Estados Unidos parece empeñado en realizar una profunda radiografía de una parte olvidada, la América rural realizando brutales descripciones. Las hemos visto en películas como Minari (Lee Isaac Gung 2020) o Hillbilly Elegy (Ron Howard 2020) o, incluso, con otro tono la celebrada Nomadland (Chloé Zhao 2020). Nos llega ahora otro film que nos describe con crudeza un universo rural, esta vez en Dakota del Norte. Uno de nosotros es un trabajo del director y escritor Thomas Bezucha, que nos deja un sólido drama que no auguraban algunas de sus películas anteriores.
La
historia de una pareja de abuelos intentando recuperar a su nieto le sirve para
hacer una radiografía de dos modelos familiares muy diferentes, el que representan
el matrimonio Blackledge, Margaret y George, interpretados de forma espléndida
por Diane Lane y Kevin Costner, por un lado, y los Weboy, una familia de
hombres construida alrededor de la matriarca, Blanche, con una gran interpretación
de la actriz Lesley Manville. La obra enfrenta esos dos modelos imperfectos de
familia en donde las dos mujeres arrastran a los que están a su alrededor un
enfrentamiento para hacerse con el pequeño.
Cada
familia representa una cierta forma de poder. Margaret arrastra a George a
tratar de sacar al pequeño de entre los Weboy; Blanche cierra filas para
impedirlo. El desenlace, no vamos a descubrirlo, nos muestra las consecuencias
de hechos pasados que no han sido asumidos. En el fondo, es una primitiva lucha por la continuidad en la vida.
La
película se centra en dos poderosos elementos tras la historia: en primer lugar
la buenas interpretaciones de los actores y actrices que representan papeles
con muchos matices. Hay que entrar en ellos, en sus frustraciones, para poder
ver las dimensiones últimas de unos personajes que van más allá de los
estereotipos.
El dúo
Lane-Kostner está impecable en su trabajo mostrando el "soft-power"
de Margaret. Parece que no pasa el tiempo por una actriz como Diane Lane,
manteniendo esa fuerza única como actriz que comenzó a llenar la pantalla desde aquel lejano Calles de fuego, de Walter Hill, que fue la película que le elevó directamente a esa extraña
dimensión de las personas que enamoran a las cámaras. Su naturalidad es la que
necesita el personaje para que comprendamos su fondo. Como contrapartida, un
contenido Kevin Costner, que hace reflejar a su personaje la dependencia que de
ella tiene. Frente a la naturalidad tranquila de ambos, el universo infantil de
la matriarca de los Weboy, un grupo de crecidos y brutales hijos alrededor de
una madre dominante.
La película
nos habla de un mundo perdido, primitivo, de fuerzas primarias alrededor de la
familia. Kayli Carter, con el personaje de Lorna, la viuda y madre el niño en
disputa, es la pieza clave en este mundo brutal, pues en ella se han fijado
primero el joven Blackledge y después un Weboy. Ella es la bisagra sobra la que
todo el juego se articula. La actriz le da un aire vulgar al personaje que
oculta el atractivo que uno y otro le encontraron.
Lejos
de un maniqueísmo simplista, Thomas Bezucha le sabe dar a la historia matices,
muchos de ellos ofrecidos desde el plano visual, de la composición estética. El
segundo factor importante es la fotografía. La geografía explica a los individuos,
en cierto sentido. La dureza del mundo en el que viven les forja y da sentido a
sus historias personales. La fotografía sabe captar esa conexión entre los
personajes y sus territorios, que defienden con violencia, pues es el centro de
sus vidas. Lo que se nos muestra es primitivo y brutal, seco.
La historia es un drama que afecta a las relaciones posesivas sobre los hijos, sus reacciones y los efectos de su pérdidas. Son los motores que están bajo la acción, explicando el drama que gira sobre esos hijos perdidos a los que se desea retener con efectos desastrosos.
La
película es otra aportación a esa radiografía de la América interior, esta vez
ambientada a comienzo de los 60 (parece ser que la historia original lo estaba
en los 50). Se está convirtiendo en el escenario en el que se pueden
desarrollar estas tragedias familiares, desnudas de artificio, que muestran las
pasiones primarias y la presión sobre los miembros de las familia. La tragedia en estado rural.
Joaquín Mª Aguirre
Uno de
nosotros (2020)
Director:
Thomas Bezucha
Guionista:
Thomas Bezucha
País:
USA
Intérpretes:
Diana Lane, Kevin Costner, Kayli Carter, Lesley Manville, Jeffrey Donovan,
Booboo Stewart
Otra sorpresa
francesa en esta época de pandemia, distribuida ante la falta de productos
norteamericanos, que no se arriesgan en las taquillas (solo Tenet y Wonder
Woman 84 y alguna más lo han hecho). La pandemia ha permitido un cine más
cotidiano, con historias más centradas en nuestro mundo sufriente renunciando a
mundos imaginarios o distantes. El arte se adapta a nuestras circunstancias,
como debe ser.
Bajo
las estrellas de París (Sur les Étoiles
de Paris 2020) es una película dirigida por Claux Drexel y coescrita junto
a Olivier Brunhes. El título poético, en realidad, es literal: nos describe la
vida en las calles de una mendiga parisina, Christine, una mujer sobre la que
se insinúa un pasado trágico, que vive recogiéndose en lugares escondidos por
las noches y comiendo en dispensarios. Una noche escucha un ruido junto a la
verja del lugar abierto junto al río, un almacén que dejan abierto para que
pueda dormir allí en el crudo invierto parisino. Lo que ve es a Suli, un niño africano
de ocho años que deambula solo por la ciudad, empapado. Christine le deja pasar
la noche allí a regañadientes y, poco a poco, se va formando una amistad sin
palabras, ya que el niño no habla francés. Pronto descubre que hay una foto de
la madre y una orden de deportación, que el niño conserva. Tras diversas
vicisitudes, comienzan el rastreo de la madre.
La
película es un filme sobre la humanidad y sobre su otra cara, la
deshumanización moderna de nuestras ciudades. El recorrido del filme es así doble,
la profundización de una amistad entre ambos personajes, por un lado; por el
otro, se nos muestra la dureza, el desprecio de los otros, reducidos a molestia
para la vista, a espectáculo indeseado en la ciudad.
Bajo
las estrellas de París es una película que nos muestra nuestro mundo
inmisericorde. Cómo la mendiga va acercándose al niño, contrasta con la forma
en que son tratados por aquellos que están asentados y los ven problemáticos.
El hombre que le dio un jersey a Christine montará en cólera cuando se dé
cuenta que lo lleva puesto un negro. El racismo lo percibimos en muchos
momentos de la película con poca sutileza. Pero es solo una parte, la falta de
caridad la podemos ver en el trata que le dan a ella cuando va al Centro de Retención.
La sencillez
de la acción que se nos cuenta contrasta con estas duras pinceladas que nos
muestran una crueldad innecesaria en muchos momentos. La búsqueda de la madre
de Suli se convierte así en un descenso al infierno de alguien que ya creía
estar en él al vivir en la calle. Christine se dará cuenta que si ella vivía
una vida de mendiga hay todavía categorías que sufren más humillaciones y
ataques.
Con
todo esto se podían haber hecho películas buenas y malas. Esta es un recorrido
que se lleva bien con su metraje (86 minutos) y que no se recrea demasiado en
las emociones que despierta, llevándonos a la siguiente sin demasiadas
concesiones.
Más
allá de su crítica social y su canto a la humanidad, la película es un
inesperado duelo interpretativo con una gran actriz, Catherine Frot, y un
asombroso intérprete, el niño Mahamadou Yaffa, que nos arrastra con su
naturalidad en todo momento. En cualquier momento, ese equilibrio se podría
haber roto cayendo en lo sensiblero. No es así y ello se debe a la labor de los
actores, a la química existente entre ellos.
La
película emociona y conmociona. El París tantas veces retratado y llevado con
alegría se transforma en una ciudad fantasmal (magníficas las imágenes, casi
surrealistas, del cantante callejero o de las mujeres fantasmales que lo
recorren en la noche), al igual que el plano que cierra la película, con la ciudad
al fondo.
Es una
película que hace falta, que necesitamos que nos recuerden que por muy mal que
alguien lo pase, siempre hay gente que lo pasa peor. Una llamada a la
solidaridad; a veces los que menos tienen son los que más dan.
La
directora china Chloé Zhao sorprendió en la entrega virtual de los últimos premios
Grammy, en los que ganó el de mejor dirección. Ganó el de mejor película
(drama) y el de mejor dirección, quedándose como nominada al mejor guión. La
sorpresa venía de la sencillez de su presencia frente al glamur reinante en
estas galas. Verdaderamente, Chloé Zhao era de otro mundo, más que de otro
continente o cultura. Cuando ves Nomadland entiendes su presencia y sus
palabras.
La
película es arrebatadora por su fascinante sencillez, por su economía de
recursos. Nomadland no es una película "norteamericana"; es una
película sobre "América" y, más allá, sobre la vida y su significado.
En las antípodas de Hollywood, Zhao ha hecho una de las película más llena del
espíritu norteamericano que se recuerda, un privilegio al alcance de los pocos
que han sido capaces de ver la América natural y no la América fabricada a
través de unos procesos de enmascaramiento de todo orden, ideológicos y
visuales.
Desde
el punto de vista de las ideas, Zhao separa ya desde el guión y luego con las
imágenes la filosofía del éxito que se ha identificado como
"norteamericana" creando un mundo competitivo y la mayoría de las
veces despiadado. Lo hemos visto a través de miles de películas: tanto tienes,
tanto vales; el mundo se divide en ganadores y perdedores.
La
película de Zhao, por el contrario, nos muestra seres humanos solidarios que se
relacionan por con esquemas vitales distintos, dando prioridad al momento de
cada vida. Ni siquiera se les puede llamar "rebeldes" otro estereotipo
que el cine norteamericano ha convertido en señas de identidad. Simplemente viven y lo importante es la sucesión de
momentos. Vivir es vivir; no vivir para conseguir metas. En este sentido, la
idea subyacente de Chloé Zhao tiene mucho de sabiduría del no desear para no
sufrir con lo que se pierde. Tener es sufrir, es perder continuamente;
desprenderse de todo es no desear, tener apego al movimiento.
Aquí se
recoge algo profundamente americano, la "carretera" como estructura
vital y punto de encuentro. "Nos vemos en el camino". No quedan en
lugares especiales, simplemente se encuentran en ciclos naturales, en lugares
en que coinciden. Si alguien falta algún día porque ha fallecido, les
recuerdan. Llevan ahora su propio camino.
De Jack
Keoruac a Easy Rider, la carretera,
el camino, es la vida. Es actitud contraria al ser sedentario, al que busca
acumular en el lugar en el que se asienta. "¿No tienes hogar?", les
preguntas. "Sí, lo que no tengo es casa", responden. La carretera es
su hogar, su furgoneta, que ejerce ese doble papel, de refugio y de movilidad.
¿El límite? El mar, allí donde se acaba la tierra, las posibilidades de seguir
rodando.
Una
película con esos principios solo podía tener una forma, la que Zhao le ha
dado. No es una historia avanzando hacia un punto; no son acontecimientos de
una trama. La película nos acostumbra a otro tipo de estructura, mucho más
real, cercana a la propia experiencia. Las cosas pasan, en el doble sentido del
término: suceden y quedan atrás. Hay lo previsto medianamente, como el trabajo,
y aquello que es encuentro, experiencia que se acoge y se almacena en la
memoria como experiencia.
Cuando
todo se deja de lado, solo quedan dos cosas: los amigos y la tierra. Los amigos
son aquellos que te encuentran y a los que encuentran, con los que compartes
fuego y cosas que ya no necesitas, a los que les das lo que tienes. La escena en
la que Fern (Frances McDormand) le entrega su mechero al joven al que no conoce
es reveladora de ese compartir como filosofía, como actitud ante la vida.
La
película te va adentrando en esa corriente gracias a la forma de entender la
interpretación, convertida en naturalidad, llena de conversaciones sencillas
pero reveladoras del sentido profundo. Cuando Fern va de visita a la casa de un
compañero de viajes, descubre que aquellos con los que hablan se dedican
precisamente a la venta de tierras para la construcción de casas, que viven de
alimentar las ataduras a deudas e hipotecas con las que no podrán moverse
durante toda su vida. Ellos son los que alientan los sueños de éxito, de
futuro, frente al presente del que nada debe y puede moverse por el país.
Ambientada
en 2011, la película revela precisamente la crisis que llevó al desastre a
medio mundo, crisis financiera y de hipotecas, crisis de vivir por encima de lo
que se podía, de haberse gastado lo que no se tenía.
Magistral
esa gran actriz que es Frances McDormand. Ya sea sola o con otros, McDormand se
mueve con el paisaje convirtiéndolo en espacio real, vivo, frente a la fácil tentación
estética. Esto es importante para la película y su idea. Es precisamente la
belleza de lo desnudo lo que se prioriza. Es un sentido de lo natural que choca
con el ojo educado en valorar otro tipo de belleza. Aquí se conjugan la
sencillez con la grandiosidad porque es a la vez paisaje exterior, pero también
interior.
Hay una
idea que se manifiesta en la película: los nómadas son una tribu, la verdadera
tribu americana, los que recorren el país de un lugar a otro. Los que solo se
llevan los recuerdos de lo vivido frente a la economía de la acumulación de lo
poseído.
En este
sentido, es una directora que viene de fuera quien ha dado una visión tan
primitivista de la vida norteamericana logrando esa mirada que funde imagen e
idea, lo visto y el sentimiento, como nos revela la propia actriz a través de
la mirada.
Nomadland
compite por el Oscar a la mejor película con otra película que hemos visto
aquí, Minari, la visión de un surcoreano emigrado a la América profunda. Es
interesante desde el punto de vista cultural el fenómeno de una directora china y de un hijo de inmigrantes
surcoreanos dándonos la visión perdida de unos Estados Unidos cerrados sobre sí
mismos, olvidadas sus ideas fundacionales y compitiendo entre ellos. Es una contestación al mundo de los Trump y compañía.
Nomadland
es una gran película en muy diversos aspectos, de su contenido humanista a su visión estética, de la música a la interpretación, pasado por la fotografía. No tiene mucho que ver con las historias convencionales que consumimos;
nos muestra lo contrario, la falsedad de las historias que se alejan de la
vida.
Joaquín
Mª Aguirre
Nomadland
(2020)
Directora:
Chloé Zhao
Guionista:
Chloé Zhao, basado en el libro de Jessica Bruder
País:
USA
Intérpretes:
Frances McDormand, David Strathairn, Linda May
"Minari.
Historia de mi familia" ha conseguido el Globo de Oro a mejor película de
habla no inglesa. Tiene muchísimas nominaciones y premios. Unas veces se ha
premiado el guión, otras la dirección y en muchas ocasiones ambos, que son obra
de Lee Isaac Chung, un descendiente de inmigrantes coreanos nacido en Denver,
Colorado. Dirección e historia encajan a la perfección bien cubiertas por la
labor de los actores, realmente meritoria en todos los niveles. Especialmente
premiada, Youn Yuh-jung, en el papel de la abuela llegada de Corea para ayudar
al proyecto de la familia.
Minari es una magnífica película. Solo un gran
talento narrativo, tanto en historia como en la forma de narrarla puede
tenernos fascinados con aspectos tan sencillos y cotidianos como los que se nos
traen.
Viendo
una película como esta comprendemos cuánto se distancia el cine de la vida real
en su exceso de concentración de elementos para crear la tensión. No es
necesario, nos demuestra crean grandes enfrentamientos, grandes villanos, no
hablemos ya de persecuciones o destrozos apocalípticos para hacer que el
espectador se conmueva insensible ya por el bombardeo de sus sentidos y mente.
Minari es una historia sencilla, de gente sencilla que vive sus propios
problemas sin necesidad de fantasías. E este sentido, la película se mueve en
la dimensión humana. Si hay un opositor en el filme es la vida misma mostrando
que es una lucha de sueños y realidades sin necesidad de mucho más. Ya es
bastante, nos dice Chung.
En
Minari no hay villanos. Esperamos que surjan en cada nueva cara, en cada nueva
situación. Pero no llegan o no llegan como esperamos. Estamos demasiado acostumbrados
a las complicaciones artificiales para comprender las de la vida cotidiana, que
son las nuestras, lejos de las luchas del bien y del mal. Nuestra vida es una
suma de pequeñas o grandes resistencias, de malentendidos y desacuerdos, de
fatalidades indeseadas a manos de quien nos quiere. El director las muestra
desde el principio en lo que es la diversidad de sueños en una familia en donde
el amor se manifiesta en discusiones, en tensiones contenidas, en
escenificaciones privadas.
Una gran
definición de los personajes y de sus relaciones, que se miden por su
credibilidad conjunta. Es la historia de "mi" familia, una
pertenencia que se deja clara en el deseo de cada uno de los personajes, ya que
es la familia de todos porque así lo vive cada uno.
El
"minari" es una hierba comestible que crece libremente junto a los
lechos de los ríos, en zonas húmedas. La abuela trae sus semillas desde Corea y
las suelta en el lugar que le parece más adecuado. Frente a esta libertad de la
naturaleza, nos encontramos la lucha del campesino por conseguir hacer crecer, unos cientos de metros más allá, su cosecha de plantas coreanas para abastecer
a la pequeña comunidad de su país. Es su idea de cómo sobrevivir en Arkansas, trasladado desde
California, para intentar alcanzar un éxito que le reivindique ante los suyos.
El "minari" es la hierba que sirve para calmar el hambre de los que nada tienen y
que la naturaleza les ofrece gratis. La llaman el "perejil japonés" y
en Corea es muy popular. Sopas y condimentos, el minari está presente en la
vida y solo hay que recogerlo allí donde crece.
La
película se construye sobre esa metáfora, lo dado y lo que necesitamos
construir y puede ser nuestra frustración. Jacob (Steven Yeun) ha
arrastrado a su familia desde California hasta la Arkansas profunda. Él tiene
un sueño. Su hijo pequeño tiene un problema de corazón que hace que su esposa,
Mónica (Yeri Han), se sienta intranquila y molesta, reticente a un traslado que
les lleva lejos de hospitales y de una vida social. Viven en una casa
prefabricada que ha sido llevada hasta un terreno cuyo anterior dueños se
suicidó por la improductividad de la tierra. Se traerán a la abuela (Youn
Yuh-jung) desde Corea para que pueda vigilar a David (Alan S. Kim), el pequeño,
y Anne (Noel Kate Cho). De California a la mitad de la nada, a una Arkansas
profunda, llena de supersticiosos granjeros que intentan salvar los males de la
tierra y la casa con conjuros y exorcismos.
En
manos de otro director, esto habría sido un filme épico, lleno de
enfrentamientos entre visiones del mundo distintas. Pero en manos de su
director y guionista, es un filme lírico apoyado en una magnífica planificación
que nos sitúa en otra dimensión narrativa, la interior de cada personaje y las
relaciones conjuntas.
La magnífica
fotografía y montaje, la música, todo ello contribuye a esa fuerza del filme,
que se ha ido haciendo con sus espectadores y críticos señalándolo como una de
las mejores aportaciones cinematográficas del año. La dirección de actores es
espléndida de la premiada Yun Yu-jung como estrambótica abuela a una contenida
e interiorizada Yeri Han, la esposa que lleva en su interior la frustración
provocada por los sueños de su marido, bien encarnado por Steven Yeun. Los dos
niños demuestran una madurez interpretativa que nos dice mucho de la capacidad
de su director para manejar actores. La sobriedad de todos ellos contrasta con
la del personaje encarnado por un magnífico Will Patton, el campesino que
recorre el camino con su propia cruz cada domingo. El resto es la tierra, el
cielo, el agua.
Minari. Historia de una familia es como recorrer un camino en
el que van ocurriendo cosas, un río que fluye con diversas velocidades según se
estrechan sus márgenes. No hacen falta enemigos; la resistencia de la vida
misma a nuestras pretensiones es suficiente para mostrarnos en nuestras
distintas percepciones. Sencillamente, la vida no es siempre como queremos.
Joaquín
Mª Aguirre
Minari.
Historia de mi familia (2020)
Director
y guionista: Lee Isaac Chung
Nacionalidad:
USA
Intérpretes:
Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Yeri Han, Noel Cho, Steven Yeun, Darryl Cox, Esther
Moon, Ben Hall, Eric Starkey, Will Patton