobre la puesta en escena, la obra en sí y lo que se nos trata de mostrar a través de ella.


Mendes es un hombre que está acostumbrado (si eso es posible) a dirigir a Shakespeare o a Chejov sobre un escenario, incluso ha dirigido musicales como Oliver. Pero Mendes no ha utilizado el teatro (como en Cats), sino que ha aprendido en él la profundidad de la experiencia humana, su complejidad y el absurdo del mundo en el que sobrevivimos. Hay una frase suya que lo explica bien: «All my films are linked by similar concerns, if you look below the surface. They're all about one or more people who are lost and trying to find a way through. It's no different with this one, it just happens that they do find a way through.» Se refería a su película Un lugar donde quedarse (2006), pero la descripción del fondo es la misma: gente perdida tratando de encontrar un camino. Aquí, en 1917, esto se convierte en literal.
No se deje engañar, esta película está más cerca de Camino de Perdición o de Revolutionary Road, que de las de acción, por más que Mendes le haya dado un toque existencial a Bond. Esto no es una película de acción, por más que no se pare en la película. Tampoco tiene mucho que ver con Salvar al soldado Ryan, como señalan otros. Tiene más que ver con lo existencial de Sin novedad en el frente (Lewis Milestone 1930),  que con otras películas bélicas. Pero la forma de promocionar hoy las películas es implacable.

Sin novedad en el frente (1930)
En el aspecto técnico, la película es un reto excepcional. No se trata ya de movimientos de la cámara, sino de mantener la coherencia de los planos producidos por el propio movimiento, un montaje interno. En ocasiones, este tipo de prácticas de largas secuencias derivan hacia una forma más documental. No es esto lo que ocurre en 1917, sino más bien lo contrario. La imagen que surge en el movimiento continuo pasa a ser profundamente expresiva aprovechando al extremo lo que podía quedar, en mitad de la preocupación por la continuidad del movimiento. Con una cámara, sin cortes de planos que posibiliten un montaje posterior, la dirección convierte el mundo en un ballet, en un movimiento de danza para crear las necesarias transiciones que permitan tanto el movimiento natural de los actores en el espacio, como el movimiento dentro del plano para la composición expresiva adecuada. Solo de esta segunda manera podría hablar de un lenguaje. Por decirlo así: al reducir las posibilidades del lenguaje (el corte de los planos, los encuadres, los puntos de vista diferentes...) como una decisión estilística, Mendes concentra en los recursos disponibles toda su energía visual. Se autolimita para conseguir el efecto inicial que busca, sobre el que va construyendo el filme.


Desde el punto de vista técnico, la película es una exhibición de cómo la técnica puede desaparecer, volver invisible. No es posible hacer una película como esta sin usar una serie de recursos técnico. Pero Mendes los usa en la dirección contraria, para mostrar la eficacia de la desnudez, de la sencillez, dejando que sea esta la que impacte sobre nuestra vista y oído. La continuidad hace que vivamos la película no subjetivamente, sino como observadores condenados a no dejar de mirar. En esta mirada es esencial la forma naturalista de la fotografía, que aprovecha la luz o la falta de ella para caracterizar los espacios y la forma de sentirlos.
Sam Mendes nos hace movernos por espacios abiertos que se llenan con miles de soldados, como la escena magnífica de la entrada en las trincheras en formación de columnas o el salto a campo abierto, con momentos en los que el espacio se reduce a la nada, como en el interior de las trincheras alemanas. En todas y cada una de ellas, el espacio mantiene una dimensión doble, real y simbólica. El director consigue que la obra se mantenga en una equilibrio perfecto entre esos dos ámbitos. Lo naturalista no mata lo simbólico y lo simbólico no mata lo naturalista.
Como película itinerante, su estructura está marcada por los encuentros en el recorrido. Recurre al más antiguo de los motivos narrativos, al viaje, metáfora de la vida misma en su recorrido. Y eso es 1917, un viaje hacia el infierno en el que la supervivencia es una forma de aprendizaje. La guerra se convierte en un escenario del absurdo humano en el que lo único que se puede hacer es sobrevivir... y una generosidad redentora que anula la reducción a un primitivismo egoísta. El mundo es absurdo, solo le dan sentido los actos de desprendimiento que nos devuelven la humanidad, no en un sentido de cantidad, sino de cualidad y de calidez.


El filme tiene secuencias extraordinarias en la que no necesita de la palabra para transmitir proclamas. La guerra es barbarie porque es la mayor deshumanización. No es la violencia de la naturaleza sino la violencia absurda. Esta se escenifica en la secuencia del aviador, que se convierte en el centro del absurdo y cierra la primera parte de la película. La segunda parte nos deja en solitario al soldado Schofield abandonado a su suerte, la parte más lírica, especialmente la desarrollada en la noche terrible, con la persecución, hasta llegar al momento culminante de la escucha del himno Wayfaring Stranger. Es en esta parte donde se desarrolla la persecución nocturna y la asombrosa secuencia del río. "Fuego" y "agua" se convierten en los elementos básicos simbólicos de esa desnudez, como antes los fueron "tierra" (las trincheras) y "aire" (el combate aéreo) que completan el cuadro elemental antes del "renacimiento" del personaje.
Película extraordinaria que nos muestra que es posible hacer un cine arte que conviva con otras formas. Es posible todavía escribir guiones porque hay algo que decir y unas formas nuevas de decirlo, que el arte no se han agotado, girando sobre sí mismo, sino que puede hacernos sentir todavía emociones nuevas en una butaca.
La elección de los intérpretes nos da una muestra del sentido de "obra" que Sam Mendes le quería dar. Los actores más conocidos quedan relegados a momentos específicos, puntuales, mientras que la continuidad es desarrollada por Dean-Charles Chapman (el cabo Blake) y George MacKay (el cabo Schofield), que hacen un trabajo meticuloso con sus actuaciones transmitiendo su inocencia y la esencia del absurdo existencial, cómo sobrevivir a nuestras propias decisiones. Estas se transforman en situaciones que nos crean una fatalidad de la que no podemos escapar. En la pregunta de Schofield a Blake, "¿por qué me has elegido?" se encierra el sinsentido. Después tendrá una travesía por el infierno, un morir y un renacer. El renacimiento es la oportunidad, que no todos tienen, de aprender del mundo.


En este sentido, el guión es esa sucesión de acontecimientos que revelan ese absurdo, esa suposición constante sobre el futuro desde un presente que nos muestra la fatalidad de un universo oscuro y sin piedad. No hay recompensa para las buenas acciones; solo el acto voluntarioso de la piedad hacia el que sufre, que a veces tiene su propio castigo, como se nos muestra. Puede que el mundo no tenga piedad, pero nosotros sí podemos tener piedad con el mundo.
El himno que cantan los soldados es una esperanza que se verá en unos campos muy distintos, los de batalla:

I'm just a poor wayfaring stranger
Traveling through this world below
There is no sickness, no toil, nor danger
In that bright land to which I go

I'm going there to see my Father
And all my loved ones who've gone on
I'm just going over Jordan
I'm just going over home

I know dark clouds will gather 'round me
I know my way is hard and steep
But beauteous fields arise before me
Where God's redeemed, their vigils…

En esta escena, el magistral movimiento de la cámara parte del personaje y vuelve a ella tras recorrer a los cientos de soldados que van a dar el salto a la batalla. El rostro entre la multitud lo dice todo. Ellos cantan y confían; él sabe.
Si tuviera que emparentar este filme de Mendes, lo haría con Rashomon (1950), el filme ya clásico de Akira Kurosawa. Al final, tras la guerra, la destrucción, el horror..., la esperanza humana es salvar a un niño de todo eso. Es el gesto, probablemente, optimista de pensar que el mundo puede ser un lugar mejor en el futuro.


Cuando el presente se hace insoportable, es el futuro donde se pone la esperanza. Cuando todo es caos y absurdo y no hay explicación que sostenga el mundo en pie, la guerra acaba generando un solo sentimiento: volver a casa, encontrarte con los que te quieren. Mágnifico plano final, suprimiendo cualquier tentación (¡tan norteamericana!) de hacer discursos finales. Las fotos son suficientes.
Película grandiosa en lo técnico y con la sublime sencillez existencial del mensaje que se desprende de ella. Puede que el mundo sea un caos, pero un poco de bien está en nuestras manos. Aunque el mundo no lo tenga, podemos hacer algo por él que le dé un mínimo de sentido, aunque sea para poder seguir y regresar, como Ulises, a casa.
J.A.



1917 (2019)   
Director: Sam Mendes
Guionistas: Sam Mendes y Kristy Wilson-Cairnes
Intérpretes: Dean-Charles Chapman, George MacKay, Colin Firth, Mark Strong, Benedict Cumberbatch, Richard Madden, Claire Duburcq


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