sábado, 7 de noviembre de 2020

Emma (Autumn de Wilde 2020)


Hay algo en Jane Austen que sigue inspirando a cada generación. Sacada de las lecturas "femeninas", "adolescentes", donde la crítica (masculina) la había colocado, Austen hace décadas que se ha convertido en una referencia cultural a través de todas y cada una de sus novelas. Los recios naturalistas no tenían demasiado interés en centrarse en los problemas de las ilusiones de jóvenes casaderas, en sus errores de elección y en cómo, finalmente, las aguas volvían a su cauce natural, en la que el amor se sobreponía a las circunstancias sociales y al malentendido que separa las vidas junto a las diferencias de fortuna. Preguntarse por este merecido estatus de gran autora es preguntarse por qué vemos en ella, por qué nos fascina un mundo del que estamos total y absolutamente distanciados. Es una pregunta que se suele resolver apelando a su maestría, a sus frases y a su percepción del alma femenina. No es suficiente. ¿Por qué Jane Austen y no, por ejemplo, las Brontë, otras ilustres autoras con gran destino crítico pero con menos tirón popular?

Emma, vaya por delante, es una enorme película, una película que reúne un sinfín de virtudes y, sobre todo, una película que no puede ser llamada de época, aunque lo es; que no se puede definir como un musical, aunque lo sea; que tiene bailes, pero que es toda ella un ballet. Emma es un ejercicio de concentración artística que devuelve al cine un valor que pocas veces se encuentra: la armonía de las artes.

La película puede disfrutarse como un recital artístico, una obra de arte total, por usar el término wagneriano que se uso para definir la ópera. Emma es algo más que una ópera, ya que el cine aporta algunos elementos más a la arquitectura que la ópera, que en esta obra tienen una importante identidad, como es una extraordinaria fotografía y un inteligente montaje, que convierte cada secuencia en una pieza de precisión.

Cuando ves las primeras imágenes de Emma empiezas a sentir que existe una voluntad de estilo, un deseo de "forma" más allá de la historia que se nos cuento o, quizá más claramente, que se nos va a contar la historia de una determinada forma. Muchas obras cinematográficas dan prioridad a lo que existe en el plato y tratan de mostrarlo. La dirección de Autumn de Wilde, la directora de la película, parte de una concepción constructivista del film. No es un ojo que mira, por decirlo así, sino un ojo que construye, de una mente que da forma a lo que exteriormente se ha elaborado.


La primera sensación que tienes tras las primeras imágenes es que estás ante una especie de ballet, ante unos movimientos sincronizados entre personajes, unos se mueven otros están estáticos, es una pieza que revela un sentido musical del movimiento, algo que está presente de forma hermosa en esta película que apela a los sentidos de la vista, del oído, a nuestra capacidad de percibir armonías visuales y sonoras e interconectarlas en un solo flujo que es el percibe nuestra atención.

La composición de los planos, los movimientos en ellos y entre ellos, crean una sensación de universo en el que giran planetas y estrellas en un perfecto orden cósmico. Los movimientos automáticos de los criados, esa mancha roja de las alumnas en fila recorriendo el plano de los campos, las danzas, las miradas, etc. todo es movimiento en un universo en el que apenas se mueve nada, en donde la más pequeña nimiedad da para comentar durante semanas. Sin embargo, bajo el dinamismo de la cámara y del sonido, tiene un movimiento armónico que nos es revelado secuencia a secuencia, plano a plano. La maestría de Austen es recogida, en un universo estático, los pequeños movimientos son percibidos como terremotos. Y esos movimientos son producidos por las pasiones, por lo que apenas podemos percibir y que se encuentra tras las maneras, tras las palabras, tras los rituales.

La recreación del espacio es extraordinaria. Decorados, vestuario, etc. todo tiene un increíble nivel de detalle con el que se nos muestra ese universo, de una pequeña tarta a una impresionante mansión. Pero no es simplemente una reconstrucción de "época". Todo está vivo, la mirada que lo percibe es actual. Todo nos habla, todo significa y nos dice del mundo y de los personajes. Los rostros mismos se convierte en espacio de lectura con una extraordinaria selección de actores, cada uno caracterizado de una forma diferente, algo que nos revela su forma interior en unos, mientras que nos convierte en descubridores de lo que hay tras otros, como la propia Austen trataba de hacer a través de la palabra. Unos son libros abiertos, aunque no sepamos leerlos; otros son misterios porque no sabemos interpretarlos en nuestra cerrazón, es decir, el prejuicio, una idea central en su universo. No vemos el mundo como es, sino como queremos verlo. Quizá resida ahí la fascinación por Austen, en su percepción de cuán equivocados estamos en la vida y lo que cuesta salir de nuestros errores. Un mundo caótico como es el nuestro, de depresiones e indefinición, de crisis de identidad, de "fake news" y rumores, de selfies engañosos y autopromoción, etc. encuentra refugio en esos universos austenianos en los que es necesario liberarse uno mismo de nuestras cadenas.

La selección de las dos actrices, Anya Taylor-Joy como Emma Woodhouse, y de Mia Goth como Harriet Smith. Ellas dos son el verdadero baile entre los bailes. Dos extraordinarias actrices jóvenes que dan un recital interpretativo pasando por todos los registros, los que se interiorizan hasta aflorar. A Anya Taylor-Joy la vimos no hace mucho en una película que reseñamos aquí, Los nuevos mutantes (2020), un papel diametralmente opuesta en la geometría interpretativa. Es una actriz versátil e inteligente. Mia Goth hace una creación extraordinaria de su personaje de Harriet Smith, de sus ilusiones y sus frustraciones, de su fragilidad y de su entereza. Trabaja el personaje desde el exterior, desde sus movimientos torpes y desgarbados. Es el contraste perfecto con una Emma que quiere controlar el mundo y que ve a los demás como piezas en un tablero en el que jugar. La combinación de ambas actrices da un sensacional juego dentro del tablero superior que es la propia película.

La labor de los actores forma parte de una movimiento más amplio, coral, en donde se desplazan por unos espacios —la iglesia, los salones, el campo, los comedores...— que marcan los registros y la naturaleza de las relaciones entre ellos. La iglesia nos da varias escenas memorables, al igual que la escena de la cena. Es un continuo orden exterior que contrasta con las rupturas de ese orden por parte de algo que lo altera, como puede ser una desconocida en el banco de la iglesia o el anuncio de una nevada durante una cena. Todo ello se desarrolla con una natural afectación, que es donde reside la mirada constructiva de la directora. Todo está al servició de una mirada, que es la que da sentido a ese mundo.  La película equilibra la reconstrucción milimétrica del ese universo y lo contempla desde una irónica mirada moderna que contempla sus vaivenes, su forma de ver el mundo, desde una distancia, que es la base de la ironía.

Entre el conjunto de actores y actrices que la película nos ofrece, merece la pena destacar dos creaciones, el del vicario Mr. Elton, una composición grotesca, en la que el personaje se nos muestra físicamente en su doblez y petulancia. Magnífica la escena de carruaje y su rabia. 

El otro personaje mimado al detalle es el de la "simple" señora Bates. Su creación, humorística y trágica, por parte de la actriz Miranda Hart es extraordinaria. Como en otros personajes, el exterior, entendido como apariencia y movimiento, como forma de expresarse, nos define su interior, pero tiene sus recovecos que deben ser descubiertos tras la superficialidad de su comportamiento, vista a través de los ojos de Emma. Una muy inteligente creación del personaje.

Sobre todos ellos planea la mano unificadora de la directora, marcando los tonos y creando un conjunto equilibrado, como ocurre con los dos galanes, cada uno con su exterior y su propio secreto en lo sentimental.  

La historia es, en realidad, la educación de Emma, el aprendizaje profundo y doloroso de que la inteligencia puede causar tanto o más daño que la estupidez. Lo fascinante del universo de Austen es la variedad de matices humanos en una sociedad regulada al milímetro, donde toda convención es garantía del orden. Pero los sentimientos no se controlan con las reglas, ni las reglas se pliegan ante los sentimientos. Lo que vemos no es siempre lo que parece. Como reclamaría Henry James más tarde, la acción está en el interior. La aburrida vida del día a día, necesitada de inventar nuevas distracciones, construida sobre rutinas, necesita de la autenticidad del sentimiento para poder llamar a la vida realmente vida. Y eso es lo que reclaman sus personajes, una felicidad sencilla en un mundo lleno de pequeñas trampas, engaños e ilusiones.

Todo el reparto está compuesto por magníficos actores, pero hay que insistir de nuevo en el orden coreográfico de la película, su ritmo conjunto, su plástica del grupo, su sentido operístico donde los solistas no pierden de vista al coro, donde se suceden dúos o arias según los casos en esta especie de Bodas de Fígaro mozartiana en clave británica, un juego de enredos y de pequeños e intensos dramas en los que se nos pide comprometernos como espectadores. La ironía no nos deshumaniza; el sufrimiento es el sufrimiento y así los percibimos en la mirada comprensiva que necesita de la redención de los personajes arreglando los entuertos en lo que se meten o meten a otros. El error existe y puede ser reparado, pero la maldad es otra cosa. Las leyes de la atracción juntan a los malvados, al igual que reúnen a aquellos que han merecido el amor por la lucha contra sus propios defectos.


La película nos divierte y nos emociona en su equilibrio humanizado. Solo la hipocresía ambiciosa merece el castigo de la infelicidad y solo el amor permite alcanzar la felicidad en un universo donde la posición social lo marca todo.

Mi anterior reseña, compruebo, es del 21 de septiembre. He ido unas cuantas veces al cine, pero he visto películas que no me han convencido por diversos motivos, algunas de ellas películas importantes, gran presupuesto y promoción. No creo que debamos empeñar mucho tiempo en lo que no nos gusta, ni en escribirlo ni en leerlo. Emma me ha resultado un espectáculo gratificante en todos los órdenes, de un guión inteligente a una armonía general que reside en esa figura que unifica mirada y acción, tiempos y espacio, en este caso, la directora Autumn de Wilde, de la que debo confesar no tenía idea alguna hasta que al final de la película apareció su nombre en los créditos. La mirada era claramente femenina por muchos detalles, como lo es la mirada de Austen en la creación al pasar el universo real a la novela con sus sentido de la observación, su comprensión del juego social y de los sentimientos.

Antes de sentarme a escribir esto, encontré información sobre la directora: la ilusión de su infancia era ser bailarina, pero su altura lo frustró; pasó por el teatro, pero acabó dedicándose a la fotografía, pasión que heredó de su padre, Jerry de Wilde. Es la primera película larga de Autumn de Wilde, pero no su primera experiencia ya que ha destacado en dos campos, como fotógrafa de arte y como directora de videoclips musicales importantes. Esas pasiones se detectan la obra: del ballet y la música a la mirada que encuadra el mundo, a ese detalle sobre los objetos resultado del trabajo en la publicidad. Hay una historia sólida, bien escrita por Eleanor Catton; hay una mirada sólida, selectiva; hay un universo rítmico, dinámico que pasa ante nuestros ojos.

Emma no es una típica adaptación de los clásicos; es un proyecto moderno y creativo, respetuoso e innovador, cuidado al milímetro en todos sus destalles, donde la precisión se conjuga con la frescura de los actores y actrices que protagonizan este complejo juego de relaciones. 

La mejor forma de respetar a los clásicos es conectarlos con los espectadores y esta Emma tiene las cualidades que definen la obra de Jane Austen en clave del siglo XXI.

J.Mª Aguirre

 


Emma (2020)     

Directora: Autumn de Wilde

Guionista: Eleanor Catton, sobre la novela de Jane Austen

Producción: Reino Unido

Intérpretes: Anya Taylor-Joy, Mia Goth, Gemma Whelan, Bill Nighy, Miranda Hart, Josh O'Connor, Johnny Flynn, Rupert Graves, Connor Swindells, Callum Turner, Amber Anderson.

domingo, 20 de septiembre de 2020

Pinocho (2019)


Vaya por delante, el Pinocho de Matteo Garrone es una pequeña joya cinematográfica. La perversión de los tiempos la considera una "live-action" considerando, como suelen hacer los norteamericanos, que todo comenzó con Disney, lo que no le quita ningún mérito a la versión de dibujos. Pero sí es importante entender que no es lo mismo que han hecho con El rey león o con Aladdin, intentos comerciales —con mejor o peor fortuna— de reeditar sus éxitos con una nostalgia calculada por el paso del tiempo. Pinocho existe antes de Disney; es un tesoro de la literatura italiana y, por extensión, europea.

La historia del muñeco desobediente que llega a ser niño porque aprende a sacrificarse por los otros, a controlar su peligroso deseo de independencia e irresponsabilidad pertenece a un momento pedagógico tanto en Italia como en el resto de Europa, que empieza a utilizar la literatura ejemplar destinada a la infancia a través de una pedagogía basada en la acción y en la emoción, antes que en teorías o normas abstractas. Forman parte de una forma de entender la literatura infantil y, por ello, la infancia. Los cuentos infantiles siempre han sido directos y muchas veces terribles. Esos elementos terribles estaban destinados a ejercer la fuerza pedagógica más vieja, el miedo. De Pulgarcito a Caperucita, la gran enseñanza es que el que se desvía del camino y se deja seducir por sus atractivos peligros acaba muy mal.


El Pinocho de Garrone es una mezcla sutil y eficaz de poesía visual, acertada interpretación y crudeza de las situaciones. Es un ejemplo de lo que llamaríamos sin duda "realismo mágico" porque esa es la forma de la imaginación. El realismo nos muestra una época de hambre, de maldad por los caminos; la magia permite que un muñeco tome vida y sea aceptado por quien lo talló como la bendición de un hijo.

Pinocho es una película bella. Lo son sus imágenes, hermosamente compuestas y maravillosamente iluminadas con una fotografía delicada, que nos introduce en la poseía tanto como en el drama. Sí, la fotografía de Nicolai Brüel merece resaltarse junto a la música de Dario Marianelli, que forman una perfecta unidad que sitúa al espectador en el punto emocional justo. Cada plano de Pinocho está compuesto de forma equilibrada. Los paisajes y los personajes se engarzan en encuadres armónicos y equilibrados visualmente. No hay un mal plano, por decirlo así, y su ritmo hace que miremos sorprendidos el reloj, ¡han pasado 125 minutos de proyección sobre los que hemos viajado sin darnos cuenta!


La historia de Pinocho, como la vida, es un camino. Es una narrativa itinerante en la que se van salvando escollos. Los personajes son estereotipos de la maldad, de la codicia, del desinterés. La inocencia de Pinocho y su incapacidad de obedecer le sacan del camino correcto y le dejan a merced de esos criminales y parásitos que abusarán de él. Finalmente, Pinocho aprende la dureza de la vida y el valor del esfuerzo y sacrificio. La narrativa infantil tenía como función mostrar al niño que el destino está en comprender el mensaje que los adultos que le quieren le transmiten, que ellos velan por su bien y que alejarse es peligroso. Cuando Pinocho comprenda la dura lección podrá alcanzar su máximo deseo, ser un niño de verdad, un niño de buen corazón.

Quizá todo esto convierte a Pinocho en una película "poco infantil" porque los niños del siglo XXI no son los del siglo XIX. Carlo Collodi (Collodi era el nombre del lugar de nacimiento de su madre) era un autor de su época con objetivos y estrategias de su época y una de ellas era precisamente la renovación educativa humanizándola. De todos los personajes de la película, ninguno es tan repulsivo como el brutal maestro que se nos muestra.


La "Storia di un Burattino" ("Historia de un muñeco") se comenzó a publicar en 1881.  Dos años después saldría con el título que todos conocemos "Le avventure di Pinocchio". Pero es esa misma distancia temporal la que da libertad al director para hacer una bella historia, no supeditada a los gustos pedagógicos actuales, sino darle una dimensión más allá de la infancia, atemporal y universal. Pinocho es una especie de "ello" freudiano guiado por la búsqueda del propio placer que deberá asumir el "principio de realidad", asumir que la vida es dura y que sobrevivir es un ejercicio de contención, de respeto a los demás, de sacrificio por lo que se ama y no solo por lo que se desea.


La elección de Roberto Benigni es acertadísima. No solo porque sea un gran actor, sino porque encarna a la perfección a quien ha mantenido en su interior el espíritu inocente del niño y ha mantenido, en la pobreza extrema, una visión optimista de la vida. Su amor le permite vivir y eso será lo que aprenda Pinocho de él. El personaje de Pinocho está maravillosamente interpretado por el niño Federico Ielapi y con una sorprendentemente madura Alida Baldari Calabria en el papel del hada niña. Todo el reparto, de los niños a los adultos, de los que están tras un maquillaje animal o los que se nos presentan como humanos cumplen este espectáculo mágico en su forma, realidad en su fondo.

Pinocho es un placer visual. Es cine más allá de la historia por una enorme armonía de todos sus planos, fotografía, música. Eso es muestra de un enorme amor por el proyecto por parte de todos los que han participado y también de una idea clara de hacia dónde se camina.

Una película hermosa, una pequeña joya.

J.A.

 

 

Pinocho (2019)  

Director: Matteo Garrone

Guionistas: Matteo Garrone y Massimo Ceccherini

Intérpretes: Federico Ielapi, Roberto Benigni, Rocco Papaleo, Massimo Ceccherini, Marine Vacth, Gigi Proietti, Alida Baldari Calabria, Alessio Di Domenicantonio, Maria Pia Timo, Davide Marotta, Paolo Graziosi, Massimiliano Gallo...

sábado, 5 de septiembre de 2020

Antebellum (2020)


A
ntebellum
(2020) es una gran película en muchos aspectos. De género indefinible, la etiquetan como "terror", pero lo que causa el terror no es un mundo fantasmal sino la realidad del mal, en este caso centrada en lo que muchos —el expresidente Joe Biden y actual pretendiente a la Casa Blanca entre otros lo hizo ayer— han llamado el "original sin", el pecado original de los Estados Unidos: el racismo. No es necesario creer en fantasmas o inventar monstruos para la pantalla cuando la historia nos los ofrece... y la actualidad misma nos los muestra cada día.

Esta es una película producida, escrita y realizada para el mundo del "Black Lives Matter" que abarca el ayer y el hoy en un arco trágico que es el de la esclavitud y la maldad infinita que supone. Sus directores, tiene dos, son Gerard Bush y Christopher Renz, el primero afroamericano, el segundo no. Creo que este detalle, que podría no ser de importancia, aquí, en el mundo de Trump lo tiene. Es ya una declaración. Sin medias tintas, es una película anti racista, no solo una película sobre la esclavitud. Es sobre todo una película de entonces y ahora y de ahora y entonces que nos explica que el racismo es algo más que la esclavitud y que esta también tiene muchas formas en la realidad. Es ese pecado original que no ha sido lavado por purificación alguna y que sigue latiendo en la sociedad norteamericana.



Antebellum se abre con un espectacular plano secuencia que nos muestra magistralmente la vida existente en una plantación de algodón, con esclavos recolectores, condenados al silencio, sometidos a una brutalidad que no se nos esconde en ningún momento.

Puedo ponderar las virtudes de esta película, pero no puedo ir más allá porque los espectadores deben seguir el proceso que se nos propone paso a paso, momento a momento, fotograma a fotograma.

Antebellum es una película profundamente cinematográfica, cien por cien visual. No todas lo son. Esa eficacia visual, con cada plano cumpliendo una función expresiva, llevándonos de un lugar a otro, mostrando la crueldad que pervive bajo múltiples apariencias y detalles. Antebellum debe ser recorrida de principio a fin para vivir el trayecto que se nos propone y así vivir desde dentro el horror de la esclavitud y del racismo en que se funda y justifica.

No se cuestione lo que ve; solo déjese llevar. Es lo que se le propone con buen juicio estético. Deje que su mente vaya recogiendo las piedras dejadas en el camino, por el excelente guión y el flujo de las imágenes. Dejen que juegue con usted; todo arte es de alguna manera prestidigitación, ilusión, sugestión. Antebellum lo es.


La interpretación de una gran actriz en alza, Janelle Monáe, cantante de éxito y modelo es un punto destacado. Lo es más si tenemos en cuenta la diversidad de su propio personaje. Monáe se ha definido a través de papeles comprometidos con su negritud, como ha ocurrido con las excelentes Figuras ocultas (Hidden Figures, Mary Jackson 2016) sobre el papel ignorado de las mujeres negras que fueron decisivas en los proyectos de la NASA como "calculadoras" vivientes, y también con Harriet (Mary Buchanon 2019), dedicada a Harriet Tubman, una de las heroínas de la liberación de la esclavitud. Janelle Monáe también tenía un papel en una película infravalorada y muy original, Regreso a Marwen, una agridulce tragicomedia sobre el abuso y la homofobia, sobre la violencia latente en la sociedad norteamericana y cómo se vuelca con los más débiles. Como puede apreciarse, Janelle Monáe es una actriz que invierte su tiempo en proyectos comprometidos con causas que merecen la pena. Es su opción y me parece bien y justo por los resultados de dejar al descubierto la historia olvidada, distorsionada, tachada.

El resto del reparto cumple perfectamente con sus papeles, muchas veces de un esquematismo necesario que es precisamente con el que se caracteriza el mal, ese pecado original que ha sido analizado desde autores como el poeta, novelista, ensayista y crítico Robert Penn Warren (1905-1989) en su ensayo Poesía y Democracia o novelas como Matar un ruiseñor, el célebre texto de Harper Lee y la película inolvidable (Robert Mulligan).

En otro espacio escribí que el año anterior, 2018, había sido un año de denuncia de la discriminación y del racismo. Lo fue con películas como la ganadora del oscar Green Book (Peter Farrelly 2018) o Infiltrado en el Klan  (BlackKKlansman, Spike Lee 2018) o el mismísimo éxito de Marvel Black Panther (Ryan Cogleer 2018), cuyo actor principal ha fallecido hace unos pocos días con enorme eco en todo el mundo. Antebellum tiene mucho de las anteriores en su espíritu reivindicativo, pero ha elegido un camino muy distinto al de cualquiera de ellas. Quizá esté más cerca de películas como Déjame salir (Get Out, Jordan Peele 2017) o Nosotros (Us, Jordan Peele 2019), películas con las que comparte productor.


Antebellum
tiene belleza en lo formal y denuncia y crudeza en su contenido. Técnicamente, la cámara se mueve dando sentido al universo en que se encuentran, al espacio o espacios que se nos presentan. Es una película por encima de los géneros, pues se mueve de uno a otro llevando al espectador sorprendido.

Magnífico guión de sus directores y magnífica fotografía; la música no se queda atrás marcando las transiciones y las emociones en una película que nos remite a un discurso emocional, de choque, poniendo a prueba nuestro sentido de la realidad, que se va desmoronando conforme avanzamos.

Quisiera poder ser más preciso, pero es importante que el espectador descubra por sí mismo el juego que se le plantea, los caminos que ha de recorrer. Cuando salimos de la sala debemos seguir trabajando, ordenando nuestros pensamientos tratando de unir las piezas de la figura que se ha formado ante nosotros, que no es más que el espejo de la realidad. Es la magia del cine.

J.A.

 



Antebellum (2020)  

Directores: Gerard Bush, Christopher Renz

Guionistas: Gerard Bush, Christopher Renz

Intérpretes: Janelle Monáe, Arabella Landrum, Jena Malone, Eric Lange, Tongayi Chirisa, Achok Majak, Jack Huston, Kiersey Clemons, T.C. Matherne, Robert Aramayo, Marque Richardson, London Boyce, Bernard Hocke, Dayna Schaaf, Gabourey Sidibe

viernes, 28 de agosto de 2020

Los nuevos mutantes (2020)


Los nuevos mutantes es una película extraña dentro del mundo creado por Marvel, una película que te va haciendo saltar de género en un espacio cerrado doble: el escenario opresivo del centro en el que los jóvenes están encerrados y en las mentes bloqueadas de los adolescentes que se defienden de sus propios miedos. Quizá habría que elegir este último motivo psicológico, el miedo, junto con la culpa, ya que son los dos que definen la adolescencia, el tema central de la película.
Los nuevos mutantes, está dirigida con corrección, en un difícil equilibrio, por Josh Boone, director de dos películas, Bajo la misma estrella (2014) y Un invierno en la playa (2012). 
Me gusta cómo ha definido el director y guionista su creación en la entrevista concedida a La Vanguardia: "Es horror sobrenatural. Las películas de X-Men son de fantasía y ciencia ficción, mientras que aquí es una combinación entre Alguien voló sobre el nido del cuco y El resplandor, o entre Inocencia interrumpida y Pesadilla en Elm Street 3. Es una película de horror realista que se convierte en algo diferente en el último acto."
Creo que toda película, probablemente toda obra de arte, forma parte de una red; es un punto en el que se entrecruzan múltiples líneas, tal como hace Josh Boone para tratar de definir su película. Lo nuevo se explica por lo conocido puesto que nada surge de la nada, sino que es un equilibrio entre lo existente y lo que somos capaces de hacer con ello. El arte es reciclado creativo, jugar con las piezas existentes y darles sentido en nuevos juegos creativos.


La película tiene la virtud de hacernos ver como algo nuevo aquello que hemos conocido a través de muchas otras, tanto del universo de los X-Men como de la cultura popular. En este sentido es un punto de encuentro. Me ha gustado ver las dos referencias a un universo anterior, me refiero a los momentos en los que aparece el personaje de Rahne Sinclair (Maisie Williams) contemplando la televisión. La vemos en pantalla viendo dos fragmentos de la innovadora serie de televisión Buffy Cazavampiros. En aquella serie precisamente se expresaba la crisis de la adolescencia a través de un mundo primigenio y terrorífico  surgido de suelo bajo el instituto, un portal infernal del que emergían esas criaturas del mundo monstruoso. La serie seguía al grupo de adolescentes a través del instituto y posteriormente a la universidad.
Son interesantes los dos fragmentos seleccionados, de apenas unos segundos, porque nos acercan al personaje de Maisie: el beso entre las adolescentes Willow y Tara en la serie nos anticipa lo que ocurrirá, para la primera parte, y una batalla contra los monstruos, con Buffie al frente en la segunda. Es una forma de cita visual que se reconoce como parte de un género mixto y de una tradición, y además se sitúa en el flujo narrativo de la propia película integrándose como un fondo premonitorio. Hay muchas referencias visuales a otros filmes, pero Buffy es la más explícita y próxima narrativamente hablando, algo más que un homenaje, ya que forma parte del personaje de Maisie. La serie fue innovadora y ya va saliendo la generación que bebió de ella.


Ese "horror realista" del que habla el director describe bien el sentido de la película, porque el verdadero mal al que se enfrentan es fruto de la manipulación que han sufrido por aquellos que dicen protegerlos. La película nos muestra a unos adolescentes torturados por su pasado, bloqueados por sus peores miedos para ser manipulados.
Como ya ocurría en Buffy Cazavampiros, el horror es un elemento que simboliza los males sociales. Me viene a la memoria un ejemplo de uno de sus episodios en el que hay una chica invisible. Su invisibilidad se ha producido porque todos la ignoran en el instituto. A fuerza de dejar de mirarla, han dejado de verla.
Los nuevos mutantes conecta con X-Men, donde la escuela de mutantes es también una forma de protección frente al mundo "normal" o la manipulación les puede llevar hacia el mal, convirtiéndose en criminales como reacción al rechazo social. Esta película regresa a los principios, al fondo de la adolescencia a través de esos dos conceptos señalados, el miedo y la culpa, que son las herramientas básicas del control social desde el principio de los tiempos.


Cada personaje representa una forma de culpa o, si se prefiere, una forma de manipulación para los objetivos para los que serán utilizados. La película tiene algo de El club de los Cinco (The Breakfast Club 1985), el clásico de la adolescencia del director John Hughes, pero en términos de ese terror realista. Los conflictos, la manipulación, la lucha, la superación, etc. forman parte de esos motivos narrativos que se repiten en tonos distintos.
Los actores cumplen con sus papeles capaces de mostrar creíblemente esa lucha de emociones, unas veces escondidas  y otras explosivas, que caracterizan a sus personajes adolescentes. El peso de la película se sostiene sobre seis personajes, los cinco adolescentes y su guardiana, la doctora Reyes, interpretado por Alice Braga. El resto de los personajes son recuerdos, miedos, apoyos, en sus mentes torturadas.


Como ocurría en El Club de los Cinco, cada personaje representa una forma de estar en el mundo, cada uno con su miedo, con su culpa. La llegada de la joven Dani Moonstar, interpretado por Blu Hunt, que sirve de eje sobre el que rota la película, nos permitirá ir comprendiendo la fachada de los demás personajes, la agresiva Illyana Rasputin, interpretada por Anya Taylor-Joy; su opuesto, la dulce Rahne Sinclair, interpretada por Maisie Williams, por la parte femenina;  el conquistador Roberto, a cargo de Henry Zaga, y finalmente Charlie Heaton interpretando al atormentado personaje de Sam Guthrie. Todos ellos cumplen con sus papeles en los que se da ese proceso de ocultación tras la máscara para evitar exponer sus miedos.


La película funciona bien y lleva al género hacia otros derroteros, modestos en la presentación, pero intensos en las motivaciones. No es necesaria una gran parafernalia para construir una historia que, como en este caso, sabe jugar bien con su idea inicial y se centra en lo que es el centro, el mundo atormentado de la adolescencia, la manipulación de la culpa, el miedo de uno mismo y el descubrimiento del quién eres. Todo ello en un espacio cerrado, opresivo, bien aprovechado para transmitir esa sensación realista de lo cotidiano, un poco siniestro, pero teniendo en cuenta el mundo en que estamos, un poco más cerca. Ese espacio, entre médico y carcelario, entre religioso y correccional, presidido por la estatua del ángel que oculta su cara, representa simbólicamente el mundo exterior que no llegamos a ver más que en recuerdos irreales.
Puede que no haya mutantes tal como los vemos, pero la manipulación y la maldad, desde luego, están ahí. La película, tras una gran metáfora, nos lo recuerda. Habla de nosotros.
J.A.


Los nuevos mutantes (2020)    
Director: Josh Boone
Guionistas: Josh Boone y Knate Lee
Intérpretes: Maisie Williams, Anya Taylor-Joy, Charlie Heaton, Alice Braga, Blu Hunt, Henry Zaga, Adam Beach, Thomas Kee, Colbi Gannett, Happy Anderson, Dustin Ceithamer


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