sábado, 23 de octubre de 2021

La Crónica Francesa (Wes Anderson 2021)

 


Si hay un cine que podemos identificar con un solo plano es el de Wes Anderson. Las películas de Anderson se construyen plano a plano y nosotros, espectadores, vamos a través de esta sutil arquitectura en la que se juega con nuestra visión y comprensión, en la que se alternan los modos narrativos y plásticos, los formatos o el color. Con La Crónica Francesa Anderson ha construido su pirámide de Keops, su obelisco, su especial monumento a una forma personalísima de entender el cine.

Vaya por delante: he disfrutado de cada uno de los momentos de esta película sutil y disparatada, de comicidad peculiar, en la que todo está compuesto al milímetro dejando al descubierto el cine sin secretos de Anderson.

El punto de partida es la translación a la pantalla de un número de la revista norteamericana, La Crónica Francesa, antes llamada Picnic, y un suplemento de un periódico de Kansas, en los Estados Unidos. La Crónica Francesa es una publicación que se ocupa de llevar Francia a esos norteamericanos que no llegarán a pisarla nunca o, si prefiere, que soñarán con esa Francia que les cuentan sus reporteros. La película nos ofrece tres amplios reportajes más las piezas inicial y final que componen ese número de la revista.


Las tres historias "francesas" que se cuentan son, pues, tres reportajes distintos, tres historias a cargo de diferentes reporteros que, desde Francia, han intentado comunicar a sus lectores los hechos y el espíritu de una Francia que es a los ojos de sus espectadores (nosotros) cada vez más delirante, mientras que es para sus lectores un testimonio de esa "Francia real" que les hacen llegar. Las reglas del juego están claras: será la personalidad de cada reportero la que perciba primero y narre después esa Francia peculiar.

Los tres episodios o reportajes son: el arte de un criminal encerrado en la cárcel al que los promotores de arte quieren controlar; una revolución política juvenil, especie de "mayo del 68", que se resuelve a través de partidas de ajedrez con la participación de la "vieja periodista"; y, finalmente una disparatada historia en la que se entremezcla la gastronomía con el crimen, en una llamada "cocina policial". Cada vez que pasas a la siguiente tienes dudas de saber con cuál quedarte. Cada una tiene entidad suficiente y marca, con claridad, de página de inicio a final, su reportaje en La Crónica Francesa.


A Wes Anderson les está empezando a pasar lo que ocurrió durante una época con W. Allen, que todos quieren estar en sus películas, lo que suele ser un indicador importante de reconocimiento. No creo que exista presupuesto capaz de pagar tanto talento interpretativo como hay en la película de Anderson. La lista de actores y actrices es interminable, primeras figuras que hacen pequeños papeles, me imagino que casi por el placer de estar allí, entusiasmados por el cine original de Anderson. Cuando los intérpretes llegan a ciertos niveles, el aliciente suele ser es orgullo de formar parte de un proyecto distintos, de una película que les aporte originalidad en un mundo rutinario, casi mecánico en el que se mueve la mayoría del cine.

En el primer "artículo" tenemos como los tres actores principales a Benicio del Toro, Adrien Brody, Tilda Swinton y a Léa Seydoux, recién salida del último Bond; en el segundo reportaje tenemos a Thimotheé Chalamet, Frances McDormand y a la argelina Lyna Khoudri; en el reportaje final, mucho más repartido, tenemos Jeffrey Wright, a Mathieu Almalric, Stephen Park, Christoph Waltz, Liv Schreiber, Edward Norton, Saoirse Ronan, Willem Dafoe... entre otros. Los integrantes de La Crónica Francesa no quedan atrás, desde su director Bill Murray a Owen Wilson pasando por Elisabeth Moss. Otros muchos actores como Anjelica Huston, Jason Schwartzman, Henry Winkler, Tony Revolory, Bob Balaban... y decenas más en un reparto que incluye a una gran cantidad de actores franceses.


El centro del filme de Anderson, su motor, está compuesto por el estereotipo de lo "francés" entremezclado alrededor de los tópicos del "arte", la "revolución juvenil" y la "cocina". Sobre estos tres ejes franceses, Anderson va sumando elementos hasta llegar al absurdo en cada una de las historias.

El guión está acorde con la historia; las palabras, los diálogos son "pseudo franceses" hasta la médula. La historia en su conjunto está bien creada partiendo de sus propios genes, los creados por Anderson y sus compañeros guionistas. Cada historia-reportaje reúne "lo francés", la peculiar forma de contarlo desde la personalidad de cada uno de sus redactores y esos destinatarios finales, los lectores distantes perdidos en el centro de los Estados Unidos, para los que se escribe y corrigen los textos en la redacción, bajo ese cartel que indica "Aquí no se llora", lema del director. 

Hay ingenio en cada diálogo, es "francesidad" incorporada a los personajes para hacer encajar el conjunto. Esta "forma gala" se extiende en todos los niveles, tanto en los visuales como en los narrativos. Es decir, por ejemplo, la pareja de gendarmes en bicicleta que cruzan por la pantalla es una forma de marcar "lo francés" de forma icónica. Los ejemplos se multiplican en un espacio que, lógicamente, se tuvo que trasladar a Francia —la ciudad de Angoulême— para poder superponerse a sí mismo.



La obra se "narra" desde diferentes medios, de la obra de teatro sobre un escenario a los cómics o el cine animado, de la conferencia ante un auditorio a la entrevista televisiva, junto, por supuesto, con las propias páginas que componen La Crónica Francesa, que nos pueden llegar también de forma oral, como en el caso del reportero cuya memoria le permite repetir, palabra por palabra, todo lo que ha escrito.



Los formatos de pantalla cambian a lo largo del filme, de la misma forma que se pasa del blanco y negro al color y de este al blanco y negro de nuevo. Los personajes quedan congelados en pantalla mientras que algunos continúan con la libertad de moverse. Pasamos de fotogramas estáticos a otros terriblemente dinámicos. La película es un repertorio de lenguajes posibles, de encuadres, de movimientos y de planificación. La película hace literal las palabras, las convierte en imágenes; las imágenes son naturales y a la vez tópicas, mostrando la Francia que esperamos ver, la que hemos construido en nuestra imaginación a través de todo tipo de discursos recibidos. Por eso podemos recordar a través de ellas cuadros (como el baño de Thimotée Chalamet) o canciones. 


A Wes Anderson no le preocupa la "realidad", sino lo que se construye en la cultura a partir de ella, sus distorsiones y acentos y cómo esto es lo que imaginan sus lectores espectadores. Es un ejercicio de indagación, a través del humor, en los mecanismos mediante los que construimos esa "Francia" lejana, construida a golpe de recuerdo.

El cine de Wes Anderson ha logrado unir todo esto en una película de humor sutil, de ironía constante, ritmo imparable. Simplemente cine.

Joaquín Mª Aguirre 

 

 

La Crónica Francesa (The French Dispatch 2021)   

Director: Wes Anderson

Guionistas: Wes Anderson; historia por Roman Coppola, Hugo Guinness, Jason Schwartzman

Nacionalidad: USA

Intérpretes: Benicio del Toro, Adrien Brody, Tilda Swinton, Léa Seydoux, Thimotheé Chalamet, Frances McDormand, Lyna Khoudri, Jeffrey Wright, Mathieu Almalric, Steve Park, Christoph Waltz, Liv Schreiber, Edward Norton, Saoirse Ronan, Willem Dafoe, Bill Murray, Owen Wilson, Elisabeth Moss, Anjelica Huston, Jason Schwartzman, Henry Winkler, Tony Revolory, Bob Balaban...

 

domingo, 3 de octubre de 2021

Sin tiempo para morir (Cary Joji Fukunaga 2021)



Dicen en el "trivia" de la IMDBb que Cary Joji Fukunaga es "First American director to direct an official James Bond film". La cosa se podría quedar en mera anécdota, pero creo que tiene su importancia, no tanto por unas diferencias estilísticas, achacables a la forma de entender cada uno la dirección cinematográfica, sino porque nos encontramos con un director con una producción anterior muy distinta a lo que cabría esperar para el director de un filme de James Bond.

Esto ocurre precisamente porque un filme de Bond es un filme especial. Desde los años sesenta años, los filmes de Bond se han construido como género específico, único, imitados con poca fortuna, muchas veces superados, pero sin lograr ese carácter de género o, si se prefiere, de subgénero. Como tal, tiene sus seguidores, los que van al cine sabiendo lo que les van a dar y la esperanza de nuevas perspectivas. Sin tiempo para morir satisface ambas expectativas: es Bond y es Bond de otra manera.

Como género ligado a un nombre, James Bond, encarnación de un personaje salido de una serie de novelas populares, los filmes de Bond giran sobre la elección del actor que debe encarnarlo, sobre su capacidad de transmitirnos unos sentimientos y hacernos contemplar las acciones en que participa. Bond es muchas cosas, algo que comprendemos pasados todos estos años, cuando nos enfrentamos a una película que nos añade facetas de Bond que le amplían como ser humano y como espía al Servicio Secreto de la Misma Majestad que había cuando surgió el primer Bond con Sean Connery. En realidad todo ha cambiado, menos la reina.


La entrada de Daniel Craig para el personaje nos ha dejado las mejores películas de James Bond, las más complejas frente a los cuatro tópicos con las que nacieron en la época de la guerra fría y la minifalda. Los argumentos dieron un giro a una mayor complejidad, adentrándose en la ambigüedad y dejando por el camino los pasos que algunas emprendieron. Daniel Craig ha sabido darle una nueva forma más madura al personaje sin abandonar unos principios que son los que han ido marcando al personaje, enfrentado cada vez a situaciones más complejas.

Sin tiempo para morir (No time To Die) es una buena película de Bond y es una buena película, sin más. El termómetro de la atención nos dice que no nos aburrimos en sus casi tres horas de metraje, que está sabiamente organizada y estructurada, donde el guion tiene ritmo y giros que nos llevan de un lugar a otro.

Las películas de Bond siempre han sido "cosmopolitas" en sus escenarios, algo que aquí no se relega, pero se le da un valor más allá de lo turístico, de las vistas desde lugares espectaculares. Pero también asistimos a una forma diferente, al ascenso de espacios modestos a lugares épicos.


Al tratamiento del espacio contribuye el rodaje de secuencias en IMAX, lo que nos ofrece un sentido más próximo del espacio, algo que el director Christopher Nolan supo incorporar en sus Batman del Caballero Oscuro. El espacio contiene la acción y se nos hace presente con más intensidad y realismo.

Lo que más me ha llamado la atención en el filme es una concepción que podríamos calificar como coreográfica, muy dinámica, del espacio. Como filme de Bond, combina acción y seducción, las bases del género. Las acciones tienen dos tipos de espacios perfectamente tratados, los grandes espacios en los que se desarrollan peleas y persecuciones, pero también existen otros espacios reducidos en los que el drama es transmitido por primeros planos, con lo que se potencia el dramatismo. El cine es espacio, tiempo y movimiento y el primero es el que contiene a los otros dos. La dirección se ajusta a la secuencia como punto en el que todo sucede.

Hay una característica que el director ha conseguido en su manejo de las secuencias de acción, impregnarlas de dramatismo mediante planificación y montaje adecuados. Los espectadores lo notarán desde la primera secuencia, la de apertura, con las escenas del campo de hielo, pero que se repetirá en el filme, pues este contiene un encadenado de escenas montadas todas ellas de forma meticulosa, como cuentas de un collar, talladas una a una con sus objetivos parciales y puestas al servicio del conjunto. De esta manera, cada una de esas secuencias tiene un tratamiento en el que el espacio marca su confección. La solidez del guion asegura que se mantenga el orden general y que vayamos avanzando en la historia. Esto da una gran agilidad al filme y una variedad estilística.


Cuando la historia se humaniza, hacen falta actores que sean capaces de transmitirlo. Este filme de Bond cuenta con un extenso reparto, una extensa lista de buenos actores, pues quizá sea uno de los filmes más corales de la serie. Se recrea así el mundo personal de Bond, más allá de la acción. Todos se ven inmersos en su peripecia y su intervención da sentido al conjunto.

Cada personaje tiene su tono. Eso ocurre con las secuencias, por ejemplo, con Ana de Armas, donde el sentido que se le ha dado al personaje le permite brillar con elegancia y humor. Excelente su secuencia en la fiesta de Spectra.


Un tono totalmente diferente es el que le da Léa Seydoux, que hace un gran papel componiendo a la Madeleine sobre la que gira la historia en su conjunto. Puede que haya que salvar el mundo, pero también el propio corazón. Seydoux está a la altura en todos los tonos complejos que su personaje requiere de principio a fin de la película, ya que es ella la que le da sentido al conjunto.

Daniel Craig es un gran actor y ha conseguido crear un Bond sorteando los anteriores. No quiso parecerse a ninguno y componer el propio a tono con las historias más serias y sólidas que se le creaban. En este filme, vemos al Bond más complejo y humano, el que nos tiene que hacer sentir lo que lleva dentro y que no siempre manifiesta, pero esas son las habilidades del actor.


Los personajes que habían sido presentados en películas anteriores como meramente funcionales son proyectados hacia el exterior, participando en la acción, pero sobre todo mostrando su interior, es decir, saliendo del estereotipo y convirtiéndose en reales, con sus debilidades y fuerzas propias. El "M" de Ralph Fiennes, por ejemplo, es más complejo y participante que otras películas anteriores, algo que el actor aprovecha.

Personajes como "Q" (Ben Whishaw) o MoneyPenny (Naomie Harris) salen igualmente del tópico circunstancial y ganan protagonismo permitiendo adentrarnos en ese universo Bond por el que hemos pasado de puntillas en décadas y que la serie con Craig ha permitido ir ahondando. Lashana Lynch, Rory Kinnear, Jeffrey Wright, Christopher Waltz entre otros dan entrada a nuevos y viejos personajes en este filme que abre y cierra puertas.


Si Bond es el eje, el villano es el equilibrio. Si Bond tiene un carácter estable, pasando de película en película con los añadidos correspondientes, los villanos comparten su deseo destructivo, pero varían en presencia y motivaciones. El villano de esta es Lyutsifer Safin, encarnado por Rami Malek, un villano torturado y también complicado.  Tras la máscara o con su cara deforme, Malek le da al personaje un cuerpo y expresión de maldad total desde la obsesión del megalómano visionario.


Sin tiempo para morir es una película entretenida, que ha sabido construir una historia nueva para Bond y en la que se ve empeño por parte de todos, desde la historia hasta la realización de Cary Joji Fukunaga, un realizador que ha querido dar una visión de Bond manteniendo lo esencial del personaje pero permitiéndole evolucionar. Como ocurre en otras ocasiones, su trayectoria anterior como director (Beast of No Nation, 2015, Jane Eyre, 2011, o Sin nombre, 2009, en cine; en series de TV como El alienista, True Detective) o guionista (IT, de 2017, o las series citadas), no parecían las idóneas. Sin embargo, con los resultados podemos comprobar que ha hecho precisamente un Bond coherente con lo anterior y abierto en el presente.


Magnífica la partitura de Hans Zimmer sobre los ya clásicos temas de Bond, otro detalle de identidad mantenido desde el origen. La canción Billy Eilish tiene una preciosa letra y describe bien lo que es la película: el dolor es de quien lo llora.

Ha costado tiempo que se estrenara, por muy diferentes motivos (del cambio de director a la pandemia), pero Bond lo ha conseguido. La sala estaba con mucha más gente de la que hemos visto en semanas y meses anteriores. Bond sigue siendo Bond.

Joaquín Mª Aguirre

 


 

Sin tiempo para morir 2021    

Director: Cary Joji Fukunaga

Guionistas: Neal Purvis, Robert Wade, Cary Joji Fukunaga y Phoebe Waller-Bridge

Producción: Reino Unido, Estados Unidos

Intérpretes: Daniel Craig, Léa Seydoux, Rami Malek, Ana de Armas, Ralph Fiennes, Ben Whishaw, Naomie Harris, Lashana Lynch, Rory Kinnear, Jeffrey Wright, Christopher Waltz...

domingo, 26 de septiembre de 2021

Cry Macho (Clint Eastwood 2021)


Cuando terminó la película, el chico que hace la limpieza de la sala preguntó a una pareja que ya salía: ¿qué tal? La mujer le dijo: "Una historia muy bonita, pero da pena verlo tan mayor".  La visión opuesta es la alegría que da ver que una persona con 91 años a sus espaldas sigue haciendo buen cine. Es el vaso medio vacío o medio lleno. Pero eso es algo que viene de fuera del filme, en donde debemos aceptar sus supuestos iniciales.

Clint Eastwood ha sabido esperar las películas en cada momento de su vida. Dicen que pasó años para poder interpretar el personaje de "Sin perdón", la película que le consagró definitivamente como un clásico vivo, expresión que se le suele aplicar. Esta película es una historia para la que no sé si ha esperado, pero sí que merece la penar ver por muchos motivos. 

Cry Macho es una película aparentemente sencilla en el mejor sentido del término, el del arte que no esconde nada y que muestra, sin trampa ni cartón, sus objetivos. Y es además una película, en otro orden, también relativamente optimista. Eastwood construye un mundo inicialmente negativo y llega a un final en el que el futuro es corto pero intenso para uno, el personaje de Eastwood, Mike Milo, y largo e incierto para otro, el joven al que debe llevar de regreso a los Estados Unidos desde México, para Rafael. Pero lo importante —y esto es una filosofía de vida— no es lo que puede ocurrirnos, siempre algo abierto a todo tipo de incidencias e incertidumbres, sino lo que vamos dejando atrás, día a día, lo que es nuestro equipaje existencial. En cada momento, su decisión.

Cry Macho es una "road movie" de personajes extremos, en este caso en forma de ver el mundo, culturalmente y por la edad. El género mete en un mismo vehículo o sube a unos caballos a dos personajes dispares y los somete a todo tipo de pruebas durante el viaje, símbolo de la vida y de la transformación. "A story of been lost... and found", dice el cartel norteamericano de la película, lo que lleva a varias preguntas sobre el derecho a la redención a costa ajena o, si se prefiere, si "final feliz" significa lo mismo para todos. Pero quizá sea así la vida, lo que nos llevaría por otros derroteros.

Por un sentido del compromiso ("¡me lo debes!") Mike Milo se mete en un viaje para devolver al hijo de su antiguo jefe a los Estados Unidos. Tendrá que pasar la frontera y buscar al hijo que se encuentra con una "madre", que lo tuvo, pero no ha querido saber mucho de él. Más bien se le ha generado una personalidad conflictiva y rebelde con la Milo, una vez encontrado, deberá lidiar en su accidentado regreso.

El filme sigue la novela de N. Richard Nash, de donde habrá sacado las vicisitudes y resultados. En este sentido, la película es una road movie, un filme de género. Es una película sobre lo que la vida te quita, a veces te lo devuelve. Por el camino, ambos, Mike Milo y Rafael, se van encontrando con sus pruebas y con sus conversaciones descubriendo que su sentido negativo de la vida tiene otras alternativas. La interpretación sobre hasta qué punto es cierto a través de lo que vemos queda en manos de los espectadores, pues la historia nos ha sembrado de suficientes elementos negativos como para ir más allá de que la felicidad dura poco, es un estado transitorio, y hay que saber aprovecharla.

Desde el punto de vista cinematográfico, la película cuenta con una excepcional fotografía de Ben Davis, que sabe crear a través de la luz y los encuadres unos ambientes específicos para la épica o para la intimidad de los personajes.


Los personajes, más allá de los sicarios o encuentros del camino, son una estupenda Natalia Traven en el papel de Marta, regente de una isla femenina en el camino; los padres de Rafael, interpretados por el cantante country Dwight Yoakam y la actriz chilena, Fernanda Urrejola. El personaje de Rafael está interpretado por Eduardo Minett que es capaz de dar cuenta de la evolución.

Después de dejar madurar la película un par de días, creo que es más "oscura" de lo que a primera vista percibimos, que esa "bonita historia" tiene más aristas de las que pensamos y que Eastwood, una vez más, nos ha metido en un universo ambiguo, con una ineludible dimensión moral a la que ha de enfrentarse en espectador.

Cry Macho es una historia de padres sin hijos y de hijos sin padres; también de padres que no valoran a los hijos y de hijos que valoran en exceso a los padres. De todo ello surge es mundo que Eastwood nos muestra en este filme, aparentemente sencillo, pero no tanto.

Joaquín Mª Aguirre

 



Cry Macho (2021)     

Director: Clint Eastwood

Guionistas: Nick Schenk, N. Richard Nash

Producción: USA

Intérpretes: Clint Eastwood, Natalia Traven, Eduardo Minett, Dwight Yoakam

domingo, 19 de septiembre de 2021

Dune (Denis Villeneuve 2021)


Desde Incendios (2010), el director franco-canadiense Denis Villeneuve ha dejado una serie de buenas películas, muchas de ellas auténticos desafíos, como lanzarse a la aventura de la segunda parte de la mítica Blade Runner con su Blade Runner 2049 (2017). Nos ha dejado también buenas películas con dos obras tan distintas como La llegada (2016) y Sicario (2016) donde nos daba muestras de saber moverse por género distintos. Se lanza de nuevo a una aventura maldita, llevar al cine la novela de Frank Herbert Dune, que ya tentó a un grande, David Lynch, con un gran fracaso. Esto no ha parecido hacer dudar a Villeneuve, sino más bien lo contrario.

Se ha estrenado la primera parte de lo que parece que tendrá una segunda, un Dune 2 (para estrenar en 2023) y otra tercera entrega destinada a ser una serie de televisión. Toda una apuesta por un futuro que hasta que no ha llegado a las salas parecía tener mucho en contra. Sin embargo, Villeneuve ha sabido contentar a los lectores que aman Dune y que no tienen buen recuerdo del filme de Lynch.

De Dune se puede decir que sus dos horas y media de metraje no se sienten, que te verías con gusto esa segunda parte por llegar. Y también muchas otras cosas que se irán desgranando en esta reseña del filme.

Creo que es importante empezar por qué representa Villeneuve a la vista de sus películas anteriores. Creo que como director saber construir una historia sólida, sin flecos; tiene un gran sentido del ritmo cinematográfico y, finalmente, un estilo plástico característico capaz de dar el tono adecuado al filme. Es decir, Villeneuve tiene un marcado sentido del estilo, concibe el cine como un lenguaje integral, compuesto por todos esos elementos.

La historia de Dune es enrevesada, densa; eso proviene de un mundo complejo, creado por Herbert. Si comprobamos las dos películas de ciencia-ficción anteriores de Villeneuve, comprobamos que transcurren en dos mundos muy distintos, pese a ser terrenales. En la llegada era importante que el mundo creado fuera igual al nuestro, pues así lo vivimos en primera persona. Algo muy distinto al ambiente creado en Blade Runner 2049, donde se aleja de nuestro mundo y, a la vez, mantiene un equilibrio con el del Blade Runner de Scott, para acabar creando un segundo universo al que se llega, de una visualización completamente diferente, pero muy eficaz.

Para Dune, Villeneuve y su equipo han tenido que crear un mundo y una mirada, dos aspectos que se unen, pero que no son lo mismo. Hay que crear un mundo primero para poder mirarlo después. Crear el mundo sabiendo cómo debe resultar tras nuestra mirada es un proceso que no está al alcance de cualquiera en muchos sentidos. Villeneuve creando un mundo sombrío espectacular para luego atomizarlo en pequeñas unidades, fragmentos que lo convierten en una abstracción; crea espacios inmensos para llenarlos de juegos de sobras posteriormente. Levanta espacios para luego centrarse en los sueños, en las visiones, que son como pequeños destellos.

Todo esto quiere decir una cosa importante, que Villeneuve sabe que todo lo que el cine construye es para destruirlo después bajo las miradas que configuran los planos y su dinámica interna. Al final no importa lo grandioso, sino lo que cabe en el plano y lo que cabe en el plano es lo que se necesita para que el filme nos lleve hacia su final.

El guion de Dune es sólido y permite que la historia no se desperdigue demasiado entre conflictos y lugares. Pero es sobre todo en la actuación donde se les da consistencia psicológica a los actores. Allí donde muchos filmes de ciencia ficción se centran en las salas de máquinas, controles y grandes naves, en Dune lo esencial es el drama humano, en la ambición y la traición, que son los móviles de alma humana desde los griegos en adelante. Las tragedias no necesitan de escenarios porque su materia son las ambiciones e ilusiones humanas, los sueños fallidos. Villeneuve tiene un innato sentido para la tragedia humana, es decir, sabe poner el foco en lo que realmente atrapa y no solo en lo espectacular.


Para ello cuenta con dos actores que llevan el peso en primer término una creciente Rebecca Fergusson que demuestra que es válida para cualquier papel, pasando de las peleas de las Mission Impossible (le quedan 2 por estrenar) o la malvada Rose the Hat en Doctor Sueños (2019) al papel de madre vigilante del joven Timothée Chalamet. Como actriz, Ferguson es de una versatilidad enorme, lo que implica inteligencia interpretativa, saber adaptarse a lo que se quiere transmitir y ponerse al servicio del proyecto.

Thimothée Chalamet es el centro del filme como Paul Atreides. Sobre él gira la trama, sobre lo que le ocurre, sobre lo que cree que ocurrirá y sobre lo que ocurrirá realmente. Chalamet también incluye —a sus 24 años— una cierta cantidad de buenos filmes, del Mujercitas, de Greta Gerwig, al Interestellar (2024), pasando por Lady Bird (Greta Gerwig) o Call Me by Your Name (Luca Guadgnino), ambas de 2017. Empezó con pequeños papeles en comedias y ha acabado siendo un actor necesario para mostrar esa profundidad de la duda que no todos saben transmitir.

También Zendaya se nos va presentando en esta primera parte para alcanzar protagonismo, esperamos, en la segunda parte de este filme, para la que habremos de esperar más de un año.


Otro actor que se ha consolidado es Oscar Isaacs, sólido en su papel del Duque, padre de Paul Atreides. El reparto se amplía con actores sólidos, como Josh Brolin, que no se pierde fantasía alguna; una encubierta Charlotte Rampling; y un reconocible, pese al maquillaje y las sombras, Stellan Skasgard. Jason Momoa y Dave Bautista hacen de héroe y villano respectivamente con convencimiento. Javier Bardem aparece en la segunda parte del film y suponemos tendrá un papel destacado en el segundo filme.

El estilo de Villeneuve nos muestra la historia con un gran sentido visual. No se trata de mostrar lo grandioso de los espacios, sino del ritmo visual, de sabe crear una sensación en quien mira, en el espectador al que se le ofrece un mundo sombrío en el que la oscuridad moral está acorde con esa oscuridad en la que deben preservarse unos para que no se vea su monstruosidad y otros para sobrellevar el calor que les destruye.

Dune ya nos está haciendo desear que llegue esa segunda parte para ver a nuestro joven Paul y a su madre en nuevas aventuras que confirmen su destino.

Joaquín Mª Aguirre 

 


Dune (2021)     

Director: Denis Villeneuve

Guionistas: John Spaihts, Denis Villeneuve y Eric Roth

Nacionalidad: USA, Canadá

Intérpretes: Timothée Chalamet,  Rebecca Ferguson, Zendaya, Oscar Isaacs, Josh Brolin, Dave Bautista, Charlotte Rampling, Javier Bardem, Stellan Skasgard, Jason Momoa, Sharon Duncan-Brewster, Chen Chang...

 

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