sábado, 7 de diciembre de 2019

La gran mentira (2019)


Los cimientos de una película sólida son un buen guión, unos actores que no lo pifien y un director que no perjudique a todo lo anterior. En este sentido, Bill Condon, el director, es el encargado de que un buen guión y unos buenos actores sean envueltos para un regalo a los espectadores. Lo consigue a través de una puesta en escena que dirige nuestra atención hacia el escenario ocupado por las figuras. No estamos ante una película de "divos", por el contrario, nos encontramos ante una película compacta, bien construida. 
Podemos enfrentarnos a La gran mentira como una comedia, un drama o como a un encuentro entre dos grandes actores, lo que no es más que recordar algo obvio. Es comedia y es drama en cada uno de sus diferentes momentos, pues el filme se transforma cuando se transforma su trama y con ella se transforman sus intérpretes.
Nada es lo que parece ni tiene porque serlo. Cada nivel es creíble gracias a la normalidad con la que se mantiene la duplicidad, lo que ellos ven y lo que nosotros creemos que sabemos de ellos. Todo es una gran mentira, como se nos anuncia desde el título. La mentira que comienza con las citas por Internet va adquiriendo nuevas capas que ganan en profundidad y dramatismo hasta llegar a la desnudez de las propias vidas.
Helen Mirren y Ian McKellen son dos soberbios actores que hacen desvanecerse la idea de que no se escriben historias para la gente de más de 50 años. Es una queja sin fundamento cuando vemos a Mirren haciendo papeles de reina o de espía y a McKellen papeles que van de Magneto a Sherlock Holmes. Pero Helen Mirren y Ian McKellen, que pasan sobradamente los 50, son Mirren y McKellen, dos grandes monstruos (como se decía cuando no estaban de moda las películas de monstruos) de la interpretación. Aquí lo demuestran por su variedad de registros y capacidad de construir conjuntamente. No hay duelo, sino comprenetración.


No importa lo rocambolesca que pueda ser la historia. Lo importante es que son ellos quienes realizan la danza interpretativa en cada momento ante nuestros ojos. Y lo que realizan en la pantalla es la mentira, la doble mentira y la triple mentira. Nadie es como parece porque probablemente hay algún momento en la vida en que perdemos el rumbo y tenemos que inventarnos. Ellos lo hicieron, una y otra vez dando sentido a sus vidas o perdiéndolo por el camino. Este aspecto es el que les diferencia y determina sus finales, muy gráficamente representados al final con una enorme ironía.
No son los únicos buenos actores de la película. Los secundarios son también excelentes y dan su credibilidad a sus propias mentiras dentro del engaño, centro de sus vidas y de la película.
La ambientación era importante pues los espacios son las prolongaciones de los personajes, es decir, una forma más de engaño, como vamos comprendiendo. Cada uno de ellos ha fabricado su ser y su estar para que las historias sean convincentes.
En una película que se estrenó la semana anterior, a la que no le dimos reseña, un policial de comedia con muchísimas estrellas, Puñales por la espalda (Rian Johnson 2019), todo el mundo engañaba en un universo digno de Agatha Christie (por no decir inspirado en las novelas de Poirot), por lo que el tono acababa siendo de comedia. Aquí, el proceso es el inverso, no nos preguntamos quién es el asesino, sino cuál es el crimen. No se extiende el mundo a través de los personajes, sino que esté se va concentrado (como una salsa) sometida al calentamiento dramático.


Magnífica la música, desde el mismísimo principio, de Carter Burwell, y buena fotografía de Tobias A. Schliessler, en un filme sólido en su acabado.
Una película que habrá que esperar a que se nos ofrezca en su versión original para apreciar el trabajo meticuloso de tan enormes actores.
J.A.



La gran mentira (2019)   
Director: Bill Condon
Guión: Jeffrey Hatcher (guión), Nicholas Searle (novela)
Intérpretes: Helen Mirren, Ian McKellan, Russell Tovey, Jim Carter

sábado, 30 de noviembre de 2019

Last Christmas (2019)

Una elfo perdida
Last Christmas es una película de "navidad", como evidencia el propio título, pero pasada por George Michael y Wham!. La Navidad no pasa y la canción de Michael tampoco. Hay películas navideñas, que van del  ¡Qué bello es vivir!, como un gran clásico, al Grinch o a la Pesadilla de Tim Burton, como clásicos modernos. Si no tienes nada contra la Navidad (hay gente para todo), tampoco deberías tener nada contra las películas de Navidad.
Como género (las películas de navidad lo son), tiene sus reglas y la obligación de un final feliz que nos llene de espíritu navideño, que aunque no esté del todo bien definido, más o menos lo entendemos todos. 
Last Christmas es un "calcetín" lleno de regalos no siempre navideños. Los primeros y más evidentes son las actrices: Emilia Clarke, Emma Thompson y Michelle Yeoh. Ya solo por estas tres actrices carismáticas merece la pena. La simpatía explosiva de Emilia Clarke deja ver las raíces oscuras detrás de un personaje que lleva la sonrisa puesta en su desordenada vida, que se pasa vestida de elfo en una tienda navideña. Emma Thompson es capaz de hacer de todo, cualquier personajes, cómico o dramático, hasta de deprimida madre yugoeslava. Y Michelle Yeoh es una de esas actrices que llenan la pantalla y aquí da vida y humanidad a un personaje lleno de ironía y encanto.
Los actores que les dan las réplicas cumplen estando a la altura de las tres mujeres que representan formas diferentes de entender la vida pero persiguiendo lo que nos dejamos fuera de la maleta en algún traslado existencial, la felicidad. Henry Golding (Tom Webster) y Emilia Clarke (Kate), configuran una pareja bien compenetrada en la pantalla. Boris Isakovic (el padre de Kate) tiene un papel lleno de humanidad, dándole la réplica a una histriónica y divertida Emma Thompson. El danés Peter Mygind (Chico) compone un personaje surrealista como el fascinado aspirante a pretendiente de Michelle Yeoh (Santa).



Hay otros muchos personajes que sirven para reflejar las tensiones de una familia inmigrante en Reino Unido, llegados de la guerra de la antigua Yugoeslavia, y sometidos a los desajustes de sus propias historias, esperanzas frustradas y momentos perdidos. El padre no puede ejercer su profesión porque no le reconocen el título y se tiene que dedicar a conducir un taxi. Las hijas, Kate y Marta (Lydia Leonard), pagan las consecuencias del deseo de sus padres de que tengan éxito donde ellos se ven relegados. La familia es un desastre, un grave problema de vidas complicadas por la vida y las expectativas y no ser aceptados como son, ni dentro ni fuera.
Pero el valor de la película se encuentra en que no por ser "navideña" se obvia el mundo real. Si en ¡Qué bello es vivir! se nos mostraba con toda crudeza la Norteamérica de la depresión, aquí se nos muestra la xenófoba Gran Bretaña del Brexit en su crudeza cotidiana. 
Ese el fondo real de la película y lo que justifica un proyecto crítico camuflado de Santa Claus. Los buenos deseos navideños, las luces navideñas que engalanan las ciudades,  ocultan muchos odios y desprecios. Otra navidad es posible, parece que se nos propone en lo personal y en lo social. No hay moralina, sino detalles que nos llevan a la realidad.



Lo internacional del reparto es una demostración de la intención de la propia película, un canto a la diversidad en todos los órdenes (étnico, sexual, social) y una celebración del espíritu solidario. La diversidad de los actores y sus condiciones es en realidad el auténtico mensaje de la película, lo que la convierte en una verdadera película "navideña" sin necesidad de tener que recurrir al exceso.
Todo esto es un acierto de guión, lo que nos lleva a Emma Thompson. La película es un proyecto de una mujer que ha sabido hacer de todo y casi todo bien. Ganadora de Oscar, Emmy, Globos, los premios británicos BAFTA y de todo lo que se puede ganar como actriz y guionista, atesora un palmarés que probablemente nadie pueda igualar como conjunto. Thompson ha dado muestras de inteligencia, sensibilidad y conciencia social (y política) a lo largo de su carrera. Suyo es este guión y se nota. Sale su valor de guionista en dos o tres secuencias con magníficos diálogos, llenos de sentido y sabiduría (el diálogo en el piso de Tom) o las reflexiones de la propia Kate y otros de humor (la visita a la doctora o las comidas familiares).


Se nos muestra una Gran Bretaña con momentos xenófobos (la escena del autobús) y otra variopinta, llena de gente de todo tipo, origen y condición, que se aceptan. El albergue de los indigentes, en su variedad, es un espacio más humano que el ambiente que se percibe fuera. El miedo de los padres de Kate a ser expulsados de Gran Bretaña es una presión ambiental, se consume o no, una angustia con la que viven los personajes en su día a día.
La película es un proyecto claro de Emma Thompson, su trabajo como guionista, actriz y productora. Para la dirección se ha contado con el director y actor Paul Feig —con una muy divertida comedia anterior, Un pequeño favor (2018) que pasó casi desapercibida y que está llena de inteligencia e ironía—, caracterizado por sus trabajos satíricos en la TV, director en series como Nurse Jackie o The Office (y algún desliz cinematográfico como "Cazafantasmas" (2016), difícil de salvar). Aquí está eficaz sacando partido a los actores y a las situaciones sin necesidad de malabarismos visuales, mostrando un Londres hermosamente retratado en rincones desconocidos.
Más allá de la Navidad, las película nos muestra que ser feliz es querer ser feliz, algo que nadie te puede quitar, que está en nuestras manos y en nuestra forma de ver el mundo. La complicada Kate descubre que se puede ser feliz entre aquellos que no tienen demasiado para serlo. La alegría de vivir es la mejor arma.



Es un tópico decir que para disfrutar de la películas "navideñas" hay que ser un poco niños. Esta no lo requiere. Por el contrario, nos hace pensar sobre muchas cosas que los adultos desperdiciamos y no deberíamos hacer. 
Como película "navideña" tiene su propia sorpresa, su regalo envuelto para la sorprendernos. Pero eso se lo dejamos a cada espectador. Es placer suyo desenvolver los regalos.
Para los que nos gusta la navidad... y además Emilia Clarke, Emma Thompson y Michelle Yeoh,  ya es un pequeño regalo.
J.A.



Last Christmas (2019)   
Director: Paul Feig
Guionistas: Emma Thompson (historia y guión), Bryony Kimmings (guión) y Greg Wise (historia)
Intérpretes: Emilia Clarke, Michelle Yeoh, Henry Golding, Emma Thompson, Boris Isakovic, Lydia Leonard, Peter Mygind, Ritu Arya, Laura Evelyn, Ingrid Oliver, Rebecca Root

sábado, 23 de noviembre de 2019

Frozen II (2019)

Son muchas las cosas que se puede valorar en una película de animación respecto a una película "normal". La animación en un mundo en sí mismo que aporta valores tanto de lo puramente expresivo cinematográfico como de los avances tecnológicos que aporta en cada ocasión.
Frozen II (Chris Buck y Jennifer Lee 2019) repite reparto y guión y dirección. No ha habido que esperar tanto tiempo para una segunda parte como para Los Increíbles, por ejemplo, porque la primera parte se estrenó en 2013, lo que en términos de animación no es mucho. Seis años de aprovechamiento para preparar la llegada de esta segunda parte. Cuando se estrenó Frozen, creo que todo el mundo estuvo de acuerdo en que se trataba de un "clásico" instantáneo, producido además en una época de oro de la animación por cantidad, variedad y calidad. 
La tecnología ha dado un gran salto desde el dibujo animado y del stop-motion, donde se mantuvo durante décadas, a la animación por ordenador, un mundo que abrió Toy Story (1995). Entre otras (dejando de lado la animación japonesa), hemos podido ver películas como Ratatoutille (2007), Zootrópolis (2016) o la ya mencionada, Los Increíbles (2004). Cada una de estas películas, junto a otras, han ido aportando nuevas posibilidades técnicas y artísticas diluyendo las fronteras entre las películas de animación y la "reales", de las que es importante decir que han diluido también muchas fronteras al convertir en "realistas" cosas que solo eran posibles en la animación. Los ejemplos de la Marvel son suficientemente claros en este sentido. Hoy tenemos un continuo que va desde el documental realista a lo que la fantasía pueda o quiera soñar. En términos pictóricos, significa que podemos ir de Antonio López a Miró, pasando por el surrealismo como punto medio entre realidad y fantasía. Hoy todo es posible en términos de cine, del sueño a la pantalla.


Cuando asistimos a una película como Frozen II (o Los Increíbles II) nos fijamos en la historia que nos cuenta, en cómo nos la cuentan y en cómo se han ampliado las formas de contarla respecto a las anteriores.
Pero hay un cuarto elemento que en este tipo de cine es importante y no se suele tener en cuenta, centrados en el filme. La sala a la que asistí estaba llena de familias, de niñas (algunas vestidas de princesas) y niños ansiosos por ver una película que representa algo importante para ellos. Al fin y al cabo, es una película para ellos, por lo que hacer sesudas reflexiones está muy bien, pero no es lo mismo. Cuando veía a las niñas vestidas de princesas esperando nerviosas para entrar, intento meterme en esa mente, pero es difícil de conseguir. Puedo intentarlo, como escucho al niño que llora cuando Olav desaparece deshecho en copos. Nos olvidamos de todo esto porque somos demasiado expertos espectadores, curtidos en risas y lágrimas. Pero, como se pedía en el siglo XVIII, no hay que negar las lágrimas a los héroes, porque eso es abundancia de corazón. 
Los niños viven Frozen II como una experiencia continuada respecto a Frozen, que sigue siendo algo importante para ellos. Lo que para nosotros es una película pasada, para ellos es actual, vista una y mil veces. Es como para las niñas del traje, una segunda piel con la que disfrutar la fantasía que la película aporta. Nosotros estamos lejos y miramos con cierta nostalgia la pérdida de esa forma de mirar, leer o escuchar, que es vivir.
Frozen II tiene una historia que se sigue bien y acorde con los tiempos de cambios climáticos y pérdida de la naturaleza. Los espíritus de la tierra tienen protagonismo frente a otros filmes como Los Increíbles o Ratatouille, que son quizá más adultas. La historia juega con la baza cómica de Olav y del propio Sven. Las chicas son adultas, solidarias y preocupadas por el mundo, como lo eran en la película anterior. Ellos se preocupan por ellas y les siguen y confían, dispuestos cuando es necesario.


La naturaleza de las relaciones lleva a que Sven y Olav tengan dos divertidos números musicales cómicos. La película ha ahondado en la faceta musical. No entro en la calidad de los números en sí, sino en el carácter teatralizado de los números musicales. De alguna forma, los números musicales se separan de la acción en sí y crean su propio espacio y tiempo, el de la canción, en el que se modifican, por ejemplo, las condiciones de la iluminación, como si se tratará de un escenario. Me imagino que este carácter tiene mucho que ver con lo que serán las futuras representaciones musicales en el teatro.
Hoy las películas ya tienen fijado su destino posterior en los escenarios, tal como antes había novelas que se escribían pensando en el cine. No es achacable a Disney, otros lo han hecho y no solo en el cine de animación. Se trata de explotar al máximo la vida del "proyecto" del que la película es solo una parte, la que sirve de introducción a otros espectáculos, de ballets sobre hielo a musicales en los escenarios de las capitales del mundo. El "Disney on Ice: Frozen" ha sido un espectáculo que ha recorrido el mundo y probablemente ocurra lo mismo con Frozen II. Es el mundo de las empresas y de los espectáculos. Pero eso será el futuro y fuera de las pantallas.
El segundo aspecto de Frozen II es su aspecto cinematográfico. La realización de Frozen II avanza en el sentido antes dicho y de forma espectacular. La forma de colocación de las cámaras (contrapicados, por ejemplo) no son frecuentes y muestran la ampliación de posibilidades que la técnica de la animación permite con unos entornos absolutamente realistas, especialmente los paisajes de los bosques, que se nos muestran reales (ya lo hacían en Brave). Pudimos comprobar esta libertad de movimientos en el que se lanzó a hacerlo, Brad Bird en Los increíbles 2, en donde el espacio ya se ajustaba a las características de las ópticas utilizadas en espacios reales. Se acabaron los espacios planos, los fondos estáticos. El ojo sigue a los personajes en un entorno que no se diferencia de los reales en su aspecto físico. Se juega con las distancias focales como lo haría un director de fotografía en cualquier película rodada al natural.


Un tercer aspecto en la animación es la interpretación, aquí entendida como la capacidad gestual de transmitir información, de ajustar la relación entre las palabras y el movimiento. En Frozen II, los personajes se expresan con la totalidad del cuerpo, son capaces de "escuchar", es decir, de reaccionar de forma legible para el espectador ante lo que escuchan. Un ejemplo de esto es el del oficial Mattias, cuya voz original la pone Sterling K. Brown. Se ha tratado al personaje, un secundario, con el mismo nivel en la escucha que en el habla; esto quiere decir, que nunca está quieto, sino que está respondiendo con ligeros movimientos del cuerpo, gestos de atención o hasta con el parpadeo. Eso supone un enorme esfuerzo (y probablemente amor) para quien se encarga de la animación de ese personaje, que busca en él la máxima expresividad.
Por supuesto, los personajes protagonistas están cuidados al máximo, hasta el más mínimo detalle. Podemos fijarnos en el momento en el que las dos hermanas se toman las manos y comprobamos la naturalidad y afecto que se transmiten entre ellas y que se trata que los espectadores perciban como una totalidad. Cosas que por verlas tan naturales nos parecen sencillas, son el fruto de la atención cuidadosa de los que intervienen en la creación del cine de animación.


Creo que Frozen II asegura un buen rato a los aficionados a la animación (yo lo soy) y a los que se dejan llevar por una historia sencilla, bien realizada por dos especialistas, como son Chris Buck y Jennifer Lee, crecidos cinematográficamente en el proyecto Frozen
El público infantil, el verdadero destinatario del filme, sale encantado de la sala habiendo liberado sus sueños. Esa es su suerte. Los que querían otra película, tendrán que hacérsela ellos.
J.A.



Frozen II (2019)    
Directores: Chris Buck y Jennifer Lee
Guionistas: Jennifer Lee (guión). Jennifer Lee, Chris Buck, Marc Smith Kristen, Anderson-Lopez y Robert Lopez (historia)
Intérpretes (voces versión original): Kristen Bell, Idina Menzel, Josh Gad, Santino Fontana, Jonathan Groff, Sterling K. Brown, Alan Tudyk, Evan Rachel Wood, Alfred Molina, Martha Plimpton, Jason Ritter, Rachel Matthews

viernes, 15 de noviembre de 2019

Le Mans '66 (2019)

El hombre, la máquina, el sistema
No soy aficionado a las películas de carreras, quizá a La carrera del siglo (Blake Edwards 1965), rodada un año antes del momento en que esta Le Mans '66 en su título español y con título original Ford vs Ferrari tiene lugar. Esto dice del planteamiento publicitario en estos tiempos de confrontaciones y nacionalismos populistas. Pese a todo, creo que es meramente circunstancial, lo más superficial de la película. Hay una lucha más fuerte que la que se da entre Ferrari y Ford, dos empresas y sus países. Es la que afecta a las personas y a los sistemas.
La película está magníficamente dirigida por James Mangold, un director con buenos títulos en su historial, como Logan (2017), Inocencia interrumpida (1999), Cop Land (1997) o la biografía de Johnny Cash, En la cuerda floja (2005). Las películas anteriores son muy distintas, pero todas ellas tienen sentido dramático y buen ritmo. Le Mans '66 tiene las virtudes que Mangold ha ido mostrando cuando le han dejado en estos años de carrera.
La película funciona como una máquina perfectamente engrasada, con los segundos contados. Dura dos horas treinta minutos y nos trasladamos a Le Mans exactamente tras una hora y cuarenta y cinco minutos. Los 45 minutos finales son los que cubren la carrera y el epílogo. La primera parte ha sido una meticulosa preparación del duelo final que se decide a varias bandas.
Pese a ser una película con personajes históricos, es decir, reales, con sus acontecimientos conocidos, lo importante es que la película avance con su propia dinámica, arrastrándonos a través de los nudos narrativos, proponiendo su retos y alcanzando sus desenlaces propios. En eso la película cumple a la perfección, a lo que ayudan el sólido guión y el preciso montaje tanto de las secuencias unas con otras (los engarces de la historia), como el de los planos dentro de cada secuencia (el desarrollo visual).
Pero cualquier obra que se queda solo en lo que se ve, queda coja. La obra de Mangold, guionista, escritor o ambas cosas de algunas de sus mejores películas, es una gran metáfora americana, la del espíritu indomable, la del individualista, frente al sistema. Y el sistema en este caso es nada menos que uno de los símbolos nacionales, el automóvil. La sutileza es que en este caso hay que distinguir entre el Ford y la Ford, entre la máquina y la empresa, entre el objeto creado por personas que dejan lo mejor de sí y la maraña de burócratas y advenedizos ambiciosos, carentes de genio, intrigantes, que forman las compañías. El genio inicial de Henry Ford se ha perdido por el camino en la poderosa industria que hace dinero y más dinero, en manos de Henry Ford II. Pero, como se nos recuerda expresamente en la película, Henry Ford II no es Henry Ford. Solo está al frente de una compañía.


Que las historias se repitan no tiene nada de particular. Algunos teóricos sostienen que el número de tramas posibles está fijado, pero que se pueden contar de muchas maneras. Esta historia la hemos visto en manos de directores, por no salir de los Ford, como un John Ford entre otros muchos. Son las historias en las que los bancos ganan siempre y los perdedores se alejan melancólicos para perderse en el desierto o son llorados por sus sencillos camaradas de armas. Son historias melancólicas de perdedores que no se lo merecen y ganadores que tampoco, mostrando así que lo importante no es ganar sino la dignidad con que se vive la vida. En términos de la película, la "vuelta perfecta", el momento en el que el hombre y la máquina, su creación, se hacen uno.
Son dos horas y media de película en la que se va tejiendo una historia humana con todas las facetas que se muestran en un mundo de tiburones. Es la distancia entre el mono azul de mecánico y la manos de grasa y los caros trajes oscuros en los cómodos despachos. Unos comen un bocadillo en los boxes, mientras otros son recogidos en helicóptero para llevarlos a cenar a un restaurante. El mundo se divide en dos y los que quedan en medio intentando resolver lo irreconciliable.
Los actores están magníficos, tanto los protagonistas,  como los personajes de segundo nivel y los secundarios que forman los equipos de unos y otros.
Los dos principales papeles —las buenas películas americanas tratan de la amistad, de la camaradería y sus altibajos— están encomendados a Matt Damon, como Carroll Shelby, y a Christian Bale, en el papel del piloto Ken Miles, un mito de la conducción deportiva. Caitriona Balfe está magnífica como Mollie Miles, con dos escenas estupendas, la del coche que conduce con Bale, y su llegada al hangar durante la carrera que se está radiando. El joven Noah Jupe cumple su papel de mirada admirada sobre su padre, Ken Miles, usándolo como percepción exterior en muchos momentos del drama.


Vemos a Jon Bernthal en un papel con un tono poco usual, interpretando con gran convencimiento a Lee Iacocca. Es el contrapunto a un Josh Lucas al que vemos en su despreciable papel de Leo Beebe, el trepa sobre el que recaen todas las iras de dioses y espectadores. Le está bien empleado el peinado, por perverso ¿o quizá es al revés? Tracy Letts está magnífico en su papel de Henry Ford II, una roca de confianza poderosa, todo ello como preparación de su secuencia a bordo de uno de los coches de carreras. Estupenda secuencia.
Entre el resto de los actores, especial mención mereces el veterano Ray McKinnon, presencia discreta, constante y eficaz a lo largo de casi toda la película, uno de esos personajes que parecen no tener definición, pero cuya presencia es esencial en las tramas y pantallas. Perfecto en su papel de Phil Remington.
La película tiene una estética que nos lleva a través de la planificación y el color a los años 60. En este sentido, la ambientación es solo una parte. Hay una voluntad estilística, sobre todo en la primera parte, de esa conexión con los filmes característicos de la pasión por las grandes carreras de la década de los 60.
Una mención especial la merece la música. Se trabaja con dos formas distintas, la ambiental, que nos crea un cierto ritmo y situación, pero hay secuencias en las que la música tiene una función. Escuchen el contrabajo que suena y cómo suena en la secuencia en la que los enviados a Italia le llevan a Henry Ford II la respuesta de Ferrari. La música es una de las mejores piezas de esta catedral que es la película, con sus arquitectos y constructores, levantada pieza a pieza hasta dotarla de una personalidad propia.


Son dos horas y media de película que se pueden disfrutar por aquellos a los que nos les gustan los coches o no tienen carnet de conducir, como es mi caso. La virtud de una buena película sobre carreras de coches es que no te acaben importando los coches sino quienes los pilotan. En realidad ese es el drama central de las películas, las diferencias de temperamentos entre quienes construyen los coches y los pilotan y quienes los venden. Esa diferencia llega incluso hasta a quienes los compran, llamados por la fama y el prestigio que otros alcanzan, pero incapaces de relacionarse con ellos "hasta hacerse uno en el espacio y el tiempo".
J.A.


Le Mans '66 (Ford vs Ferrari 2019)
Director: James Mangold
Guionistas: Jez Butterworth, John-Henry Butterworth y Jason Keller
Intérpretes: Caitriona Balfe, Christian Bale, Matt Damon, Jon Bernthal, Noah Jupe, Josh Lucas, Ray McKinnon, JJ Feild, Jenelle McKee, Wyatt Nash, Tracy Letts, Adam Mayfield

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